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Teotihuacán

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Maqueta de Teotihuacan
Teotihuacán es un yacimiento de grandes dimensiones situado en los alrededores de México D.F., a 40 km, en el valle de Teotihuacán que a su vez forma parte del valle de México. Su nombre significa "lugar o ciudad de los dioses" o "lugar donde los hombres se hicieron dioses". Cuenta con numerosas construcciones entre las que destacan dos pirámides: La de mayores dimensiones es la Pirámide del Sol, mientras que la más pequeña es la Pirámide de la Luna. Ésta última se encuentra al final de la Vía de los Muertos, camino de unos dos kilómetros de longitud que recorre todo el yacimiento.

El contenido de este gran complejo supuso el centro cultural y religioso más importante del Altiplano Central, habitado desde 500 años antes de la era cristiana hasta el año 650, cuando el lugar empezó a ser abandonado.[1]



La civilización de Teotihuacán

Se considera a Teotihuacán como la sede de civilización Clásica en la Cuenca de México (el periodo Clásico va desde el año 292 adC al 900). Su primer asentamiento data aproximadamente del año 600 adC. Fue un asentamiento estratégico que tenía acceso al rico sistema lacustre del valle de México, a manantiales cercanos y numerosos, al valle de Puebla y a la costa de Veracruz. A su alrededor abundaba la obsidiana y la arcilla para la obtención de materia prima para sus utensilios.

Todos los grupos de pueblos diversos que fueron ocupando las tierras mexicanas venían de las regiones del norte del continente americano. Algunos de esos pueblos se habían quedado allí en aquellas regiones y continuaron con su vida de nómadas y trashumantes. Pero los que llegaron a las tierras de más al sur, las tierras de México, se hicieron sedentarios y fueron evolucionando hacia un sistema cultural que culminó en la civilización de Teotihuacán. Aquellas gentes levantaron en medio de la llanura unos montículos de tierra pero sin muros que la retuvieran. Se cree que aquellos montículos fueron después rodeados de fábrica por civilizaciones más avanzadas, hasta formar las pirámides. El padre Sahagún, franciscano, que había llegado a México hacia el año 1529, recogió de boca de los nobles aztecas muchas leyendas y mucha historia de sus antepasados. Es el padre Sahagún el que cuenta que
[...] allí se enterraba a los principales señores, en túmulos de tierra. Esos nobles eran canonizados como dioses y no se morían sino que despertaban de un sueño y se convertían en espíritu o dios.
Para los aztecas, Teotihuacán se trataba de un lugar legendario y ellos creían firmemente que allí se había creado el Quinto Sol, Quinto Mundo o época actual.[2]
Conjunto de basamentos piramidales. Vista panorámica desde la Pirámide la Luna

Las civilizaciones mexicanas tenían en su haber una leyenda en que se decía que una primera generación de hombres había sido destruida en épocas remotas por alimañas o jaguares (Primer Sol). La siguiente había sido destruida por huracanes o Viento (Segundo Sol). Una tercera por erupciones volcánicas o Fuego (Tercer Sol). La cuarta había desaparecido por los diluvios de Agua (Cuarto Sol). Estos soles de cada una de las edades no eran como el actual que calienta templadamente y que da vida; este último sol no había sido creado todavía, hasta que sucedió aquel acontecimiento en el lugar de Teotihuacán.

Los historiadores han llegado a la conclusión de que los creadores de esta civilización fue un pueblo desconocido del que no se tiene noticia. Están seguros de que no fueron ni los olmecas ni los toltecas. Se sabe por las excavaciones que lo más antiguo de Teotihuacán es anterior a la cultura tolteca. Aquella civilización organizaba su religión por cofradías.

En los primeros siglos de nuestra era, Teotihuacán pasó a ser un estado imperialista que fue ensanchando sus fronteras en gran medida. Durante su edad dorada influyó sobre muchos pueblos vecinos e inspiró otras culturas además de legar conocimientos científicos y culturales a las sociedades posteriores. Por esta razón es muy frecuente encontrar por todo el territorio mexicano rastros y evidencia de esta cultura.

La expansión del imperio de Teotihuacán no se logró por las armas, como cualquier otra conquista sino por el sabio manejo del comercio y la religión. Cuando la ciudad se hizo grande y poderosa, las casas pasaron a ser edificios de mampostería en lugar de simples chozas. La clase gobernante, la aristocracia, vivía en un barrio rodeado por una muralla, construido en las cercanías de lo que se llama la Calle de los Muertos (o calzada o vía). Sus palacios estaban ricamente adornados por pinturas murales donde se representaban las figuras de determinados animales, los dioses y otros personajes relacionados con la religión. El resto de la población vivía en construcciones que consistían en apartamentos de una sola planta en los que llegaban a juntarse entre 60 y 100 individuos. Se llegaron a construir más de 2.000 viviendas de este tipo. En el centro tenían un patio y uno o dos templos.

Hacia el año 650 comenzó paulatinamente su decadencia. La población se fue reduciendo por factores de orden social y climático. En el siglo VIII alcanza ya el ocaso, aunque el valle no fue abandonado nunca. No se conoce muy bien cual fue la causa de la decadencia y de su total destrucción. Los historiadores dicen que tal vez hubo una invasión, o que el suelo llegó a agotarse y se terminaron los recursos agrícolas, o simplemente una mala administración. El caso es que cuanto Teotihuacán declinó, otros centros que dependían cultural y comercialmente de ella llegaron también rápidamente al ocaso, como le ocurrió a Monte Albán, incluso a la civilización maya.

La leyenda

Fue también el padre Sahagún quien recogió de boca de los aztecas que él conoció la bonita leyenda que habla sobre la creación del Sol y la Luna, los dioses a quienes están dedicadas las dos magníficas pirámides.[3] Dice así:

Antes de que hubiese día, se reunieron los dioses en Teotihuacán y dijeron, ¿Quien alumbrará el mundo? Un dios rico, dijo yo tomo el cargo de alumbrar el mundo. ¿Quien será el otro?, y como nadie respondiera, se lo ordenaron a otro dios que era pobre y buboso. Después del nombramiento, los dos comenzaron a hacer penitencia y a elevar oraciones. El dios rico ofreció plumas valiosas que llamaban quetzal, pelotas de oro, piedras preciosas, coral e incienso de copal. El buboso (que se llamaba Nanauatzin), ofrecía cañas verdes, bolas de heno, espigas de maguey que ensangrentaba con su sangre, y en lugar de copal, ofrecía las postillas de sus bubas. A la media noche se terminó la penitencia y comenzaron los oficios. Los dioses regalaron al dios rico un hermoso plumaje y una chaqueta de lienzo y al dios pobre, una estola de papel. Después encendieron fuego y ordenaron al dios rico que se metiera dentro. Pero tuvo miedo y se echó para atrás. Lo intentó de nuevo y volvió para atrás, así hasta cuatro veces. Entonces le tocó el turno a Nanauatzin que cerró los ojos y se metió en el fuego y ardió. Cuando el rico lo vio, le imitó. A continuación entró un águila, que también se quemó (por eso el águila tiene las plumas hoscas, moreno muy oscuro o negrestinas, negruzco); después entró un tigre que se chamuscó y quedó manchado de blanco y negro. Los dioses se sentaron entonces a esperar de qué parte saldría Nanauatzin; miraron hacia Oriente y vieron salir el Sol muy colorado; no le podían mirar y echaba rayos por todas partes. Volvieron a mirar hacia Oriente y vieron salir la Luna. Al principio los dos dioses resplandecían por igual, pero uno de los presentes arrojó un conejo a la cara del dios rico y de esa manera le disminuyó el resplandor. Todos se quedaron quietos sobre la tierra; después decidieron morir para dar de esa manera la vida al Sol y la Luna. Fue el Aire quien se encargó de matarlos y a continuación el Viento empezó a soplar y a mover, primero al Sol y más tarde a la Luna. Por eso sale el Sol durante el día y la Luna más tarde, por la noche.

La ciudad y la sociedad

Tal y como está configurada se puede deducir que tuvo un cuidadoso trabajo de planificación. Se aprecian 4 zonas o ejes principales. De norte a sur se extiende la avenida principal, calle de los Muertos. Recientemente se descubrió perpendicular a ella el otro eje, constituido por 2 calles que atraviesan la Ciudadela y que no son visibles en la actualidad. Los arqueólogos las han llamado Avenida Este y Avenida Oeste.

La ciudad estaba bien diferenciada en barrios y centro de ceremonial religioso, donde se encontraban los edificios de actividades administrativas y los grandes palacios, además de los templos y grandes pirámides.

Los sacerdotes tenían un papel muy destacado en lo tocante a religión y administración. Los arquitectos y los artistas eran muy bien considerados y tenían sus talleres especializados. En cuanto al cuerpo militar, se conoce muy poco sobre esta sección de la sociedad. Se sabe que no era una sociedad militarista aunque en la época final aparecieron con más frecuencia las representaciones de militares en la pintura mural.[4]

La Avenida de los Muertos

Conocida también por Calle de los Muertos o Calzada de los Muertos. Fue el verdadero eje de la ciudad, así como su centro ceremonial. Estaba flanqueada por las más vastas construcciones de toda Centro América. La organización urbana de esta gran ciudad influyó grandemente en toda la América Central.

Comienza esta gran avenida en el recinto de la pirámide de la Luna y va a morir en el recinto que los españoles del siglo XVI llamaron Ciudadela. Su longitud es de 4 km y tiene una anchura de 45 m. está orientada 15º 30'; al este del norte astronómico, como ocurre con casi todas las construcciones de este lugar. A lo largo de la calle se encuentran los edificios más importantes destinados a templos, palacios y casas de personajes de altura. Allí están además de las dos grandes pirámides, la Casa del Sacerdote, el palacio de Quetzalpapalotl (Quezalmariposa), el palacio de los Jaguares, la estructura de las Caracolas emplumadas, el templo de Quetzalcóatl, la ciudadela y muchas más edificaciones que en su día fueron de gran belleza.[5] En uno de los aposentos se descubrieron unos pisos construidos con dos capas de láminas de mica de 6 cm de espesor que fueron cubiertas más tarde con un piso de tezontle. El visitante puede contemplar esta curiosidad siempre que se lo pida al guarda del recinto.

Las grandes pirámides

Teotihuacan Pirámide del sol

Tienen un núcleo hecho de adobe. Después fueron revestidas de estuco y de piedra y añadieron un friso adornado con relieves geométricos se construyeron como basamento de un templo que se hallaba en la plataforma. Los españoles que llegaron en el siglo XVI, los conquistadores, todavía alcanzaron a ver los ídolos del Sol y de la Luna. Cuentan que eran de piedra recubierta de oro y que el ídolo del Sol tenía una hueco en el pecho y en ese hueco se hallaba la imagen del planeta hecha también de oro finísimo. También cuentan que llegaron a ver la plataforma de más de 2.000 pirámides secundarias, todas ellas alrededor de las dos importantes del Sol y de la Luna.

Pirámide del Sol

Es la mayor de las pirámides de la ciudad. Su estructura es la de mayor volumen de todo el recinto y es también la segunda en tamaño de todo el país de México, sólo superada por la de Cholula. Está orientada al punto exacto del horizonte por donde se oculta el sol.

Tiene 65 m de altura. En la cúspide había un templo. Su núcleo es de adobe y estaba toda ella recubierta de estuco más pintura.

En 1971 nuevas excavaciones y estudios descubrieron una gruta debajo de la pirámide. Desde esta gruta se accede a través de 4 puertas, dispuestas como los pétalos de una flor, a otras tantas salas. A esta gruta se llega a través de un pozo de 7 m de largo que se encuentra al pie de la escalera de la pirámide.[6] y [7]

Pirámide de la Luna

Piramide de la Luna

Tiene un tamaño menor que el de la pirámide del Sol, pero se encuentra a la misma altura por estar edificada sobre un terreno más elevado. Su altura es de 45 m. Junto a esta pirámide se encontró una estatua llamada diosa de la Agricultura que los arqueólogos sitúan en época tolteca primitiva.

Se encuentra esta pirámide situada muy cerca de la del Sol, cerrando por el norte el recinto de la ciudad. Desde su explanada se inicia el recorrido del eje principal conocido como Vía o Calzada de los Muertos.[8]

La Ciudadela

Se encuentra situada al final de la calle de los Muertos, en la parte sur. Fue bautizado el espacio rectangular con este nombre por los conquistadores españoles del siglo XVI, que pensaron que se trataba de un lugar militar. Era un patio con habitaciones alrededor donde se supone que vivían los sacerdotes y los gobernantes. En su lado este se encuentra el templo de Quetzalcóatl.

Palacio de Quetzalpapalotl

Pilares del patio interior del Palacio de Quetzalpapalotl

Llamado también Quetzalmariposa, que es la traducción de la palabra componente papalotl. Está en el oeste de la plaza de la pirámide de la Luna. Es quizás el edificio más lujoso de la ciudad y uno de los más importantes. Fue la residencia de un personaje notable e influyente. Está ampliamente decorado con murales muy bien conservados, sobre todo el color rojo que era el preferido de aquella civilización. Las partes bajas del edificio conservan el color original. Tiene un patio, llamado de los Pilares; éstos están decorados con bellos bajorrelieves. Hacia la mitad puede verse la representación del dios Quetzalpapalotl con los símbolos que le relacionan con el agua. Este palacio muestra un buen ejemplo de lo que debieron de ser los decorados teotihuacanos.

Palacio de los Jaguares

Está situado también en el lado oeste de la plaza de la pirámide de la Luna. A ambos lados de la puerta se muestran las imágenes de dos felinos bastante grandes; llevan sus cabezas emplumadas: con sus patas sostienen una caracola en actitud de soplar por ella como si se tratase de un instrumento musical. En el lomo y en la cola tienen incrustaciones de conchas del mar. En la orilla de la parte superior del mural pueden verse unos símbolos pertenecientes al dios de la lluvia y en un glifo se ven como decoración unas plumas que representan el año solar teotihuacano.

Edificio de las caracolas emplumadas

Representa la estructura más antigua de todas las que forman la ciudad de Teotihuacán. Se accede a ella por un túnel que está debajo del Palacio de Quetzalpapalotl. Parece ser que perteneció a un templo que fue muy decorado. Allí pueden verse unas imágenes simbólicas de instrumentos de música con forma de caracola, que tienen sus boquillas y unas elegantes plumas. En la parte inferior de la estructura hay una plataforma decorada con gran profusión donde se ve un gran número de aves que se han interpretado como pericos. De ellos salen unos chorros de agua en abundancia.

El templo de Quetzalcóatl

Se halla a una cierta distancia de las dos pirámides, en la Calzada de los muertos. Fue un descubrimiento arqueológico del año 1920. Estaba soterrado por una pirámide de paredes lisas, sin ningún tipo de ornamentación.

La civilización tolteca cuando conoció el sitio de Teotihuacán lo adoptó como suyo y como ciudad santa. Su costumbre fue la de enterrar allí a sus grandes señores. Los toltecas construyeron entonces este templo. Lo mandó levantar el rey Mitl, que vivió desde el 770 al 829. Cuando se descubrió debajo de la pirámide lisa salió a la luz toda su decoración de mosaicos hechos con piedras, las cabezas y símbolos divinos del dios Tláloc (el dios de la lluvia y señor del trueno y numen local del valle de México), y del dios Quetzalcóatl (la estrella matutina, la serpiente emplumada, genio nacional). Este dios lo adoptaron después los aztecas y creyeron verlo en la figura de Hernán Cortés). Tenía pues una doble advocación.

También había en el templo un fetiche muy antiguo en forma de rana, por eso en tiempos anteriores a la conquista fue conocido como "templo de la rana". Se sabe de él gracias a la descripción que hace en sus crónicas un personaje muy erudito de fines de 1600 llamado Ixtlilxochiltl, cultísimo descendiente de los reyes de Texcoco. Dice así La rana del templo construido por el rey Mitl en Teotihuacán, era de esmeralda, la cual los españoles que vinieron a esta tierra la alcanzaron y dieron buena cuenta de ella. Efectivamente, la rana era un animal asociado a los dioses del agua; incluso algunos especialistas en el tema aseguran que el mismo Tláloc representa a este animal. Los toltecas la consideraban diosa del agua. Las ranas anunciaban las lluvias. En algunas fiestas ofrecían este animalito a los dioses, después de asarlos. Los mazatecas se tragaban las ranas y culebras vivas durante la celebración de una fiesta llamada atamalcualiztli.

En esta crónica Ixtlilxochiltl añade también que en una montaña al este de Texcoco, llamada monte de Tláloc, había una gran estatua de este dios, tallada en lava de color blanco. Se trata de la estatua que se descubrió en el siglo XX y que actualmente se halla en la entrada del museo de Antropología de la ciudad de México; pesa 300 toneladas.

El templo es de un gusto y una cultura muy diferente a los primitivos monumentos de Teotihuacán.[9]

Las máscaras

Máscara de obsidiana encontrada en la necrópolis

Teotihuacán es la ciudad de los dioses y también la ciudad de los muertos, aquellos que pasan a ser teutl, es decir héroes divinizados. Por estas razones, al enterrar aquí gente notable, se les supone con categoría suficiente para convertirse en teutl; pero para que así sea es necesario que hagan el tránsito llevando consigo una máscara, ya que los dioses no muestran nunca su faz sino que se la cubren con una careta. Por eso los grandes señores enterrados en Teotihuacán fueron siempre provistos de máscaras y de esa manera podían acceder a una existencia heroica en la ultratumba.

En todas las necrópolis precortesianas se han encontrado sobre los cadáveres toda clase de máscaras de gran tamaño, nunca más pequeñas que el tamaño natural de una cara. Para los pueblos indios del suroeste de Estados Unidos hablar de máscaras era hablar de dioses. En la cultura griega de la Antigüedad también se utilizaban máscaras en el teatro cuando la representación se quería convertir en un acto religioso. En los pueblos orientales la máscara o careta ha tenido siempre un poder mágico. Incluso en el teatro italiano del Renacimiento los personajes protagonistas por excelencia, Pierrot y Arlequín llevan una máscara, como representación más divina que humana, mientras que los otros personajes (Colombina, Polichinela) no la llevan.

Pero las máscaras de Teotihuacán son de una belleza excepcional. Nunca reproducen los rasgos especiales de cada individuo pero sí los rasgos generales de cada pueblo. Sus líneas son correctas y demuestran el retrato físico y espiritual de una estirpe. En Teotihuacán fueron capaces de tallar estas máscaras en piedras durísimas y de gran calidad, elegidas minuciosamente de acuerdo con el colorido natural y las irisaciones. Las máscaras que fueron hechas de piedra menos dura y de peor clase fueron después estucadas y pintadas. Otras estaban recubiertas de mosaicos hechos con turquesas, coral y obsidiana.

  • Turquesa, el color de Tláloc (dios de la lluvia y del agua).
  • Rojo (coral), el color de Xiuhtecutli (dios del fuego).
  • Negro, el color de Quetzal (Quetzal era una ave de plumaje maravilloso; es un nombre genérico y se suele referir al plumaje más que al ave en sí).

El historiador de Arte José Pijoán describe en el tomo X de la colección Summa Artis el hallazgo de todas estas máscaras en Teotihuacán y asegura que son los objetos de arte más preciosos de todos los encontrados a lo largo del país mexicano.[10]

Referencias

Artículos relacionados


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Bibliografía

  • García Valadés, Adrián. Teotihuacán, la ciudad y sus monumentos, Editorial Dicesa, México, 1975. 
  • Pijoan, José. "Arte precolombiano, mexicano y maya", Historia general del arte, vol. X, colección Summa Artis, Editorial Espasa Calpe S.A., Madrid, 1952. 
  • Atlas cultural de México. Arqueología, Instituto Nacional de Antropología e Historia. Grupo Editorial Planeta, México, 1987.. 
  • González Torres, Yolotl. Diccionario de mitología y religión de Mesoamérica, Ediciones Larousse, México, 1991. 
  • Álvarez Ezquerra, Jaime. Diccionario Espasa. Mitología universal, Espasa Calpe, Madrid, 2000. 
  • Heyden, Doris. Guía oficial. Museo Nacional de Antropología. Salas de Arqueología. Teotihuacan., Instituto Nacional de Antropología e Historia. S. E. P., México, 1967. 
  • Coe, Snow, Benson. La América Antigua. Civilizaciones precolombinas, Atlas culturales del mundo, Círculo de Lectores, Madrid, ISBN 84-226-2896-1. 

Notas

  1. Heyden, Doris, p.39
  2. Pijoán, José, Madrid 1952
  3. Pijoán, José, Madrid 1952, p. 29
  4. García Valadés, 1975, p.14
  5. García Valadés, 1975, p.14
  6. García Valadés, 1975, p.27
  7. Coe, Snow, Benson p. 106
  8. García Valadés, 1975, p.34
  9. Pijoán, José. Madrid 1952, p.38 a 42
  10. Pijoán, José. Madrid 1952, p. 46 a 54