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La Iglesia perseguida

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Al principio, los romanos consideraron el cristianismo como una nueva secta judía. Aparte de las esporádicas persecuciones de Nerón y Domiciano, durante el siglo I los cristianos tuvieron que enfrentarse con mayor frecuencia con la animadversión de los escribas y fariseos, rectores del judaísmo, que con las autoridades romanas. Cuando Plinio el Joven, gobernador de Bitinia, consultó al emperador Trajano (98-117) la conducta que debía observarse con los cristianos, que según sus informaciones, acostumbraban a reunirse ciertos días muy de mañana, "entonan un himno a Cristo, como a un Dios... y con juramento se obligan a no cometer delitos... Se reúnen después, al atardecer, para tomar en común un alimento inocente..." Y aludía implícitamente a la creencia difundida por espíritus interesados en desprestigiar el cristianismo, de que en sus reuniones secretas los cristianos "iniciados" se entregaban a misteriosas orgías.

Para evitar la profanación del misterio eucarístico y las especulaciones malévolas sobre la Trinidad, la iniciación cristiana exigía a los fieles reserva en la manifestación de algunos actos litúrgicos, incluso con los catecúmenos.

Quinto Septimio Tertuliano, en su Apología contra los gentiles, escrita en el año 200, explica cuáles eran los delitos que la fama imputaba a los cristianos: Que en la nocturna congregación sacrificamos y nos comemos un niño. Que en la sangre del niño degollado mojamos el pan y empapado en la sangre comemos un pedazo cada uno. Que unos perros que están atados a los candeleros los derriban forcejeando para alcanzar el pan que les arrojamos bañado en sangre del niño. Que en las tinieblas que ocasiona el forcejeo de los perros, alcahuetes de la torpeza, nos mezclamos impíamente con las hermanas o las madres.

De estos delitos nos pregona reos la voz clamorosa popular, y aunque ha tiempo que la fama los imputa, hasta hoy no ha tratado el Senado de averiguarlos. (Apología, c.7)

Los gentiles asimilaban las reuniones nocturnas de los cristianos a ritos orientales de los misterios, como los de Eleusis y Samos, enraizados en las prácticas mágicas, los misterios de Cibeles, los de Isis, originarios de Egipto, o los de Mithra, procedentes de Persia, que alcanzaron notable difusión incluso en España y en especial en la costa catalana.

Pero si antes Trajano pudo contestar a Plinio que el cristianismo era en sí un crimen y que los acusados convictos debían ser condenados a muerte, siempre que hubiera un acusador anónimo, era principalmente por negar el culto al emperador y a los dioses del panteón romano. No obstante, Trajano no entendía que la justicia romana debiera dedicarse a descubrir cristianos y atender acusaciones anónimas, ni menos aún entregarse a una persecución general. Y esta respuesta de Trajano sirvió de norma hasta el emperador Cómodo (180 d.C.), pero con tal norma el cristianismo continuó sus progresos.

Desde el mandato de Cómodo se acentúa la persecución estatal del cristianismo en el mundo romano, que dura hasta el año 313, aunque con algunos intervalos de paz prolongados. Las persecuciones sistemáticas suelen seguir a la promulgación de un edicto, establecido con fines preconcebidos de exterminio. Así, por ejemplo, el de Septimio Severo (201 d.C.) que prohibía las conversiones, el de Decio contra los sospechosos, o el de Valeriano, que suprimía las asambleas cristianas, pasando sus bienes al Estado.

Decio por odio a su predecesor Filipo (244-249), protector de los cristianos, desencadenó la persecución más violenta que hasta entonces había experimentado la Iglesia. Su biógrafo, Zonaro, en la "Historia Augusta", puntualiza que "bajo su reinado" (249-251) recibieron la corona del martirio Fabián, obispo de Roma, Babylas, obispo de Antioquía y Alejandro, obispo de Jerusalén. Es decir, los prelados de las sedes de mayor relieve de la cristiandad.

Galieno (260-268) devolvió a los cristianos los bienes confiscados, pero Diocleciano (284-305) llevó a cabo una represión en gran escala, la más violenta y cruel de todas. Él y Maximiano, el coemperador, "pretendían borrar del mundo el nombre del Salvador y exterminaron en todas las ciudades y pueblos, tan prodigioso número de los que tuvieron valor para confesarlo, que no es posible contarlos" (Zonaro, Hist. Augusta: Diocl.) " El año diecinueve del reinado de Diocleciano (303) hicieron publicar los dos emperadores un edicto por el que ordenaban demoler las iglesias de los cristianos, quemar sus libros y entregar a la muerte sus doctores y sacerdotes, excluir de las dignidades y del ejército a los que pertenecían a esta secta y reducir a la esclavitud a los particulares" (Zonaro, Id.)

Diez años más tarde, la victoria de Constantino frente a su rival Majencio, obtenida gracias al signo de la cruz, abría a los cristianos el paso a la libertad de acción, decidida en el llamado Edicto de Milán (313). De hecho, la medida adoptada por Constantino y Licinio de común acuerdo, significaba la plena libertad de cultos en el imperio. Era el primer eslabón de una cadena que en el año 380 llevó a Teodosio a declarar, en el Edicto de Tesalónica, «la religión del apóstol Pedro», religión del imperio romano. El cristianismo pasaba de la clandestinidad al rango de religión imperial.

Referencias

Fuentes empleadas y notas