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Reales Fábricas de Liérganes y La Cavada

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Puerta de Carlos III.
Importantes instalaciones fabriles de Altos Hornos del Antiguo Régimen en España situadas en las poblaciones cercanas de Liérganes y La Cavada, en los municipios de Liérganes y Riotuerto, en Cantabria (España). Producían elementos de artillería y munición de hierro.

Fue fundada en sus inicios en Liérganes por Juan Curcio (o Curçios), industrial de Lieja en torno al año 1622 tras varios años de litigios en Vizcaya, primera alternativa de localización de la fábrica. Para su trabajo son traídos de Flandes numerosos oficiales fundidores. La localización de la fundición respondía a criterios de aprovisionamiento de materia prima en los bosques cercanos, el buen caudal del rio Miera y las cercanas salidas de los productos a los astilleros de Camargo y el puerto de Santander en el Mar Cantábrico.

A su muerte continuó la empresa Jorge de Bande, luxemburgués inteligente y dinámico.

Entre 1635 y 1640 las Reales Fábricas alcanzaron una alta producción fruto de la demanda de armamento de la Monarquía española con el fin de mantener a la España de Felipe IV como gran potencia europea. Se fundieron en este periodo un total de 939 cañones de calibres superiores, 195.000 balas, 4.010 bombas y unas 8.500 granadas. El aumento de la demanda supuso la instalación otros dos altos hornos (factoría de Santa Bárbara) en lo que sería la localidad de La Cavada, a cinco kilómetros de Liérganes, acompañado de nuevas innovaciones tecnológicas.

La derrota naval de las Dunas y los alzamientos de Cataluña y Portugal significó un debilitamiento de la demanda de cañones para la armada. La sobreporducción de la fábrica cambió los esfuerzos de producción que se dedicaron a las municiones y pólvora frente a la artillería. La conveniencia de instalar otra fábrica cerca del Rosellón, teatro de operaciones francoespañol hizo a Jorge de Bande levantar otras instalaciones en Molina de Aragón.

A la muerte de Bande (1643), ya enriquecido enórmemente, su mujer doña Mariana de Brito, dirigió la fundición operada por los técnicos flamencos (cerca de setenta familias se asentaron en la zona) alcanzando altos rendimientos.

El estancamiento de la producción de la fábrica a partir de este periodo fue latente, provocado por la conclusión de las políticas guerreras del gobierno español y la reducción de márgenes de beneficios impuesto por el estado. El insostenimiento por parte de Mariana de Brito de los nuevos precios y la iminente caduca del asiento de la fábrica hizo incorporar a Diego de Noja y Castillo como asentista de la fábrica de Liérganes y a doña Mariana a la de La Cavada. La situación de escasa demanda estatal fue ligeramente atenuada por la compra de piezas por Holanda, enfrentada a Inglaterra, y por medios particulares. Sin embargo, se sufrieron frecuentes crisis y paros en la producción que no serían superadas hasta 1716. En 1661 se incorporan a la dirección de la fábrica los hijos de Mariana de Brito (fallecida en 1673): Juan y José de Olivares, quedando finalmente Juan a cargo de la fábrica de La Cavada y José con la de Molina de Aragón. Al fallecimiento de Diego de Noja, su nieto Pedro de Helguera Alvarado ocupó su puesto. De esta forma las familias Noja y Olivares fueron dirigiendo las fábricas de Liérganes y La Cavada respectivamente haciendo cada una la mitad de las entregas oficiales, aunque en la realidad fue la de Liérganes algo superior. La innovación tecnológica en este periodo vino de la mano de la munición terrestre: morteros y bombas fueron de interés para la guerra y el asedio. Y todo ello hasta 1715.

De 1716 a 1800 vino la gran época expansiva de las fábricas, asentada en la importante expansión de las rutas del Atlántico y el mayor crecimiento de la armada española por la protección de sus barcos. De 1716 a 1800 se construyeron en España, no sin problemas, un total de 103 navios de línea con más de 6.900 cañones. En 1773 la armada española disponía de 60 navíos con más de 6.000 piezas de artillería. No obstánte se perdieron 49 buques entre 1761 a 1805 sobre todo por combates navales. Esta época fue el gran despegue de los cañones de hierro colado y supuso un renombrado prestigio para las piezas hechas en las Reales Fábricas de Liérganes y La Cavada por su ligereza y seguridad. Las dos factorías de Liérganes y La Cavada son regidas en esta época por el nieto de Mariana de Brito, Nicolás Xavier de Olivares que alcanzó los niveles de producción en época de Jorge de Blande. Es en esta epoca cuando las Reales Fábricas realiza además las cañerías de las fuentes de Aranjuez y San Idelfonso, importantes por el volumen de fundición. En 1738 el hijo de Nicolás Xavier, Joaquín, se hizo cargo del asiento de los Altos Hornos y alcanza el titulo de marqués de Villacastel. En esta época fueron asignados privilegios y prerrogativas a los asentistas y operarios de las fábricas, algo que no gustó a los habitantes de las localidades y que fue origen de problemas de convivencias. Se inagura un nuevo horno y un reverbero con el que se alcanza los máximos volumenes de producción de la historia de las fábricas (1756-59) con 800 piezas de artillería y obra civil y 400.000 piezas de munición. En 1759 muere Joaquín y posee las fábricas de Liérganes y La Cavada su hija María Teresa del Pilar que se casaría con el conde de Murillo. Con la llegada de Carlos III en 1759 se revocan los privilegios concedidos a los Villacastell, se intervienen y expropian las fábricas y se nombra director de las Reales Fábricsa de La Cavada al teniente coronel Vicente Xiner. María Teresa del Pilar y el conde Murillo son compensados con una cantidad importante a pagar por la Corona: más de cinco millones de reales. La poca autonomía de las Reales Fábricas, ya estatales, frente a la iniciativa privada introdujo dificultades en su desarrollo tanto de gestión como de producción e innovación. Los hornos reducieron su volumen de producción y las inovaciones tecnológicas en países como Inglaterra fueron complemento a su deterioro. La producción de cañones que necesitaba la flota española (diez mil piezas de 1764 a 1793) no se consiguió, llegando únicamente a las 6.000 unidades. Se recurrió a la producción de excedentes en Inglaterra para alcanzar el programa naval de armamento hasta la guerra de España con este país en 1778.

Las directrices y experimentos técnicos del Cuerpo de Artilleria del Ejército en la fábrica de La Cavada supuso un fracaso en la calidad de las piezas y un desecho de armamento inútil. Todo ello provocó un estrangulamiento de la hacienda.

En 1781 es encomendado al Ministerio de Marina la dirección de la fábrica de La Cavada y se vuelve a los antiguos métodos de fundición de los años de Villacastel. Se consiguen buenos resultados y se contruye 1783 un cercado de tápia alrededor de todo el complejo y un arco triunfal a modo de portada que daba entrada a la fábrica y que aún es conservado en La Cavada. A partir de 1787 se vuelven a fundir en los hornos objetos para la industria privada, como escudos, piezas de maquinaria, caños, herramientas para obras en caminos, etc. En 1792 se introducen importantes reformas en los hornos de Liérganes.

El declive de la marina española con la derrota en la batalla de Trafalgar afectó a la fábrica que entró en crisis de sobreproducción y en desde los últimos años del siglo XVIII su producción cae en picado por tres factores: falta de demanda de la Marina real, escasez de dinero y falta de carbón. En 1795 cierra, tras 160 años de actividad, la fábrica de Liérganes y produce las últimas piezas para la guerra contra Francia. Los años previos a la invasión napoleónica supuso una efímera reactivación del número de fundiciones entre 1806 y 1808. No obstante, su rendimiento seguiría siendo escaso.

La invasión francesa ocupó en sus inicios las Vascongadas y Navarra. La fábrica de La Cavada y Liérganes se convirtió en un punto estratégico de importancia. Con la llegada del ejército napoleónico a Santander el 23 de junio de 1808 las fábricas fueron poco ocupadas ya que los franceses necesitarían de una fuerte guarnición para poner en marcha unas fundiciones con escasa lealtad de sus operarios y una producción inútil para la ya muy reducida flota francesa. Además,la preocupación de las tropas imperiales de Napoleón era ocupar la costa ante la incertidumbre de una invasión inglesa. Con la Guerra de la Independencia llegó para la zona tiempos de penuria y hambre ante la dejadez en el cobro de sueldo de los operarios de las fábricas y la incorporación de los jóvenes al ejército. El rendimiento de la fábrica se redujo consideráblemente. El apoyo de la fábrica de La Cavada a la causa del rey Fernando VII fue un hecho, prestando auxilio material clandestino a la guerrilla como a las tropas regulares.

Tras la Guerra de la independencia, se hace cargo de las Reales Fábricas Wolfgango de Mucha con muchas penúrias económicas. En 1818 se comienza una nueva fundición con resultados desatrosos. Con la llegada del Gobierno liberal y el impulso de los ayuntamientos, estos obtsaculizaron las operaciones carboneras de La Cavada, tan denostadas por los aldeanos pues les impedían el uso libre de los bosques y la creación de tierras agrarias. Instaurado, de nuevo, el régimen absolutista de Fernando VII, siguió la fábrica su actividad sin conseguir producir a precios competitivos. Visto los resultados de la fundición muchos operarios comenzaron a buscar nuevos trabajos.

En deseo de privatización de las Reales Fábricas de La Cavada por el gobierno de Fernándo VII no consiguió atraer el capital extranjero, más interesado en las zonas mineras asturianas. En 1831 el catedrático Gregorio González Azaola es nombrado director interino de las instalaciones de La Cavada. Conocedor de las nuevas industrias en Europa apoyadas en la minería del carbón, da por perdidas las viejas instalaciones reales.

Una inundación del río Miera en la tarde del 19 de agosto de 1834 destruyó las presas que movían las máquinas de La Cavada. Ya no se volvieron a reparar. Durante todo ese año las incursiones de las tropas carlistas saquearon las instalaciones. Esos dos hechos fueron el punto y final de unas fábricas que se cerraron en 1835.

En la actualidad aún existen restos de las Reales Fábricas de Liérganes y La Cavada, aunque la mayor parte de las construciones fabriles han desaparecido. En La Cavada se puede ver parte del muro de mampostería que cercaba el recinto, la portada de entrada en honor a Carlos III, la Casa de los Brito y restos de algunos almacenes y túneles. En Liérganes, se conservan diversas casonas de los siglos XVII y XVIII como la Casa de los Cañones, recuerdo de una época de auge económico apoyada en la fábrica de artillería.


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