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Monarquía del Reino Unido

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Monarquía inglesa

Siguiendo a las incursiones vikingas y al establecimiento del siglo IX, el reino de Wessex emergió como el reino inglés dominante. Alfredo el Grande aseguró Wessex y obtuvo el dominio sobre Mercia del oeste, si bien no se convirtió en Rey de Inglaterra; el título más cercano al que accedió fue el de "Rey de los Anglosajones". Fueron los sucesores de Alfredo en el siglo X los que constituyeron el reino que hoy se conoce como Inglaterra, aunque incluso en el reinado de Edgardo el Pacífico, Inglaterra no se encontraba dividida en sus partes constituyentes. Hacia el siglo XI, el país se volvió más estable, pese a un número de guerras con los daneses que desembocaron en una monarquía danesa por algunos años. Cuando Guillermo, duque de Normandía, conquistó Inglaterra en 1066 se convirtió en el monarca de un reino que probablemente presentaba la mayor autoridad real en Europa. La conquista normanda fue crucial para la historia británica, en términos de cambio político y social. El nuevo rey continuó con la centralización del poder que había comenzado en el periodo anglosajón, mientras que el sistema feudal también prosiguió con su desarro.

Guillermo I fue sucedido por dos de sus hijos: Guillermo II, y luego Enrique I. Este último tomó una controvertida decisión al proclamar a su hija Matilde (la única superviviente) como su heredera. Tras la muerte de Enrique en 1135, uno de los nietos de Guillermo I, Esteban, reclamó el trono, y llegó al poder con el apoyo de la mayoría de los barones. Su débil gobierno, sin embargo, le permitió a Matilde desafiar su reino; como resultado, Inglaterra pronto descendió a un periodo de desorden conocido como la Anarquía. Esteban mantuvo un control del poder bastante precario durante el resto de su vida; no obstante, llego a un acuerdo según el cual sería sucedido por el hijo de Matilde Enrique II, quien se convertiría en el primer monarca de la dinastía Angevina o Plantagenet en 1154.

Los reinados de muchos monarcas de los Angevin se vieron empañados por disturbios y conflictos civiles entre el monarca y la nobleza. Enrique II debió hacer frente a rebeliones lideradas por sus propios hijos, los futuros monarcas Ricardo I y Juan. Sin embargo, Enrique consiguió expandir su imperio, más notablemente con la conquista de Irlanda, que había consistido hasta ese entonces en una multitud de reinos rivales. Enrique también le garantizó a su hijo Juan la tenencia de Irlanda, quien gobernó como "Señor de Irlanda".

Tras la muerte de Enrique, su primogénito Ricardo le sucedió en el trono, quien, sin embargo, permaneció ausente de Inglaterra durante la mayor parte de su reinado, debido a que estaba luchando las Cruzadas en el Oriente Próximo. Cuando Ricardo falleció, su hermano Juan le sucedió, uniendo a Inglaterra e Irlanda bajo una sola monarquía. Su reinado se vio marcado por el conflicto entre los barones, quienes en 1215 le habían presionado a redactar la Magna Carta (en latín, Gran Cartera) con el fin de garantizar los derechos y libertades de la nobleza. Poco después, Juan rechazó la cartera, sumergiendo a Inglaterra en una guerra civil conocida como la Guerra de los Primeros Barones. La misma llegó a su fin abrupto con la muerte de Juan en 1216, dejando la corona en manos de su hijo de nueve años, Enrique III. Los barones, liderados por Simon de Montfort, VI Conde de Leicester, se volvieron a rebelar más adelante el reino de Enrique, dando comienzo a la Segunda Guerra de los Barones. Ésta, no obstante, culminó con una victoria real limpia, y la consecuente ejecución de muchos rebeldes.

El siguiente monarca, Eduardo I, fue aún más exitoso en cuanto a mantener el poder real, y fue el responsable de la conquista de Gales y del intento por establecer el dominio inglés sobre Escocia. Sin embargo, los triunfos en ese país dieron un retroceso durante el reinado de su sucesor, Eduardo II, quien también se vio acaparado por un desastroso conflicto con la nobleza. Éste se vio forzado en 1311 a declinar muchos de sus poderes ante el comité baronil de "ordenadores". No obstante, las victorias militares le ayudaron a recuperar el control en 1322. Pese a esto, Eduardo fue derrocado y ejecutado en 1327 por su esposa Isabel y su hijo, quien pasó a gobernar como Eduardo III. El nuevo monarca pronto reclamó la corona francesa, iniciando la Guerra de los Cien Años que enfrentó a Inglaterra y Francia. Las campañas de Eduardo III fueron bastante exitosas, y culminaron con la conquista del territorio francés. Su reinado fue también marcado por el desarrollo del Parlamento, que se había dividido en dos Casas por primera vez. En 1377 muere Eduardo III, dejando la corona a su nieto de diez años, Ricardo II. Este último, al igual que muchos de sus predecesores, mantuvo conflictos con los nobles, principalmente por el intento de retener el poder en sus propias manos. En 1399, mientras se encontraba fuera en Irlanda, su primo Enrique Bolingbroke se hizo con el poder, obligando a Ricardo a abdicar y a ser posteriormente asesinado.

Enrique IV era el nieto de Eduardo III y el hijo de Juan de Gante, duque de Lancaster; de ahí que su dinastía fuera conocida como la Casa de Lancaster. Durante la mayor parte de su reinado, Enrique IV debió hacer frente a complots y rebeliones, debiendo su éxito a la estrategia militar de su hijo, el futuro Enrique V. El reinado de este último, que comenzó en 1413, se vio particularmente libre de disputas internas, dándole al rey libertad para acometer en la Guerra de los Cien Años en Francia. Enrique V resultó victorioso en su conquista; no obstante, su muerte repentina en 1422 dejó a su hijo pequeño Enrique VI a cargo del trono, permitiéndole a los franceses acabar con el dominio inglés. Por otra parte, la escasez de popularidad de los regentes de Enrique VI, y el posterior fracaso de su liderazgo, llevó al debilitamiento de la Casa de Lancaster. Los lancasterianos fueron desafiados por la Casa de York, llamada así en referencia a su jefe, un descendiente de Eduardo III, Ricardo, duque de York. Aunque éste falleció en una batalla en 1460, su primogénito Eduardo llevó a los yorkistas a la victoria en 1461. Las Guerras de las Rosas, sin embargo, continuó siendo intermitente durante los reinados de los yorkistas Eduardo IV, Eduardo V, y Ricardo III. Finalmente, el conflicto terminó con éxito para la rama lancasteriana, liderada por Henry Tudor (Enrique VII) en 1485, cuando Ricardo III fue asesinado en la Batalla de Bosworth Field.

El retrato de Isabel I data aproximadamente de 1588, con el fin de conmemorar la derrota de la Armada española.

El final de la Guerra de las Rosas constituyó un momento decisivo en la historia de la monarquía. La mayor parte de la nobleza fue o bien diezmada en el campo de batalla o ejecutada por su participación en la guerra, y muchos bienes de la aristocracia fueron confiscados por la Corona. Además, el feudalismo decayendo, y las armadas feudales controladas por los barones se volvieron obsoletas. Así, los Tudor pudieron restablecer fácilmente la supremacía absoluta en el reino, y los conflictos con la nobleza que habían invadido a monarcas anteriores llegaron a su fin. El poder de la Corona alcanzó su apogeo durante el reinado del segundo rey Tudor, Enrique VIII. Esta fue una época de gran cambio político; Inglaterra pasó de ser un reino débil a convertirse en uno de los más poderosos de Europa. Tuvo lugar un trastorno religioso, como resultado de las disputas con el Papa, lo que llevó a la monarquía a distanciarse de la Iglesia Apostólica Católica Romana y a establecer la Iglesia de Inglaterra, también conocida como la Iglesia Anglicana. Otro resultado importante del reinado de Enrique VIII fue la anexión de Gales (que había sido conquistado siglos antes, permaneciendo como un dominio aparte) a Inglaterra bajo las Leyes en las Actas de Gales de 1535-1542.

El hijo y sucesor de Enrique VIII, el joven Eduardo VI, prosiguió con más reformas religiosas. Su muerte en 1553, precipitó una crisis de sucesión. Fue cauteloso al no permitir a su media hermana mayor católica, María I, acceder al trono, y a tal fin elevó un testamento en el que designaba a Jane Grey como su heredera, si bien ninguna mujer había reinado jamás sobre Inglaterra. El reinado de Jane, no obstante, duró tan solo nueve días; con un tremendo apoyo popular, María la destituyó, revocó su proclamación como reina, y se autodeclaró como la legítima soberana. María I intentó convertir a Inglaterra al catolicismo, incinerando en el proceso a numerosos protestantes bajo la presunción de herejes. Su fallecimiento en 1558, abrió paso para que su media hermana Isabel I le sucediera, devolviendo a Inglaterra al Protestantismo. La era isabelina representó el crecimiento del país como potencia mundial, como lo demuestran la victoria inglesa en la Guerra anglo-española de 1585-1604 (especialmente la anhelada derrota de la Armada española en 1588) y las colonias inglesas en Norteamérica. Este momento es a menudo conocido como la "edad dorada" para Inglaterra, principalmente debido a los progresos culturales de William Shakespeare y Francis Bacon, entre otros.

La muerte de Isabel I en 1603 trajo consigo el fin del poder para la Casa de Tudor; no tuvo hijos, por lo que fue sucedida por el rey escocés Jacobo VI, cuya bisabuela materna era la hermana mayor de Enrique VIII. Jacobo VI reinó en Inglaterra como Jacobo I tras lo que se conoció como la Unión de las Coronas. Aunque Inglaterra y Escocia estaban unidas personalmente por un solo monarca - Jacobo I se convirtió en el primer monarca en ostentar el cargo de "Rey de Gran Bretaña" en 1604[1] - siguieron siendo reinos separados. Jacobo pertenecía a la Casa de Estuardo, una casa real cuyos monarcas experimentaban conflictos frecuentes con el Parlamento inglés. Las disputas se debían a menudo por cuestiones de poderes reales y parlamentarios, especialmente el poder de imponer tributos. El conflicto tuvo especial pronunciación durante el reinado del sucesor de Jacobo I Carlos I, quien provocó a la oposición al gobernar sin Parlamento desde 1629 a 1640 (la "Tiranía de los Once Años"), imponiendo tributos de forma unilateral, y adoptando políticas religiosas controversiales (muchas de las cuales resultaron ofensivas a los presbiterianos escoceses y a los puritanos ingleses). Hacia 1642, el enfrentamiento entre el rey y el Parlamento alcanzó su punto máximo con el comienzo de la Guerra Civil. La contienda acabó con la ejecución del rey, el fin de la monarquía, y el establecimiento de una república conocida como la Mancomunidad de Inglaterra. En 1653, sin embargo, Oliver Cromwell, el líder político y militar más prominente del país, llegó al poder y se proclamó Lord Protector (convirtiéndose efectivamente en dictador militar). Cromwell continuó en el gobierno hasta su muerte en 1658, cuando fue sucedido por su hijo Richard Cromwell. El nuevo Lord Protector demostró poco interés en gobernar, por lo que pronto abdicó, dando lugar al breve restablecimiento de la Mancomunidad. La falta de un liderazgo claro, no obstante, conllevó a un malestar civil y militar, y por un anhelo popular de restablecer la monarquía. La Restauración tuvo lugar en 1660, cuando el hijo de Carlos I, Carlos II fue declarado rey. El establecimiento de la Mancomunidad y el Protectorado se estimó ilegal; Carlos II fue reconocido como el rey de jure desde la muerte de su padre en 1649.

El reinado de Carlos II se vio envuelto por el desarrollo de los primeros partidos políticos modernos en Inglaterra. Carlos carecía de hijos legítimos, razón por la cual se especulaba que sería sucedido por su hermano católico, Jacobo, duque de York. A partir de ahí surgió un esfuerzo parlamentario por excluir a Jacobo de la línea de sucesión; los "Aborrecedores", que se opusieron, formaron el partido de los Tories, mientras que los "Demandantes," que apoyaban la idea, conformaron el partido Whig. El Proyecto de Exclusión, sin embargo, fracasó en numerosas ocasiones en las que Carlos II disolvió al Parlamento por temor a su aprobación. Tras la disolución del Parlamento en 1681, Carlos reinó como monarca absoluto hasta su muerte en 1685.

La Revolución Gloriosa

Jacobo II, el católico, sucedió, como se esperaba, a Carlos (que se había convertido al catolicismo en su lecho de muerte). Jacobo buscó tolerancia para los católicos, provocando la ira de muchos protestantes. Una gran mayoría se opuso a las decisiones de Jacobo II de mantener una armada voluble y estable, de asignarle altos cargos políticos y militares a católicos, y de encarcelar a clérigos anglicanos que se sublevaran contra la ley. Como consecuencia, un grupo de nobles protestantes y otros ciudadanos destacados conocidos como los "Siete inmortales" incentivaron a la hija de Jacobo II, María II y a su marido Guillermo de Orange a destituir al rey. Guillermo cumplió, llegando a Inglaterra el 5 de noviembre de 1688, con un gran apoyo público. Al encontrarse con la deserción de muchos de sus oficiales protestantes, Jacobo dejó el poder el 23 de diciembre del mismo año. El 12 de febrero de 1689, la Convención del Parlamento declaró que la partida del rey suponía una renuncia, y que Guillermo III y María II, y no el hijo católico del monarca, Jacobo Francisco Estuardo, serían los soberanos de Inglaterra e Irlanda. El Parlamento escocés (inglés, Scottish Estates) pronto siguió la misma postura.

La derrota de Jacobo es comúnmente conocida como la Revolución Gloriosa, y fue uno de los hechos más importantes en la evolución del poder parlamentario. La Carta de Derechos de 1689 afirmó la supremacía del Parlamento, y declaró que los ingleses retuvieran ciertos derechos, incluyendo la libertad de no abonar aportes tributarios impuestos sin el consentimiento parlamentario. La Carta de Derechos estableció que los futuros monarcas debían ser protestantes, y que por detrás de cualquier hijo de los presentes monarcas, la hermana de María, Ana heredaría la Corona. María murió sin haber dado a luz en 1694, dejando a Guillermo III como único monarca. Hacia 1700 tuvo lugar una crisis política, debido a que todos los hijos de la princesa Ana habían fallecido, dejándola sola en la línea de sucesión. El Parlamento, temiendo que Jacobo II o sus familiares católicos pretendieran reclamar el trono, firmó un Acta de Establecimiento en 1701, en la que se hacía constar que la prima lejana protestante de Guillermo III, Sofía de Hanover, seguiría en la línea de sucesión. El rey muere poco después de la expedición del Acta, dejándole la corona a su cuñada Ana.

Por consiguiente, en 1714, la reina Ana fue sucedida por el hijo de la difunta Sofía de Hanover, Jorge I, quien consolidó su posición al derrotar a las rebeliones jacobinas en 1715 y 1719. El nuevo monarca fue menos activo en el gobierno que muchos de sus predecesores, prefiriendo dedicar la mayor parte de su tiempo a los asuntos de sus reinos alemanes. Por este motivo, Jorge I delegó gran parte de su poder en los ministros, especialmente en Sir Robert Walpole, a quien se le suele considerar como el Primer Ministro — no oficial — del Reino Unido. El debilitamiento de la influencia del monarca y el aumento del poder del Primer Ministro y del Gabinete continuó durante el reinado de Jorge II, pero se detuvo con Jorge III. Este último intentó recuperar gran parte del poder cedido por sus antecesores hanoverianos; también actuó para mantener a los Tories (que estaban más a favor del control real sobre el gobierno que los Whigs) en el poder siempre que le fue posible. El reinado de Jorge III también fue importante debido a la unión de Gran Bretaña e Irlanda a través del Acta de Unión de 1800. Al mismo tiempo, el rey no perdió oportunidad en reclamar la Corona francesa, algo que ya había ocurrido con todos los monarcas ingleses desde Eduardo III.

El rey Jorge III impuso su autoridad política en reiteradas ocasiones, a diferencia de sus dos predecesores hanoverianos.

Desde 1811 a 1820, Jorge III se mostró insensato, obligando a su hijo, el futuro rey Jorge IV, a gobernar como príncipe regente. Durante la regencia, y más tarde en su propio reinado, Jorge IV continuó manteniendo lo que le quedaba de autoridad real, en vez de cederla al Parlamento o al Gabinete. Su sucesor, Guillermo IV, intentó hacer lo mismo, aunque con muy poco éxito. En 1834, Guillermo despidió al Primer Ministro William Lamb segundo visconde de Melbourne y perteneciente a los Whigs, por diferencias políticas, y en su lugar asignó a un Tory, Sir Robert Peel. En las siguientes elecciones, sin embargo, los Whigs mantuvieron una amplia mayoría en la Casa de los Comunes; obligaron a Peel a renunciar tras bloquear buena parte de su legislación, y, por consiguiente, dejando al rey sin ninguna otra salida que la de renombrar a Lord Melbourne. A partir de 1834, ningún monarca ha nombrado o despedido a un Primer Ministro contrario a la voluntad de los elegidos por forma democrática en la Casa de los Comunes. El reinado de Guillermo IV se vio además afectado por la aprobación del Acta de Gran Reforma, que modificó la representación parlamentaria y abolió a muchos municipios decadentes. El acta, junto a otras aprobadas más tarde en ese siglo, llevó a la expansión del sufragio electoral, y a la consagración de la Casa de los Comunes como la rama más importante del Parlamento.

La transición final a una monarquía constitucional se efectuó durante el reinado de la sucesora de Guillermo IV, la reina Victoria. Como mujer, Victoria no podía gobernar Hannover; por ello, la unión personal del Reino Unido y Hanover había llegado a su fin. La era victoriana fue un momento importante en la historia del país, y se caracterizó por un gran cambio cultural, por un proceso tecnológico, y por el establecimiento del Reino Unido como una de las primeras potencias mundiales. En reconocimiento al poder británico sobre la India, Victoria fue declarada emperatriz de ese país en 1876. No obstante, el reinado se vio afectado por el incremento del apoyo por parte del movimiento republicano, debido en parte al luto permanente de Victoria y al gran periodo de aislamiento tras la muerte de su esposo en 1861.

El hijo de Victoria, Eduardo VII, se convirtió en el primer monarca del Ducado de Sajonia-Coburgo-Gotha en 1901. A pesar de ello, en 1917, el siguiente monarca, Jorge V, sustituyó a "Sajonia-Coburgo-Gotha" por "Windsor" debido a los recelos que existían hacia los alemanes ocasionados por la Primera Guerra Mundial. El reinado de Jorge V también sufrió la fragmentación de Irlanda en Irlanda del Norte, que continuó formando parte del Reino Unido, y la República independiente de Irlanda en 1922.

Referencias

Bibliografía

  • El contenido de este artículo incorpora material de una entrada de la Wikipedia, publicada con licencia CC-BY-SA 3.0.

Notas