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Sancho Panza

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Sancho Panza es un personaje ficticio en la novela El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, que escribió Miguel de Cervantes en 1605.

Sancho es el fiel escudero de Don Quijote tanto en sus aventuras como en las desventuras. Intentará desanimarlo, para que no se meta en complicaciones, sin éxito. Cervantes lo describe del siguiente modo:

"Don Quijote fue a ver a un campesino, vecino suyo, hombre de bien, pero de muy poca sal en la mollera. Y tanto le dijo, tanto le razonó y prometió, que el probre Sancho decidió irse con él y servirle de escudero".

Al final de la primera parte, este soneto dedicado a Sancho, lo describe de la siguiente manera:

Sancho Panza es aquéste, en cuerpo chico,
pero grande en valor, ¡milagro estraño!
Escudero el más simple y sin engaño
que tuvo el mundo, os juro y certifico.
De ser conde no estuvo en un tantico,
si no se conjuraran en su daño
insolencias y agravios del tacaño
siglo, que aun no perdonan a un borrico.
Sobre él anduvo –con perdón se miente–
este manso escudero, tras el manso
caballo Rocinante y tras su dueño.


Cervantes nos presenta a Sancho como el contrapunto de Don Quijote. Mientras éste último es idealista, soñador, osado y aventurero; Sancho, por el contrario, es un realista, materialista, sencillo y bonachón hombre, que no entiende los ideales que persigue su señor. No obstante, esto es lo que Sancho le dice a su mujer, una vez de vuelta en casa y acabadas las aventuras:

"–No te acucies, Juana, por saber todo esto tan apriesa; basta que te digo verdad, y cose la boca. Sólo te sabré decir, así de paso, que no hay cosa más gustosa en el mundo que ser un hombre honrado escudero de un caballero andante buscador de aventuras. Bien es verdad que las más que se hallan no salen tan a gusto como el hombre querría, porque de ciento que se encuentran, las noventa y nueve suelen salir aviesas y torcidas. Sélo yo de expiriencia, porque de algunas he salido manteado, y de otras molido; pero, con todo eso, es linda cosa esperar los sucesos atravesando montes, escudriñando selvas, pisando peñas, visitando castillos, alojando en ventas a toda discreción, sin pagar, ofrecido sea al diablo, el maravedí" (Primera parte, capítulo LII).

Curiosamente, al final de la primera parte, esa es la nueva actitud de Sancho. Parece que una transformación va gestándose:

"–En casa os las mostraré, mujer –dijo Panza–, y por agora estad contenta, que, siendo Dios servido de que otra vez salgamos en viaje a buscar aventuras, vos me veréis presto conde o gobernador de una ínsula, y no de las de por ahí, sino la mejor que pueda hallarse". (Primera parte, capítulo LII).
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Finalmente, un aspecto digno de mención es el uso y, casi, abuso de refranes que hace Sancho. Será el mismo Don Quijote quien se lo diga:

"–No más refranes, Sancho, pues cualquiera de los que has dicho basta para dar a entender tu pensamiento; y muchas veces te he aconsejado que no seas tan pródigo en refranes y que te vayas a la mano en decirlos; pero paréceme que es predicar en desierto, y "castígame mi madre, y yo trómpogelas. [...] Yo traigo los refranes a propósito, y vienen cuando los digo como anillo en el dedo; pero tráeslos tan por los cabellos, que los arrastras, y no los guías; [...] y el refrán que no viene a propósito, antes es disparate que sentencia"(Segunda parte, capítulo LXVII).

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Bibliografía