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Impresionismo

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El Impresionismo fue el movimiento más importante en la pintura de las últimas décadas del siglo XIX. Entre los pintores impresionistas se encuentran nombres tan importantes como Cézanne, Manet, Monet o Renoir.

El Parlamento de Londres.
Pintura impresionista de Claude Monet (1904).

Introducción

En el siglo XIX, el marco artístico, dominado por un eclecticismo que se estaba moviendo ya en un callejón sin salida, era forzosamente poco satisfactorio para cualquier espíritu creador y empezó a fomentar lo que se ha llamado la generación de las rupturas estilísticas, una serie de rupturas que darán personalidad propia al arte contemporáneo. La primera de ellas o, si se prefiere, su preámbulo, es el Impresionismo, un movimiento resultado de una prolongada evolución que coloca definitivamente al siglo XIX bajo el signo del paisaje y que busca un lenguaje nuevo basado en un naturalismo extremo.

A partir del impresionismo la concepción de la obra de arte es totalmente diferente a la que había surgido en el Renacimiento. Los impresionistas tienen un nuevo concepto del artista. Salen de su estudio y pintan directamente de la realidad. Debido a esto, la ejecución de un cuadro impresionista es muy rápida, ya que se trata de captar el instante irrepetible de luz en el paisaje. Este nuevo tipo de artista se fundamenta en el genio individual que vive de su arte, y que debe vender sus cuadros realizando exposiciones, por lo que depende de los marchantes, los coleccionistas y las galerías. El artista deja el taller para pintar directamente ante la naturaleza.

El impresionismo es un movimiento exclusivamente pictórico, por su concepción, aunque el término se aplica, un poco abusivamente, a otras artes cuando los autores pretenden apelar a las sensaciones que producen sus obras.

La gestación

La mayor parte de la generación impresionista nació entre 1830 y 1844, pero no se encontraron en París hasta la década de 1860. El acontecimiento decisivo no ocurrió hasta 1869, cuando Renoir y Monet pintaron juntos en La Grenovillére, sin duda el año más importante para el movimiento impresionista. Fue allí donde ambos descubrieron que las sombras no son pardas ni negras, sino coloreadas en su periferia, y que el color local de los objetos queda modificado por la luz que los ilumina, por reflejos de otros objetos y por contrastes de colores yuxtapuestos. Los dos pintores comenzaron a usar con creciente frecuencia colores puros y sin mezcla, sobre todo los tres colores primarios y sus complementarios, y a prescindir de negros, pardos y tonos terrosos. Aprendieron también a manejar la pintura más libre y sueltamente, sin tratar de ocultar sus pinceladas fragmentadas y la luz se fue convirtiendo en el gran factor unificador de la figura y el paisaje. Aún tenían que pasar cinco años para la inauguración de la primera exposición impresionista, pero lo cierto es que el Impresionismo había nacido ya.

A finales de 1869 los principales pintores impresionistas ya se conocían bien unos a otros. Por entonces el Café Guerbois, en la Rue de Batignolles, cerca del taller de Manet (quien parece que por el momento era la personalidad dominante) se convirtió en el cuartel general de este círculo artístico. La actitud de solidaridad de los impresionistas a comienzos de la década de los setenta se expresa de un modo muy revelador en algunos retratos de grupo como el de Fantin-Latour (Taller en el barrio de Batignolles, 1870) o el de Bazille (El taller del artista en la Rue de la Condamine, 1870).

Los impresionistas tienen que separarse por primera vez durante la guerra Franco-Prusiana: Renoir y Manet permanecieron en París, Bazille murió en el frente y Monet y Pissarro coincidieron en Londres, donde conocieron a Durand-Ruel (1831-1922), de ahora en adelante el marchante «oficial» del grupo. De hecho, en 1873 Durand-Ruel se mostraba ya lo bastante seguro de ellos como para preparar un catálogo completo con las existencias de su galería que no llegó a publicarse. Y tenía razones para estarlo.

Le Moulin de la Galette
Pintura de Renoir (1876).

El año 1873 marcará un giro característico del Impresionismo: el paso de la fase preparatoria a la fase de florecimiento. Los tanteos estaban olvidados y el trabajo adelantado. Pisarro y Monet habían hecho en Londres estudios de edificios envueltos en nieblas; Sisley, aún más vaporoso, se les había adelantado por ese camino; Renoir se hallaba, de momento, bajo la total influencia de Monet; y Degas empezaba a tratar los tutús de sus bailarinas del mismo modo que Monet o Renoir las flores del campo.

El nacimiento

Todos los impresionistas eran ya conscientes de formar un grupo y de tener iguales objetivos que defender. Su primera aparición pública como tal se estaba fraguando. A fin de pesar más a los ojos del público intentaron atraerse a otros artistas y fundaron una Sociedad anónima de pintores, escultores y grabadores que, por fin, en 1874, logró organizar una muestra en los salones del fotógrafo Nadar. En total participaron treinta y nueve pintores con más de ciento sesenta y cinco obras de las que diez eran de Degas, la mayor aportación individual del grupo, y entre las que estaba la ya legendaria Impresión: sol naciente de Monet (1872) que, burlonamente citada por el crítico Louis Leroy, dio nombre al grupo.

Económicamente la exposición fue un desastre pero consiguió dar cohesión a los impresionistas y sirvió de precedente para más afortunadas empresas futuras. Dos años más tarde abrieron una nueva muestra, y luego, en 1877, una tercera. Sin embargo, el público no cesaba en su hostilidad y hasta 1879 el número de visitantes no creció. El éxito había de llegar, lento pero seguro, aunque será precisamente el éxito del grupo lo que pondrá fin a estas muestras colectivas.

En principio, los impresionistas sentían una profunda aversión por toda pintura que fuese demasiado formal o estuviese demasiado trabajada. En ningún momento intentaron llevar al lienzo conceptos románticos como la profundidad, la soledad, el silencio o el misterio de la naturaleza, porque creían que la misión de la pintura consistía sobre todo en representar la naturaleza desde el punto de vista óptico exclusivamente. La tradicional ley de la mímesis (la imitación de la realidad) fue interpretada por ellos con una radicalidad sin precedentes y lo que había sido criticado por la mayoría de las posturas estéticas del pasado (la captación puramente aparente de la realidad) se erigió en credo absoluto para el Impresionismo. La representación artística, según este movimiento, no debía estar mediatizada ni por la imaginación ni por la razón, sino que tenía por único objetivo trasladar a la obra las impresiones impregnadas en los sentidos y en la retina. En este sentido el Impresionismo iba a defender un arte vinculado a la apariencia, deseoso de reflejar la temporalidad del fenómeno e indiferente por completo a la esencia oculta de la naturaleza.

Naturalmente, en este sentido, los impresionistas habían tenido un precedente ineludible en Corot y en la Escuela de Barbizon. Es indudable que Corot jugó un importante papel en la formulación del Impresionismo porque renunció a muchos de los recursos formales renacentistas prefiriendo concentrar su atención en espacios más planos y más sencillos, en superficies más luminosas. Y aunque, a diferencia de los impresionistas, nunca llegó a fragmentar la luz en sus componentes cromáticos y siempre organizó y simplificó sus formas para conseguir una cierta composición clásica, también usó con frecuencia una elevada clave tonal así como, en términos generales, un frescor y una espontaneidad nuevos en el Salón oficial. Por su parte, una vez que la Escuela de Barbizon y, en particular, Rousseau y Daubigny, hubieron adoptado la pintura al aire libre (y hay que tener en cuenta que Rousseau había comenzado ya a principios de 1827), el anecdotismo inició su declinar definitivo progresando en su lugar rápidamente el ilusionismo y el estudio de la luz.

Otras características

Autorretrato con sombrero
Autorretrato de Renoir (1910).

Es imposible no ver la liberación que supuso la aparición del Impresionismo y de sus consecuencias inmediatas: pintar al aire frente al motivo, observar directamente la naturaleza, otorgar a la luz la hegemonía que le corresponde en el dominio de lo visible, relativizar todos los colores, abandonar la pintura de leyendas polvorientas y toda ideología directa, hablar de las apariencias cotidianas que conforman la experiencia de un público urbano más amplio (fiestas, días de campo, barcos, mujeres al sol...)... Ningún pintor anterior se había atrevido a tanto. Una pintura impresionista es, al mismo tiempo, más precisa y más vaga, que cualquier otra pintura que hayamos visto con anterioridad. En ella todo ha sido más o menos sacrificado en aras de la precisión óptica de sus colores y tonos. El espacio, las medidas, la acción (la historia), la identidad, todo queda sumergido bajo el juego de la luz.Y sorprendentemente todo puede deducirse de una simple afirmación que Monet hizo en diversas ocasiones: El motivo es para mí del todo secundario; lo que quiero representar es lo que existe entre el motivo y yo. Lo que ha cambiado es fundamental. Antes, el espectador entraba en la pintura porque su marco o sus bordes eran el umbral. La pintura en cuestión creaba su tiempo y su espacio propios y la experiencia de éstos permanecía inalterable y podía ser vivida una y otra vez. Pero el Impresionismo cerró ese tiempo y ese espacio y lo que en realidad el espectador recibe del cuadro se toma de lo que sucede entre él y la pintura porque dentro de ella no sucede nada.

La postura tradicional enseña que cuando la fotografía logró la plasmación real de los objetos, el Impresionismo pretendió la representación desde una nueva técnica: el abandono de la paleta de colores mezclados para usar colores puros que se yuxtaponen en la retina del espectador. Pero eso es falso. El Impresionismo mezcló a menudo el color en la paleta, lo elaboró, lo preparó, y entonces lo aplicó a la tela previa interpretación del autor y con el aporte exterior de la sensibilidad de cada espectador, porque de lo que se trataba, entre otras cosas, era de descomponer la forma en pinceladas anchas y escuetas que necesitaban forzosamente la participación del que mira.

En estas coordenadas se entiende que los tres problemas claves del Impresionismo hayan sido la luz, el espacio y el momento. El espacio se enfocaba, desde luego, de un modo totalmente nuevo: el Renacimiento tenía, y había legado a la posteridad, un concepto dramático y escenográfico del espacio, pero el Impresionismo tenía un concepto aprehensivo y totalizador para cuya captación era absolutamente necesaria la concurrencia de la luz. Para la nueva representación no había que acatar la regla del punto de fuga o de la unidad del cuadro bajo un punto, sino que, al ser un espacio total, captado de una forma intelectual,se podía apreciar por un detalle, por la relación de dos elementos del cuadro, por un enfoque diferente o por la gradación de la intensidad lumínica. Y es que la luz, sobre todo, se enfocó de una manera revolucionaria. Hasta ese momento se trataba de iluminar, de pintar las cosas a la luz y con luz. Para los impresionistas se trataba de pintar la luz y las cosas en la luz porque ella es el elemento esencial que envuelve la materia y por eso resulta inseparable de cualquier figura representada. Esa misma luz sería la que daría la posibilidad de plasmar el instante, lo fugaz, por la sencilla razón de que las cosas son diferentes con diferente luz. Por eso fue tan importante el Impresionismo: rompió definitivamente la iluminación directa que produce el claroscuro y, con ello, anuló todo el sentido dramático que hasta ahora imperaba en el arte y del que tanto había abusado la pintura inmediatamente anterior.

La ciencia y otras influencias

En este sentido, el impacto de la ciencia sobre los pintores fue, como cabía esperar, fundamental, sobre todo en el campo de la investigación óptica y, en especial, en lo referente a los colores y a la estructura de la luz. El hombre de ciencia cuyo nombre suele asociarse a las teorías de los impresionistas sobre el color es el químico francés Eugène Chevreul. En 1839 publicó su libro Los principios de la armonía y el contraste de los colores y su aplicación a las artes. Su principal idea era que los colores en proximidad se influyen recíprocamente, algo que ya habían intuido muchos pintores pero que nunca se había escrito en una teoría concreta y científicamente demostrada. Chevreul también observó que cualquier color visto aisladamente parece estar rodeado por una leve aureola de su color complementario y estudió lo que se conoce como mezcla óptica: experimentando con hilos de lana encontró que dos hilos de tinte distinto parecen un solo y mismo color cuando se los ve juntos a distancia. Todo esto iba a ser una influencia decisiva para los impresionistas porque acabó induciendo a los pintores a matizar sombras con colores complementarios del color del objeto que las arrojaba y a yuxtaponer colores en el lienzo para que el ojo los fundiese a distancia, produciendo de esta manera colores más intensos de lo que había sido posible conseguir mezclándolos simplemente en la paleta. A su vez, los impresionistas sacaron también partido del descubrimiento de que los colores complementarios yuxtapuestos, si se usan en zonas suficientemente grandes, se intensifican de manera recíproca, mientras que, usados en pequeñas cantidades se funden, reduciéndose a un tono neutro.

Es en toda esta renovación general de la visión en la que colaborará, de un modo fundamental, la reciente moda de las láminas japonesas. Los impresionistas piden al arte japonés sugerencias internas de acuerdo con sus propias búsquedas: una limpidez nueva, la claridad de las sombras, el gusto por la síntesis, la asimetría del planteamiento, sus escorzos y vistas desde un ángulo elevado, sus figuras desprovistas de eje, recortadas en los bordes, la tensión contrastada entre las superficies claras y oscuras... Y los temas. Como los artistas japoneses de la Escuela de Hokusai, los pintores impresionistas se empeñan en elegir sus temas a partir de las cosas que les rodean. Frente a lacrimógenos cuadros sociales, edulcoradas escenas campesinas o agradables interiores burgueses de un realismo ya domesticado, y de frente, también, a la habitual pintura oficial de historias moralizantes, el Impresionismo plantea la batalla sobre la noción todavía acuciante del tema, que ahora se transforma en "motivo", y sobre la afirmación absoluta de la independencia creadora y la necesidad del artista, planteada por Baudelaire, de pertenecer a su tiempo, de expresar la modernidad.

Sin embargo, no todos los pintores del grupo fueron iguales y, ni mucho menos, fielmente ortodoxos con respecto a la estética impresionista. Las sólidas estructuras de luz y sombra de Edouard Manet fueron realizadas en su mayoría en interiores, después de muchos estudios preliminares, y tienen la dicción formal del arte de estudio, no la frescura de la pintura al aire libre. La atmósfera y el color local no eran, ni mucho menos, sus objetivos primordiales, y cuando representaba lo que parece, a primera vista, un tema "impresionista" era capaz de cargarlo con tantas ironías y contradicciones que llegaba a empañar toda su inmediatez. Dejando aparte a Berthe Morisot, el pintor del grupo que más se le aproxima es Edgar Degas, con una pintura difícil de comprender por su aguda inteligencia, sus intrigantes mezclas de categorías, sus influencias poco convencionales y, sobre todo, su tan traída y tan llevada "frialdad", aquella fría y precisa objetividad que fue una de las máscaras de su infatigable poder de deliberación estética.

De hecho, ningún pintor del grupo es tan puramente impresionista como Claude Monet. En su obra el factor dominante es un claro esfuerzo por incorporar el nuevo modo de visión, sobre todo el carácter de la luz, mientras que la composición de grandes masas y superficies sirve únicamente para establecer cierta coherencia. Por su parte, Renoir es el pintor que nos convence de que la estética del Impresionismo fue, sobre todo, hedonista. El placer parece la cualidad más evidente de su obra, el placer inmediato y ardiente que produce en él la pintura. Nunca se dejó agobiar por problemas de estilo y llegó a decir que el objeto de un cuadro consiste simplemente en decorar una pared y que por eso era importante que los colores fueran agradables por sí mismos. Sin duda, Camille Pissarro fue el menos espectacular de los impresionistas porque es un pintor más tonal que esencialmente colorista. Pero, decano del Impresionismo, jugó un importante papel como conciencia moral y guía artístico. Y, por último, trabajando a veces con Renoir y a veces con Monet, estaba Alfred Sisley, influido por ambos. Durante toda su vida siguió fielmente las directrices de los impresionistas pero nunca llegó a abandonar "la caza del motivo" y siempre se dejó llevar espontáneamente, con una facultad de comunicación directa, por un Romanticismo subyacente y lleno de poesía.

El final

A finales de los años setenta, los impresionistas comenzaron a disgregarse, a tener dudas, a encontrar que su alborozante arte era insuficiente. En realidad, es algo desconcertante que el momento de auge de este nuevo estilo durase tan poco tiempo. Se puede aducir que, evidentemente, después de tan larga lucha, los impresionistas pudieron darse cuenta de que habían creado y desarrollado un nuevo idioma válido y original, y continuar, en consecuencia, durante muchos años, sacando las deducciones de sus descubrimientos. Pero lo cierto es que, en términos generales, no lo hicieron así. Clark encuentra una explicación a esto en las limitaciones inherentes a un estilo que trata de transcribir simplemente la naturaleza y lo cierto es que los pintores llegaron a darse cuenta de que se hallaban en un callejón sin salida estilístico.

No obstante, el impresionismo tuvo innovadores rebrotes con el Puntillismo (también llamado Neoimpresionismo) y el Postimpresionismo.

Los impresionistas

Degas, Escuela de baile (1874).

Edouard Manet (1832-1883) está considerado como el precursor del impresionismo, más que por su técnica por su actitud ante la obra de arte, siempre escandalosa. Merienda en la hierba o Almuerzo campestre, Un bar en el Folies-Bergère, Música en el jardín del las Tullerías y La Olimpia, ambas obras provocaron el escándalo por mostrar desnudos en situaciones cotidianas de la burguesía, y El pífano una obra extraordinaria que recuerda en su tratamiento del fondo y su composición a la de Velázquez El bufón Pablo de Valladolid. Líder natural de los impresionistas, jamás expuso con ellos y trató de estar siempre presente en el Salón de París, en el que primaba el arte más academicista.

Camille Pissarro (1803-1903) fue el pintor que más se acercó a la naturaleza. Es uno de los grandes paisajistas del movimiento: El lavadero, La estación de Perge, Huerto en flor.

Claude Monet (1834-1906) es, probablemente, el pintor impresionista más reconocido, lleva al movimiento a su más alta significación. Entre sus obras destacan Impresión: sol naciente, La Grenouillère, y las series de la catedral de Rouen, La estación de San Lázaro y de las Ninfeas.

Alfred Sisley (1839-1899) es uno de los fundadores del impresionismo. Sus cuadros son discretos, pero encarna todas las características del estilo. Retrata la realidad sin efectismos. El canal, Nieve en Louveciennes, Campo de trigo cerca de Argenteuil, La presa de Molesey.

Edgar Degas (1834-1917) fue un impresionista atípico. Era un buen dibujante, y en sus cuadros utiliza abundantemente el blanco y el gris. Sus temas favoritos son las bailarinas y los espectáculos nocturnos, en su dimensión más cotidiana y menos espectacular, las carreras de caballos, los paisajes urbanos, desnudos y retratos. No pintó al aire libre. Entre sus obras destacan Bailarinas preparándose para el ballet, Los jóvenes espartanos, Escenas del ballet «Roberto y el Diablo», Dos bailarinas en el escenario, Retrato de Edmond Duranty, Después del baño, Bañista arreglándose el pelo.

Pierre-Auguste Renoir (1814-1919) es uno de los más puros impresionistas. Sus motivos son el tiempo de ocio de la burguesía, los bañistas y el cuerpo femenino y también los interiores. Dejó el impresionismo a los cuarenta años, cuando se dio cuenta que había llegado a un callejón sin salida. Obras suyas son El palco, Baile en el Molino de la Galette, Dama tocando el piano, El concierto, La bailarina, Mujer desnuda secándose los pies, La lavandera.

Paul Cézanne (1839-1906) tiene una larga y variada trayectoria como pintor. Para él el impresionismo sólo es una época de su vida, y nos los encontraremos en el postimpresionismo: La casa de Zola en Medan.

Monet, Sisley y Pissarro son los pintores ortodoxos por excelencia. Pintan paisajes del natural. El cuadro de Monet Impresión: sol naciente es el cuadro típico del impresionismo. Al igual que en la escuela de Barbizon trabajan en la naturaleza, en los bosques de Fontainebleau. Otros impresionistas menos conocidos son Frédéric Bazille: Reunión de familia, Gustave Caillebotte: Tejados nevados, Armand Guillaumin: Montmartre, Maurice Urtrillo: Molino de la Galette, y Berta Morisot, una de las pocas mujeres que hasta ahora han destacado en la historia del arte: Vista de París desde la colina del Trocadero, Retrato de la madre y la hermana, La cuna.

El impresionismo prende con tal fuerza que en poco tiempo se extiende por todo el mundo, aunque por supuesto fuera del arte académico. En Alemania destacan Lovis Corinth: Ecce Homo, y Max Liebermann: Jugadores de polo. En Bélgica están Henri de Braekeller: El restaurador de cuadros, Guillaume Vogels: La plaza de armas de Ostende, y James Ensor: Tarde en Ostende, más conocido como expresionista. En Inglaterra trabajarán muchos de los artistas franceses, durante la guerra Franco-Prusiana. Destacan Walter Richard Sickert: El sombrero azul, y Philip Wilson Steer: Muchachas corriendo en la escollera. En Italia destacan Giovanni Boldini: Retrato de Cléo de Mérode, y Federico Zandomeneghi: Niña durmiendo. En Noruega sobresale Frits Thaulow: Escena de canal en invierno. En Suecia destaca Ernst Josephson: Bosque y tañedor de arpa. En Rusia encontramos a Ilich Isaac Leviatán: Otoño dorado. E incluso en [Estados Unidos] hay pintores impresionistas como: Mary Cassatt: Autorretrato, Childe Hassam: Tormenta de nieve, Madison Square, Washington Arch en primavera, y Julián Alden Weir: Paisaje. Todos ellos trabajaron en París en algún momento de su vida, donde entraron en contacto con los grandes impresionistas. En México, Joaquín Clausell que conoció en París la obra de los impresionistas, en especial la de Pissarro.

En España Joaquín Sorolla (1863-1923) es el pintor impresionista más representativo, y el único impresionista no francés de talla internacional. Trabaja en Levante, con la luz del Mediterráneo, por eso sus cuadros tienen un color y una luz muy vivos. Nadadores, Y aún dicen que el pescado es caro..., Cosiendo la vela, Después del baño, Sol de tarde, Saliendo del baño, En la playa y Niño en la playa. Otros impresionistas españoles son Aureliano de Beruete: Orillas del Manzanares, Joaquín Mir: Cala encantada, Francisco Oller: El estudiante, y Darío de Regoyos: Redes tendiéndose al sol.

La escultura impresionista

No existe escultura impresionista como tal, ya que el impresionismo atiende a la luz y el color. Sin embargo, algunos pintores impresionistas realizan esculturas con un aspecto similar al de sus cuadros. Destacan entre todos Gauguín, Degás, que esculpe bailarinas y Renoir que realiza relieves.

Sin embargo, el escultor considerado impresionista, por excelencia, es Auguste Rodin, (1840-1917) el escultor más grande de la época. Tendrá una etapa simbolista. La edad del bronce, El pensador, La mano de Dios, Los burgueses de Calais. Otros escultores son Costantín Meunier: El descargador, e Iván Mestróvic: la fuente de la vida.

Referencias

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Fuentes empleadas y notas


Otras fuentes de información



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