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Revolución industrial en el sector primario

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El primer sector en el que incide la revolución industrial es la agricultura, no sólo porque sea la que transfiere a la industria capitales, fuerza de trabajo y las mercancías necesarias para el desarrollo industrial, sino porque los productos industriales: mecánicos, químicos y biológicos; permiten un incremento decisivo de la productividad y un uso intensivo del suelo agrícola. Se hace posible reducir la superficie de cultivo, sobre todo la dedicada a barbecho y forrajes, y se comienza un proceso de especialización regional favorecido por la mejora de las comunicaciones y la creación de un mercado nacional e internacional.

El proceso culmina en los años 60 del siglo XX con la conocida como revolución verde. La revolución verde consiste en: la aplicación masiva de la tecnología y los avances científicos y genéticos a la agricultura; desde potentes tractores que horadan la tierra a la profundidad justa, al empleo de abonos químicos nitrogenados y calculados para que la tierra recupere los nutrientes perdidos; o la utilización de herbicidas y pesticidas, para evitar que crezcan otras especies que las deseadas, o sean atacadas por hongos, insectos u otras enfermedades que, las dimensiones de los cultivos, convierten en plaga. También se usa la selección genética de especies de crecimiento rápido o mayor productividad por unidad de superficie; e incluso la ingeniería genética, que va desde los injertos, de antaño, al laboratorio. Y todo ello para lograr que una determinada especie pueda cultivarse en ecosistemas que no le son propicios; y para lograr la creación de biosistemas artificiales, como el invernadero o la agricultura si tierra, que permiten diversificar la oferta de productos agrícolas en el mercado. Este tipo de agricultura necesita grandes cantidades de capital.

Todo esto permite a los países capitalistas de Europa, con poca tierra de cultivo, producir una gama variada de productos, aunque a un alto precio, con lo que tenemos una agricultura de policultivo capitalista. En los países capitalistas con muchas tierras, como Estados Unidos, Argentina y, también, la URSS, este aumento de la producción se puede hacer con menos recursos de capital, a costa de la extensión de la tierra de cultivo y de una mínima ayuda de los avances técnicos. Sin embargo, también aquí se acude a los avances de la revolución verde y se invierte mucho capital. En los países subdesarrollados se ha establecido una dualidad entre la agricultura tradicional, que apenas ha sentido el impacto de la revolución verde (por la falta de capital), y la agricultura especulativa de plantación, altamente capitalizada y que acude a todos los avances técnicos y científicos a su alcance.

La revolución verde, si bien es cierto que ha producido un incremento espectacular en la productividad agraria y las rentas de los agricultores, ha tenido graves consecuencias ecológicas. La utilización masiva de abonos químicos y pesticidas ha contaminado numerosas tierra y aguas, que han quedado inservibles para la agricultura. Se ha acelerado la erosión de los suelos y la pérdida de nutrientes en los espacios de monocultivo. La selección genética ha rebajado la calidad del producto, y se ha asumido que ha de ser cultivado en tierras contaminadas.

Las consecuencias más graves se han dado en los cultivos sobre tierras heredadas. Su degradación bajo condiciones ecológicas diferentes a las que había cuando se formaron hacen, virtualmente, imposible su recuperación. En los climas semiáridos y con posibilidades de disponer de agua alóctona se ha optado por la extensión masiva del regadío. Frecuentemente, hay algunos desequilibrios entre las formas de regadío (como, por ejemplo, el sistema de inundación), y las demandas de agua. Al mismo tiempo se ha llegado al desecamiento de numerosas zonas húmedas. España es un arquetipo claro, y las tablas de Daimiel su ejemplo más emblemático. Sin embargo, hay sistemas de regadío más eficaces, como la aspersión, el gota a gota o el regadío al anochecer.

La industrialización de las tareas agrícolas también ha tenido consecuencias sociales. En los países del Tercer Mundo, la agricultura especulativa de plantación ha supuesto la desarticulación de la agricultura tradicional; detrayendo de ésta tierra de cultivo y fuerza de trabajo. Además de la roturación del bosque tropical. Por su carácter especulativo, una plantación depende de los precios internacionales del producto, que pueden variar con rapidez. El abandono de la explotación de una tierra esquilmada implica la aceleración de los procesos de erosión, sobre todo en los sistemas morfoclimático áridos. La plantación ha supuesto la introducción de un modo de vida diferente y la creación de un proletariado agrícola. E incluso, se ha variado la dieta tradicional de la población, sobre todo a través de las ayudas internacionales. Todo esto se refleja en la quiebra ecológica y social de los países del Tercer Mundo.

Otro ámbito en el que la revolución industrial ha supuesto la quiebra ecológica de los biosistemas es el de las actividades extractivas. La pesca masiva, un recurso que tiene como única posibilidad de recuperación su propia fertilidad natural, ha desencadenado la casi total desaparición de multitud de especies; e incluso bancos muy ricos, como el banco peruano. Se ha tenido que legislar la prohibición de capturar algunas especies y se han debido de conformar paradas biológicas, en las épocas de cría, para asegurar la recuperación de los bancos. La ballena es el caso más representativo de todos, al ser uno de los animales más emblemáticos y más capturados en el océano. La capacidad de capturas de las actuales flotas, y las artes utilizadas, hacen que no sólo la especie que se pesca caiga en las redes de los barcos, sino, también, muchas otras. Esto supone, para todas las especies, que no se tengan garantizadas las posibilidades de recuperación, ya que se puede modificar hasta la cadena trófica. Es posible que otras especies se extingan y se provoque la quiebra de la biocenosis.

Exactamente lo mismo ocurre en la caza y la silvicultura, las otras dos grandes actividades extractivas de recursos biológicos. Los métodos de extracción son tan intensos, y tan agresivos, que afectan a todo el equilibrio ecológico del ecosistema, introduciendo incluso cambios en el topoclima, los suelos y los procesos morfogenéticos.

La minería es otra actividad extractiva altamente agresiva con el medio. Fue en la minería en el primer sector en el que se empleó la máquina de vapor para mejorar la productividad, lo que da la medida del impacto de la revolución industrial en ella. En principio, se supone que los recursos mineros son limitados, ya que el ciclo de regeneración es de escala geológica, por lo que no cabe esperar una explotación en las que se conserven las reservas. Además, sus métodos de extracción, sobre todo en el caso de las minas a cielo abierto, inciden directamente en la dirección en la que se desarrollan los procesos morfogenéticos: cambiando el curso de la escorrentía, lo que puede afectar a la biocenosis en la que se encuentran.

Referencias

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Fuentes empleadas y notas


Otras fuentes de información