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Transformaciones recientes de los espacios rurales

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El espacio rural proporciona los productos básicos que hacen posible la vida en todo el mundo. La ciudad carece del sector primario que la sustenta, y sin embargo, establece una competencia por el uso del suelo, entre lo rural y lo urbano, que provoca graves problemas ambientales.

La mayor transformación reciente en los espacios agrarios es su conversión en espacios rurales, para ello las actitividades agrarias han perdido su exclusividad de uso, creándose conflictos sobre el uso del espacio entre diversos usos que se realizan en los antiguos espacios rurales. Son los nuevos usos residenciales en áreas rurales, los usos ligados a las infraestructuras de transporte y abastecimiento de grandes áreas metropolitanas, la instalación de industrias y las actividades relacionadas con el ocio y el turismo rural. Todo ello ha transformado la apariencia y realidad de los espacios rurales, dinamizándolos y estableciéndo las bases para un cambio de vida de sus gentes, desapareciendo el modo de vida rural e integrándose en el modo de vida global.

Las transformaciones en el Tercer Mundo

Una de las más trágicas consecuencias de la revolución verde, y la explosión demográfica, es la increíble dependencia alimenticia del Tercer Mundo de los países desarrollados. El comercio internacional está dominado por estos, al igual que los insumos que proporciona la técnica y la ciencia.

En contra de los que opinaba Malthus, la producción agraria en el mundo es suficiente para alimentar a toda la humanidad. El problema del hambre es, pues, que los mecanismos de distribución de los productos no son eficaces. Cuesta mucho dinero, más del negocio que se podría hacer, abastecer ciertas regiones. Es un problema de distribución social e internacional. No se puede hacer negocio con la exportación de alimentos a esos países.

Tras la aplicación de la revolución verde se pueden observar disparidades productivas entre países excedentarios y deficitarios, paradójicamente entre países ricos y pobres, que ni siquiera tiene divisas para acudir al mercado internacional. Casi mil millones de personas en el mundo no tienen alimentos suficientes para desarrollar una vida activa. La cifra se dobla si consideramos a las personas mal nutridas a causa de la escasez. La mayor parte de estas personas viven en el África tropical, en Asia y en América tropical.

Por si fuera poco la disparidad productiva, el comercio internacional está dominado por los países ricos, lo que constituye una diferencia fundamental en la distribución de los alimentos. Se cultivan los productos que se consumen en los países ricos. La caída generalizada de los precios agrícolas ha supuesto la virtual ruina de los agricultores del Tercer Mundo. Sin un mercado protegido los productos dedicados a la exportación cada vez valen menos. No han faltado los intentos de controlar los precios, reteniendo o destruyendo la producción. Las cadenas de alimentación han llegado a controlar la oferta y a crear la demanda en los países ricos.

La tendencia de los países del Tercer Mundo es a la subsistencia alimentaria, no sin dificultades, para liberarse de la agricultura especulativa. El mercado de futuros permite realizar operaciones con los precios actuales para ventas en un plazo fijado. La operación puede ser cancelada pagando la diferencia. Esto no deja de ser un mercado ficticio de precios intervenidos, aunque de operaciones seguras; pero, una vez más, dirigido al mercado internacional.

Las transformaciones en los países desarrollados

El proceso más llamativo, en los países desarrollados, es el de la urbanización del campo, que provoca nuevos usos y modifica los conceptos que sobre el campo tiene la sociedad urbana; debido a que las condiciones de vida en la ciudad se aprecian como malas. En esta nueva situación la función residencial, el ocio y la industrial, dominan el uso del suelo, frente a la agraria. Es lo que se conoce como neorruralismo. Esto es lo que hace difícil la definición de espacio rural.

Los espacios más dinámicos son las franjas periurbanas, sometidos al empuje del crecimiento físico de la ciudad, a causa de la función residencial. Sufren una presión demográfica muy fuerte. El tamaño de esta franja varía en función de la dimensión del centro urbano y de la rapidez de las comunicaciones, pero no suele sobrepasar el isócrono de los 30 minutos.

Lo más característico de esta franja es el uso del suelo, dedicado a actividades mixtas: residencial, grandes superficies comerciales, industria y actividades agrícolas. Todo ello supone también una profunda segregación social.

La función residencial es la que más espacio ha consumido en los últimos años (la segunda función nueva que más espacio ocupa es la industrial). La tipología es muy variada, y puede ir desde la casa aislada en el campo, a las urbanizaciones construidas de nueva planta; con bloques adosados, lo que le asemeja mucho a la tipología urbana o a un pueblo concentrado. Estas urbanizaciones se sitúan cerca de los grandes ejes de comunicación, a diferencia de los pueblos que se situaban cerca de las zonas de cultivo.

La composición social de estas regiones es muy variada. En primer lugar nos encontramos a las gentes que viven en, y de, la tierra, que progresivamente se ven sustituidos por la población urbana que vive en el campo pero trabaja en la ciudad. De esta manera el modelo urbano se afianza en las aldeas, y sus habitantes se convierten en proletariado. También existe un proletariado industrial, que es empleado en las fábricas instaladas en la zona. La segregación espacial es muy fuerte. Hay espacios muy degradados, en los entornos de las zonas industriales y los basureros (donde viven personas marginadas), pero también nos encontramos con entornos de gran calidad ambiental, donde viven o tienen una segunda residencia las familias de altas rentas. En este segundo país encontramos dos modelos: las zonas residenciales de nueva planta, y socialmente muy diferenciadas; y los pueblos cercanos a las ciudades, donde conviven en el mismo espacio familias de rentas altas que trabajan en la ciudad y familias de rentas bajas que viven en el pueblo y de la agricultura.

Tras la isócrona de los 30’ aparece otro modelo de residencias, de tipo secundario y temporal, en espacios ecológicamente privilegiados y antiguos pueblos de emigrantes (hoy semiabandonados). Son países de ocupación concentrada temporalmente, por lo que en esas residencias se suelen reproducir los mismos defectos de la vida urbana, pero sin la infraestructura que existe en la ciudad.

En la ciudad actual existe una demanda de la vida y los valores del campo, pero que se consumen en forma de ocio a través del turismo rural. No se pretende cambiar la vida urbana por la rural, sino llevar la vida urbana al mundo rural. El turismo rural tiene la ventaja de que diversifica la economía, los ingresos y el mercado de trabajo en el mundo rural más desfavorecido. El gran inconveniente es la persistencia de los usos urbanos, lo que constituye un atentado contra el modo de vida rural que se pretende encontrar. El peligro es la masificación de este sector, que termina por agravar los problemas, al generar basuras excesivas e introduciendo tipologías constructivas aberrantes. La demanda de alimentos, agua y servicios, así como los puestos de trabajo que generan, se concentran en las épocas de vacaciones, lo que hace aumentar la oferta local en una época muy concreta. Esta oferta desaparece el resto del año, por lo que los pueblos aparecen abandonados. Además, hay una tendencia muy fuerte a que estas actividades estén controladas por capital urbano.

Uno de los problemas más graves a los que se enfrenta el campo, y que es una situación buscada, es el del envejecimiento de la población y el aumento de la tasa de masculinidad, debido tanto: a la emigración de la fuerza de trabajo joven, como al regreso de antiguos emigrantes, una vez jubilados. La emigración de la fuerza de trabajo joven implica la elevación de la edad de los propietarios de las explotaciones, que además carecen de herederos.

La industrialización del mundo rural

La otra actividad importante en la franja periurbana es la industrial, que en buena medida se ha instalado aquí después de haber sido expulsada de las ciudades.

En el mundo rural siempre han estado presentes las actividades manufactureras, sobre todo en la época preindustrial, cuando necesitaban de la ubicación en los lugares donde se encontraban las fuentes de energía o las materias primas; aunque era una industria fuera del control de los gremios y de peor calidad. Pero son las fábricas surgidas con la revolución industrial las que se localizarán, ya en el siglo XX, en el mundo rural. No obstante, esta ubicación sigue unos patrones, dependiendo de la materia prima que se pierda en el proceso de elaboración, o de la cercanía a las grandes vías de comunicación que dan acceso a los mercados. Son plantas muy contaminantes o con grandes necesidades de suelo, las que se instalan preferentemente en el mundo rural. Un modelo de ubicación industrial es el que está dirigido desde las instituciones del Estado hacia los polígonos industriales, que suponen una localización privilegiada, cercana a las comunicaciones y los servicios. Esta localización periférica implica, a menudo, una descentralización de la empresa: los centros de decisión y venta están en la ciudad, en el centro urbano, y la planta productiva en el campo.

En este fenómeno es importante la procedencia de los capitales de las grandes empresas, que siempre tienden a quedarse en el lugar de origen detrayendo riqueza del lugar en el que se instalan. La industria suele aprovechar los recursos locales, lo que se traduce en un despegue industrial permanente de la zona. Pero si el único recurso explotado es la fuerza de trabajo la inversión resulta fugaz y especulativa.

Las grandes industrias generan un cortejo de pequeñas empresas subsidiarias que le sirven insumos, fabrican componentes y les prestan ciertos servicios. Estas empresas también se ubican en la franja periurbana, ya que para ellas el suelo urbano resulta demasiado caro.

Referencias

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Otras fuentes de información

Notas