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Reliquia

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Relicario conocido como Tablas alfonsíes. Catedral de Sevilla.

Se llaman reliquias en la Iglesia Católica a los restos de los santos después de su muerte. En sentido riguroso se emplea este nombre para designar el cuerpo entero o cada una de las partes en que se haya dividido, aunque sean muy pequeñas. Por extensión se llaman reliquias también a los ropajes y objetos que pudieran haber pertenecido al santo en cuestión, o estar en contacto con él.

El culto a las reliquias se remonta a los comienzos del cristianismo. Los primeros restos recogidos de que se tiene noticia fueron los de San Esteban (primer mártir de la Iglesia Católica), de los que se han conservado bastantes documentos acreditativos a través de los siglos. Ha sido siempre un fenómeno de gran trascendencia por sus consecuencias sociales, económicas y culturales.

Índice

[escribe] Historia

Desde el principio del cristianismo, los restos de los santos y los elementos materiales que estuvieron supuestamente en contacto con Jesús o los santos, fueron considerados como una protección para la persona que los poseía y una ayuda para conseguir la virtud. Poseer una reliquia se traducía en poseer una fuerza especial frente a lo adverso, por lo que se desató un gran afán por procurárselas al precio que fuera. Las reliquias adquirieron gran importancia desde las Cruzadas, y más tarde, en el siglo XVI y sobre todo dentro de la dinastía de los Austrias. Fue como una fiebre por poseerlas de todo tipo.

[escribe] Los cuerpos como reliquia

Los cuerpos de los mártires llegaron a ser lo más precioso y digno de veneración para aquellos cristianos de los primeros tiempos. Hasta tal punto era así, que exponían muchas veces su propia vida cuando se precipitaban en la arena de los anfiteatros para recogerlos, según cuentan escritores muy posteriores a los hechos. Recogían así mismo la sangre derramada, empapándola en esponjas, paños o cualquier otra materia absorbente. Esta reliquia era llamada sangre de los mártires.

Otra manera de obtener estas reliquias era mediante la compra, generalmente pagando en plata. Una vez obtenidas de una forma o de otra las preparaban con perfumes y ungüentos y las envolvían en ricos tejidos, sobre todo en dalmáticas enriquecidas con oro y púrpura. Muchas de estas reliquias de cuerpo entero se encuentran todavía en las catacumbas, en lugares especiales para su enterramiento llamados loculi. Una vez envuelto el cuerpo en la dalmática buscaban un enterramiento digno y lo decoraban, convirtiéndolo en santuario para sus oraciones y exaltaciones.

El culto a las reliquias estaba totalmente arraigado en este periodo de los mártires y las persecuciones a los cristianos. El cuerpo de un santo como reliquia llegó a ser indispensable para presidir las asambleas. Las personas particulares también hacían lo imposible por conseguir una reliquia. Se llegaba a pagar por el cuerpo de un mártir sumas considerables, verdaderos tesoros que los fieles cambiaban por lo que ellos consideraban el auténtico tesoro eterno. Así lo hace constar Baronius en sus notas al martirologio romano cuando dice: Christianos consuevisse redimere corpora sanctorum ad sepeliendum ea, acta diversorum matyrum saepe testantur ("Las crónicas de los diversos mártires atestiguan con frecuencia que los cristianos acostumbraban recuperar los cuerpos de los santos para darles sepultura"). Sin embargo, no fue hasta el siglo VI en el que parece se permitió ergir aras con reliquias en su interior dentro de las iglesias. Y del II Concilio de Nicea (787) procede, por fin, un canon que condena a la excomunión quien no considere como ortodoxo el culto a las reliquias.

La adquisición de una reliquia fue motivo en más de una ocasión de altercados, incluso combates, entre distintas ciudades que se la disputaban. Así ocurrió en Francia, entre los habitantes de Poitiers y los de Tours que mantuvieron una larga reyerta por la posesión del cuerpo de San Martín. (Greg. Turon. Hist. Franc. 1. I. c. 43).

Desde los comienzos del cristianismo los restos de los mártires estuvieron ligados al sacrificio eucarístico, celebrando los misterios sobre su tumba. No se concebía un altar si no era enterramiento de un santo. En el año 269 el papa San Félix I promulgó una ley para asegurar esta costumbre.Las primeras basílicas construidas tras la adopción oficial del cristianismo fueron erigidas encima o cerca de las criptas donde yacían los cuerpos de los mártires. Más tarde, algunos de estos cuerpos fueron trasladados a las ciudades para depositarlos en los templos suntuosos construidos para recibirlos. Es más, el quinto concilio de Cartago decretó que no sería consagrada ninguna nueva iglesia que no tuviera una reliquia en su altar.

Se llegaron a depositar los cuerpos-reliquia en las puertas de las iglesias y los fieles debían besarlos antes de entrar. Otro lugar donde se conservaban era en oratorios privados y a veces incluso en casas particulares.

En la segunda mitad del siglo IV empezó la práctica de fragmentar los cuerpos de los santos para repartirlos. Varios teólogos apoyaron la teoría de que por pequeño que fuera el fragmento mantenía su virtud terrena y sus facultades milagrosas. Así las reliquias se convirtieron en instrumento de prestigio y fuente de ingresos. Todo esto favorecería el terreno artístico pues algunos autores creen que el inicio de las imágenes está precisamente en el receptáculo para las reliquias, que arrumbó la primitiva representación simbólica de Jesús en forma de maestro o pastor, o los símbolos de origen natural: el pez, la piña,...

[escribe] Recuperación de los cuerpos como reliquia

[escribe] Las otras reliquias

No sólo era una reliquia sagrada el cuerpo entero del mártir sino multitud de objetos grandes o pequeños que habían pertenecido al santo o habían estado en contacto con él.

La cruz y los clavos del mártir que moría crucificado eran muy venerados desde que, según la leyenda, Santa Elena, madre de Constantino recuperó en 326 la Vera Cruz. San Ambrosio (siglo IV) recogió estos objetos después de la muerte de los santos Vital y Agrícola en su patíbulo en Bolonia y los llevó a la iglesia de Santa Juliana de Florencia. Agustín de Hipona (San Agustín, 354 - 430) da noticia en sus escritos sobre una de las piedras que lapidaron a Esteban, primer mártir de la cristiandad, que fue llevada a Ancône (Francia) y que contribuyó a extender el culto y la devoción hacia este santo. Muchos instrumentos de suplicio fueron encontrados en las tumbas, junto al cadáver. En uno de los Museos Vaticanos se guardan un gran número de ellos.

[escribe] Historia posterior

Los numerosos abusos, la muy dudosa procedencia de numerosas reliquias y su tráfico comercial fueron duramente criticados por Erasmo de Róterdam y por la Reforma protestante. Ni Lutero, ni ningún reformador admitieron el culto a las reliquias.

[escribe] Juramento

En una época que se desconoce comenzó la costumbre de jurar sobre las reliquias, de la misma manera que se jura sobre la Biblia o los Evangelios en determinados casos. Los ejemplos documentados son del siglo VI en adelante. Existe uno muy interesante por la cantidad de detalles que se dan, en que San Gregorio llama a unos personajes ilustres de la ciudad de Rávena para que se presenten ante la tumba de San Apolinar (primer obispo de la iglesia de esta ciudad); con la mano puesta sobre las reliquias de este santo, aquellos hombres dieron testimonio de lo que se les pedía, empleando para este juramento una fórmula especial que se conserva en diversos documentos.

[escribe] Reliquias famosas

[escribe] Colecciones y coleccionistas

Después de los debates habidos en el Concilio de Trento, las reliquias y lo que representaban tomaron más importancia todavía y su posesión llegó a ser una especie de obsesión frenética. Gente particular, gente de la nobleza, religiosos y los mismos reyes se desvivían por adquirir y acumular reliquias que en alguno de los casos llegaron a constituir colecciones magníficas que implicaban obras de arte muy buenas.

[escribe] Felipe II

En España el rey Felipe II fue una de esas personas aficionadas a las reliquias. Entre 1569 y 1599 llegó a acumular cerca de 800 piezas. Su colección se hizo famosa en el mundo de la cristiandad, siendo uno de los conjuntos más asombrosos hasta la fecha. Además promovió una especie de rescate de reliquias pertenecientes a santos de la iglesia española que por distintas causas se encontraban en el extranjero, como fue el caso de las reliquias de Santa Leocadia.

La colección privada de este rey se encuentra en la basílica del Escorial (Madrid), donde mandó construir dos altares especiales a ambos lados del altar mayor. Uno está dedicado a san Jerónimo y el otro a la Asunción. En ellos mandó realizar 80 relicarios al orfebre Juan de Arfe; muchos de ellos están firmados por el artista y otros no, lo que hace suponer que salieron de su taller y bajo su dirección aunque no fuera él su autor directo. El resto de los relicarios son obra de otro platero cuyo anagrama puede leerse en una placa en la parte posterior del relicario.

En el conjunto predomina el busto parlante, muy del gusto de la época, que revela al espectador de una sola ojeada el tipo de reliquia que aloja. Juan de Arfe realizó 22 cabezas o bustos parlantes, 6 de santos, 16 de santas. La policromía corrió a cargo de Fabrizio Castelo. Se conservan los libros de entregas en los que se describe con todo detalle la fecha y la descripción de cada relicario.

[escribe] Referencias

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Bibliografía

Notas

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