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Navaja de Ockham

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La navaja de Occam (o de Ockham) es un principio de razonamiento formulado al final de la Edad Media, y conocido bajo varios nombres: principio de economía, principio de parsimonia o de simplicidad. Es atribuido al monje franciscano y filósofo Guillermo de Ockham, aunque era conocido antes de él.

En su formulación original del siglo XV, en latín, dice «pluralitas non est ponenda sine necessitate», es decir que las cosas esenciales no se deben multiplicar sin necesidad.

En lenguaje moderno significa que no se deben multiplicar las causas, es decir las hipótesis en un razonamiento: Un raciocinio basado en premisas menos numerosas y más sencillas es más verosímil. Cuanto menos se supone, mejor.

El principio de parsimonia es pues la expresión del sentido común, y su aplicación no debería plantear problema. Sin embargo, los desacuerdos surgen a la hora de definir la noción de sencillez de una hipótesis. En efecto, los hábitos de pensamientos y las creencias determinan en gran medida lo que una persona está dispuesta a considerar sencillo.
Un ejemplo historicamente muy relevante: cuando se descubrieron fósiles cuyas edades superaban la edad de la Tierra determinada por la Iglesia a partir de datos de la Biblia:

¿Cuál era la hipótesis más sencilla entre las siguientes?

  1. La Tierra es más antigua de lo que dice la Biblia; posiblemente tiene varios millones de años
  2. Dios creó un mundo joven con la aparencia de un mundo muy antiguo (sembrando indicios de una larga historia, como la erosión de las montañas y los fósiles, para despistar a los librepensadores)

Hubo conservadores para defender la segunda opción, porque la existencia de un dios omnipotente no era parte de la hipótesis, sino un hecho indiscutible, y así la segunda hipótesis se queda virtualmente vacía.

Más generalmente, la creencia en un ser omnipotente y dispuesto a intervenir en los asuntos humanos y en la leyes del universo cuantas veces haga falta invalida por completo el principio de economía.

En el campo científico se dice que hay que favorecer la hipótesis más sencilla que explique las observaciones o que por lo menos sean compatibles con ellas.

Este principio es frecuentemente llevado mas lejos desde que se empezó a admitir que las leyes físicas eran escritas en el lenguaje de las matemáticas: la hipótesis más sencilla es "a priori" la que tiene una formulación matemática mas sencilla.

Por ejemplo la ley de la gravitación universal de Isaac Newton : es particularmente satisfactoria por la simplicidad de su formulación: con meras multiplicaciones y una división explica el movimiento de los cuerpos celestes. En su momento fue considerada inverosímil porque introducía la noción desconcertante de fuerza a distancia, mientras que las otras hipótesis se basaban en fuerzas por contacto.

Albert Einstein obtuvo su fórmula de equivalencia entre la masa y la energía
porque le pareció matematicamente más sencillo que existiera una única expresión de una ley fundamental que abarcara simultáneamente la mecánica de los cuerpos y la física de los campos electromagnéticos. Aquí sencillez significa unicidad. Los físicos modernos que buscan La Gran Unificación, es decir unificar las fuerzas fundamentales siguen el mismo criterio.

Autor: M.Romero Schmidtke,

Referencias


Notas