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Historiografía

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La Historiografía es el estudio crítico de los escritos sobre Historia, así como de sus autores y sus fuentes.

La Historiografía clásica

Llamamos Historia a un género de conocimiento acerca del pasado que se adquiere por medio de la investigación. Pero este saber no se detiene en la obtención de datos fiables, sino que hace un esfuerzo de interpretación, sin el cual la historia no significa nada. Frecuentemente esta interpretación depende de la ideología del historiador, ya que la ideología es un instrumento de conocimiento, que permite escoger, entre toda la información, aquella que es relevante.

Hasta la historiografía griega, Heródoto, no existe evidencia de una Historia según el concepto actual que de ella tenemos. Fue en Grecia donde primero comprendieron que la Historia es algo más que un largo relato de lo que ha pasado. Pero Heródoto no pudo evitar en su Historia la influencia del mito, ni de la narración de los hechos. Tucídides, sin embargo, contó lo que pasaba en su tiempo, y lo interpretó a la luz de lo que había sucedido en el pasado. Tucídides busca una causalidad en los hechos históricos, y también las similitudes entre los hechos del presente y los del pasado, en una suerte de ciclo histórico que se repite.

El gran historiador grecorromano fue Polibio, que trata de contar los hechos según la verdad, y crea la teoría de los grandes ciclos históricos. Es el historiador de la creación del Imperio romano, por lo que la suya es una historia universal. Para Polibio la Historia debe tener una utilidad práctica, de ella se deben extraer enseñanzas para la actuación en el presente y en el futuro. Más importantes que los hechos son las causas y sus consecuencias. Polibio influyó decisivamente en los historiadores romanos, que en general son hombres públicos que cuentan los hechos desde su punto de vista.

El cristianismo cambia totalmente la ideología común y de los historiadores. La Historia será desde ahora la historia de la Salvación, que tiene un plan preestablecido. El primer historiador cristiano será Eusebio de Cesarea, pero el gran sistematizador de la historiografía cristiana fue san Agustín. La Historia de Orosio, Isidoro de Sevilla o Beda, tratará de demostrar que todos los hechos de la historia llevan a Dios, por lo que proliferarán las vidas ejemplares. La historiografía musulmana, salvadas las distancias, es muy parecida, sólo Ben Jaldún trata de hacer una Historia sin una finalidad moralizante.

Durante el renacimiento, y hasta el siglo XVIII, los conceptos cambian muy poco, aunque se tiende más a la secularización. Bodin plantea un nuevo concepto, la historia depende de la voluntad humana. Aparece la historia de los Estados nacionales. La Historia tuvo que cambiar tras el descubrimiento de América, una tierra de la que la Biblia no habla. Pero la Historia era fundamentalmente una crónica de lo que pasaba. Sin embargo, será con la Ilustración cuando las cosas comiencen a cambiar. Los ilustrados, con su ideal racionalista y científico, y su interés por el mundo clásico y profano, pondrán las bases de la historiografía contemporánea que nace en el siglo XIX.

La Historiografía en el siglo XIX

La historiografía contemporánea nace en el siglo XIX de la mano de los ilustrados, cuando al aplicar métodos científicos en el descubrimiento de los hechos se convirtió en una ciencia. La Historia entró a formar parte de la cultura popular y pasó a ser enseñada en las escuelas. Se crearán academias de historia que tratarán de dar a conocer la historia nacional.

El siglo XIX está influido por la Revolución francesa, el ascenso de la burguesía, la creación de los Estados nación y la revolución industrial; pero, también, por los periodos contrarrevolucionarios, y la aparición de un proletariado aún más revolucionario. Además, el Romanticismo se presentó como una ideología contrapuesta al racionalismo de los ilustrados. El mapa ideológico del siglo XIX era muy complejo.

La Historiografía liberal

Si la historia contemporánea comienza en la Revolución francesa, la historiografía liberal también. Esta era una escuela que intentaba justificar la Revolución, antimonárquica y proburguesa. Tuvo su centro ideológico en Francia, donde nacieron muchos de los movimientos revolucionarios burgueses que ocurrieron en Europa durante el siglo. Los historiadores liberales introducen una serie de conceptos nuevos, como el de clase social o lucha de clases. Son historiadores como Antoine Barnave o Roedes, que sirvieron de precedente a la escuela política que surgió a mediados del siglo.

Pero es a François Guizot (1787-1874) a quien se considera como el historiador más importante de esta corriente. Guizot interpreta toda la historia de Europa occidental desde la óptica de la burguesía triunfante, en sus obras «Historia de la civilización en Francia» e «Historia de la civilización en Europa». Guizot convierte al estado llano (burgués) en el protagonista de la historia. Para Guizot la historia culmina con la revolución de 1830, que significa el triunfo definitivo de la burguesía y el fin de la lucha de clases.

Agustín Thierry (1795-1856) es otro destacado historiador liberal, que intenta explicar la historia en función del triunfo de la burguesía. Thierry muestra un profundo desprecio por la historia que sólo trata de reyes y gobernantes, y da al pueblo el carácter de protagonista de la historia, no sólo a la burguesía, aunque le asigna a esta un papel dirigente.

También liberales fueron François-Auguste Mignet (1796-1884) y Adolphe Thiers (1797-1877) famoso por su crítica de la comuna de París de 1871. Sus aportaciones a la teoría historiográfica no son muy relevantes pero sus obras consagran la Historia como la historia política de la burguesía.

El último gran historiador liberal fue Alexis de Tocqueville (1805-1859), también francés. Tocqueville analizó la expansión de la democracia en dos libros fundamentales: «La democracia en América» y «El Antiguo Régimen y la Revolución».

También en Inglaterra hubo historiadores liberales, aunque aquí no había que justificar el triunfo de una revolución. Historiadores como Henry Hallam o Thomas Babington Macaulay serían mucho más conservadores, por el miedo que les producía la radicalización popular. El liberalismo británico considera la revolución como un período de caos y pillaje en el que el pueblo impone sus intereses por la fuerza, al contrario de lo que sucede en el tradicional compromiso de la burguesía y la aristocracia inglesas.

La Historiografía positivista

La filosofía positivista tendrá muy pronto su reflejo en la Historiografía. Sus más señalados representantes serán alemanes, pero esta postura se extenderá por toda Europa. El positivismo introduce la necesidad de dotar a la Historia de un método científico y técnico objetivo. A esta corriente pertenecen los auténticos creadores de la Historia moderna, y es la responsable de que entre en las universidades, y de que se creen academias de historia en toda Europa y América. Pero el positivismo pretenderá desmarcarse de las corrientes políticas e ideológicas, y ser neutral, con lo que dejan que la Historia sea utilizada por la clase dominante.

Es en Alemania donde surgen los primeros historiadores positivistas, un poco como reacción a los idealistas. Son, ideológicamente, nacionalistas, pero predicarán el objetivismo y la neutralidad. Presentan la erudición como instrumento de trabajo fundamental, y lo convierten en la esencia de la Historia. En última instancia, el positivismo tenderá a formular leyes. Los documentos y la arqueología se convirtieron en el objeto de estudio, tratados científicamente. La Historia se hace con documentos, y el historiador no debe interpretarlos, sólo ordenarlos para comprender los hechos.

Barthold Georg Niebuhr (1776-1831) es uno de los más famosos historiadores positivistas. Sus estudios se centran en la Roma monárquica, a la que concede todo tipo de virtudes. Este será el modelo de erudición, saber muchos hechos, pero muy locales. Aunque será el ministro prusiano Stein quien impulse la publicación de los «Monumenta germaniae histórica», que será la obra cumbre del nacionalismo romántico alemán. Iniciados por la «Sociedad para el Estudio de la Historia Política Alemana Antigua» recogen la colección de fuentes de historia medieval alemana más importante.

No obstante, el historiador más relevante fue Leopold von Ranke (1795-1886) que ha sido considerado el fundador de la historiografía contemporánea. Ranke recoge la postura erudita de Niebuhr para incorporarla a un nuevo modelo metodológico que pretende que la tarea del historiador es exponer cómo ocurrieron las cosas. De esta manera deja fuera del conocimiento histórico la interpretación. Pero ni la objetividad, ni la neutralidad, ni la imparcialidad son posibles de manera absoluta. Ni el propio Ranke pudo sustraerse a seleccionar los hechos más relevantes, ni a hacer juicios de valor. Es Ranke quien afirma que la misión de la historia «no consiste tanto en reunir y acoplar hechos como en comprenderlos y explicarlos».

En Francia el positivismo encontró su representante en Jules Michelet (1798-1874). Michelet elaboró una Historia que le acerca al concepto de historia total, a pesar de la erudición. En 1830 escribirá «Introducción a la historia universal» y en 1874 «Historia de la Revolución francesa». En su «Historia de Francia» el pueblo pasará a ser el protagonista de la historia, por lo que se estudiarán los fenómenos económicos, sociales, etc.

Numa-Denis Fustel de Coulanges (1830-1889) tratará de conciliar el positivismo con el idealismo. Afirma que los hechos de la historia deben ser tratados como cualquier otra ciencia usa sus datos, aunque es cierto que de los datos históricos se desprenden, de manera natural, ideas filosóficas. Atribuye a la inteligencia del hombre la capacidad de cambiar la historia.

El positivismo se convierte, en manos de Hippolyte Taine (1828-1893), en agente del conservadurismo monárquico. Su visión de la historia se centra en el estudio del Antiguo Régimen antes de la Revolución francesa, y concluye que en él estaban las claves un cambio que se pudo producir sin revolución. Esta visión destruye por completo el mito objetivista y neutral.

La Historiografía idealista

El idealismo histórico es una de las principales corrientes del pensamiento historiográfico. Surge con el romanticismo pero se desarrolla con la filosofía de Kant y Hegel. Sus bases teóricas se formularon en Alemania, donde configuraron el movimiento nacionalista alemán.

Johann Gottfried von Herder (1744-1803) fue el pionero de esta ideología, con su libro «Ideas sobre la filosofía de la historia de la humanidad». Herder afirmaba que la historia de la humanidad, y su evolución diversa, era producto del espíritu o el alma colectiva de cada pueblo, que se concretan en el lenguaje, la literatura, la educación, las costumbres, etc. Aquí está el origen de los movimientos nacionalistas contemporáneos, así como el etnocentrismo europeísta. Y hasta el racismo moderno.

Immanuel Kant (1724-1804) creó toda una filosofía de la Historia. Herder fue discípulo de Kant, y en este se encuentran las ideas fundamentales de su doctrina. Kant expone sus ideas en un breve ensayo titulado «Ideas acerca de la historia universal desde el punto de vista universal». Según Kant, todas las acciones del hombre tienen un fin, por lo tanto las acciones de todos los hombres, la historia, también tiene un fin: conseguir la felicidad y la libertad racional. Pero ¿cuándo y cómo se alcanza ese fin?. Esto supone que el rumbo de la historia no depende de la voluntad de los hombres sino de la naturaleza creadora. El fin debía estar en una sociedad única, con un solo Estado y un una sola ley.

Para Johann Gottlieb Fichte (1726-1814) la misión del historiador era explicar el presente (presentismo). Cada tiempo histórico posee unas características que le identifican porque es el resultado de las aspiraciones del pasado. Las ideas fundamentales de los períodos del pasado forman una secuencia lógica según el esquema dialéctico de: tesis, antítesis y síntesis. Pero como idealista, Fichte cree que lo que hace avanzar la historia son las ideas políticas. Fichte concibe la historia como si su finalidad fuera el presente. Todos los hechos del pasado han de justificar la situación presente.

Pero el gran representante del idealismo histórico es Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831). Hegel elaboró una filosofía de la Historia que era en realidad la historia vuelta filosofía. Es decir, no sólo historia de los hechos, sino historia comprendida. Hegel elaboró una visión racional de la historia universal, situando en el centro el espíritu de los acontecimientos que hacen surgir los hechos. La historia universal es la exposición del espíritu y cómo el espíritu llega a saber de sí. Para Hegel el espíritu es el espíritu del pueblo. Hegel cree que la historia universal es el progreso de la conciencia de la Libertad, ya que el fin último es ser consciente de la Libertad, y ejercerla. En este proceso, el Estado es la representación que el pueblo da a sus aspiraciones y el que garantiza la Libertad. Sólo en el Estado el hombre tiene existencia racional. Por lo tanto, la historia es la historia del Estado. Para Hegel todo lo real es racional y todo lo racional real. Esta es la esencia del idealismo.

El materialismo histórico

El materialismo histórico es la otra corriente principal de pensamiento historiográfico. Surge con el socialismo y se desarrolla con la filosofía de Marx y Engels. En el siglo XIX el proletariado toma conciencia de clase, y habrá historiadores que interpreten la historia poniéndolo en el centro de su modelo. Pero el materialismo histórico es mucho más. Aparece como una crítica radical al capitalismo y a la nueva hegemonía de la burguesía, vinculado a la lucha social, económica y política de la nueva clase obrera que surge. Es una interpretación de la historia que rompe con la tradición.

Para Karl Marx (1818-1883) el fin de la Historia no es la interpretación sino la transformación de la sociedad, ya que «la historia es la transformación de la naturaleza humana». Pero también es Friedrich Engels (1820-1895) artífice principal del materialismo histórico. Lo fundamental del materialismo histórico está en las «XI tesis sobre Feuerbach», «La ideología alemana», «El manifiesto comunista» y «El capital». En el fondo, el materialismo histórico es un método de análisis de la historia, a diferencia de otras ideologías, lo que implica que las interpretaciones estén abiertas, y no tienen por que ser dogmáticas. Además, esto implica que sólo tiene validez en la medida en que se contrastan con la realidad, por lo que algunas de la tesis de Marx y Engels han de entenderse en el marco jurídico en el que surgieron.

Pero el materialismo histórico tiene unos principios fundamentales estables. Las premisas de las que parte son los individuos reales, su actividad y sus condiciones materiales de vida, tanto las que han encontrado preparadas como las que han podido crear con su esfuerzo. Premisas comprobables por vía empírica. Toda Historia debe partir de la situación física de los individuos y de su relación con la naturaleza; y de las transformaciones que sufre la naturaleza a través del esfuerzo humano, ya que el hombre se distingue de los animales en que es capaz de producir sus medios de subsistencia. De esta manera la producción se convierte en elemento prioritario en la historia de la humanidad. Pero la forma en que los hombres llevan a cabo la producción depende de los medios de que disponen. Estos medios suponen una forma determinada de actividad, una forma de vida concreta, que refleja lo que es la sociedad. Es decir, lo que son los individuos depende de las condiciones materiales de producción, los modos de producción. Esto implica, que la totalidad de las manifestaciones sociales, también dependen de estos modos de producción. El modo de producción de la vida material condiciona al proceso de vida social, política, e intelectual en general. No es la conciencia de los hombres la que determina la realidad; por el contrario, la realidad social es la que determina su conciencia. Esta es la esencia del materialismo histórico. Pero esto no quiere decir que los condicionamientos económicos sean los únicos agentes que modifican la historia. También las formas culturales que crean son ingredientes que la modifican, entre otras cosas porque ofrecen nuevas respuestas a las maneras de producción, y en última instancia a los modos de producción. Los modos de producción no son absolutos ni estables, sino que cambian, y por lo tanto la historia cambia, se transforma, creando nuevas culturas. Es la sociedad quien hace la historia, pero en función de dar respuestas a problemas concretos.

La Historia debe centrarse en el análisis del modo de producción existente en cada etapa de su desarrollo. Marx introduce conceptos básicos sobre los que debe centrarse la investigación histórica: modo de producción, relaciones de producción, estructura económica, fuerzas económicas, infraestructura, superestructura, clase social, etc. Conceptos que están sujetos a interpretación. El materialismo histórico no es una interpretación economicista de la historia, sino un método de análisis que se centra en las interrelaciones de todos los agentes sociales, arrojando nueva luz sobre la historia y lo que es el ser humano. El materialismo histórico es la corriente historiográfica que más a ayudado a cambiar la Historia actual.

La Historiografía en el siglo XX

La Historiografía del siglo XIX ha dado sus frutos en el siglo XX creando multitud de escuelas y de interpretaciones, sin embargo, la historia de los distintos países cada vez está más interrelacionada, cada vez es más la historia universal. La interpretación de la historiografía dejará de estar en manos de los filósofos y pasará a los historiadores que son los que realmente hacen Historia.

Las nuevas escuelas idealistas

Las escuelas idealistas del siglo XX tienen como fundamento las ideas filosóficas kantianas y hegelianas.

Wilhelm Dilthey (1833-1911) elaboró una teoría histórica de base kantiana en la que parte de la separación clara entre ciencias del espíritu y ciencias de la naturaleza. La Historia será una ciencia del espíritu. Para Dilthey la Historia debe ser estudiada como experiencia vivida, y en cuanto tal debe ocuparse del pensamiento humano. La Historia es la historia del pensamiento. Como ciencia del espíritu la Historia debe tratar de la liberación del espíritu humano.

Heinrich Rickert (1863-1936) es el máximo exponente de la escuela neokantiana. En su obra «Ciencia cultural y ciencia natural» (1899) ponen de relieve la diferencia entre las ciencias, no sólo por su objeto de estudio, sino también por su método. La Historia se ocupa de lo individual, en una reconstrucción metal creada por el hombre.

Benedetto Croce (1866-1952) elabora una filosofía de la Historia de raíz hegeliana. Ha sido mencionado como el fundador de la escuela «presentista», cuya ideología se resume en que: el conocimiento histórico, el sujeto y el objeto, constituyen una totalidad. La relación cognoscitiva es activa. Y el conocimiento y el compromiso del historiador están condicionados socialmente por su ideología. Croce llega a negar la posibilidad del conocimiento histórico objetivo, y a afirmar que la Historia no es más que una proyección del pensamiento del presente sobre el pasado. La historia siempre es presente, puesto que depende del punto de vista del historiador.

Las tesis presentistas han marcado la historiografía estadounidense durante mucho tiempo, sobre todo en los años 30 y 40. R. G. Collingwood (1899-1934), próximo a Benedetto Croce, fue quien sostuvo estas ideas en Gran Bretaña, al igual que el austriaco-británico Carl Popper. Collingwood formuló sus principios en el libro «Idea de la Historia» (1943), donde expone la tesis de que la Historia comienza con la recreación en la mente del historiador. La Historia es la perpetuación de los hechos del pasado en el presente.

Pero las teorías presentistas habían nacido en el marco del capitalismo triunfante, sin embargo, cuando este se tambalea, aparece en Alemania la primera teoría cíclica del siglo XX. Fue Oswald Spengler (1880-1936), tras escribir «La decadencia de Occidente», quien inauguró esta corriente. Spengler buscó similitudes en la historia que le permitiesen construir ciclos de apogeo y decadencia que se repiten inexorablemente, lo que nos permite vaticinar el futuro. Para Spengler la historia visible es el alma hecha forma. Encuentra las similitudes en la cultura. Para él todas las culturas y civilizaciones nacen, crecen y mueren.

Arnold Toynbee (1889-1975) hizo un gran esfuerzo de erudición y rigor histórico, pero su modelo no escapa al idealismo historiográfico. Toynbee rechaza los grandes ciclos históricos de Spengler, pero propone los suyos. Considera que la humanidad ha seguido vías de evolución divergentes, o paralelas, desde un enfoque cultural, representado por diferentes sociedades y civilizaciones. La historia de la Humanidad ha pasado por veintinueve civilizaciones, de las cuales veintiuna se han desarrollado completamente y nueve se han abortado; catorce ya han desaparecido: egipcia, andina, sínica, babilónica, iránica, micénica, sumeria, maya, yucateca, mexicana, hitita, siríaca, árabe y helénica; y cinco viven aún: occidental, ortodoxa, hindú, islámica y extremo oriental, a las que hay que añadir la japonesa y la ortodoxa rusa. Las primeras ocho civilizaciones no tuvieron relación entre sí, y son el origen de todas las demás. Las civilizaciones pasan por tres estadios: uno de creación y desorden, otro de formación de un Estado y un Imperio, y otro de decadencia. La buena marcha de una civilización depende de si es capaz de resolver los problemas ambientales, pero cree que esta capacidad no depende de la sociedad sino de ciertas personas creadoras, de los grandes hombres, de la inteligencia de una minoría dirigente.

A pesar de lo irracional de estas formulaciones tuvieron un gran éxito gracias a su mezcla de pesimismo apocalíptico, con el fin de la civilización, y el papel preponderante que la asignaba a la cultura de la clase dirigente, en este caso a la burguesía. Era más una historiografía que justificaba el triunfo burgués que una historiografía científica.

La escuela de los Annales

La escuela de los Annales se formó en Francia a partir de la publicación de la revista «Annales de Historia Económica y Social» en 1929. Su modelo histórico supone un giro copernicano en la Historiografía. Los fundadores de la revista fueron Marc Bloch (1886-1944) y Lucien Febvre (1878-1956). La escuela de los Annales ataca los fundamentos de la escuela positiva, y tiene un claro compromiso social. No es una escuela marxista, aunque sí utiliza el materialismo histórico. Con el tiempo, esta influencia es hace más débil. En 1946 la revista se llamará «Annales. Economías. Sociedades. Civilizaciones». Todo en plural, porque todos los hechos se enlazan y forman las civilizaciones, que no son las de Toynbee. Pero, además, la escuela de los Annales tiene claras influencias de la Geografía y la Sociología.

La escuela de los Annales tratará de comprender y explicar el pasado de cada pueblo en todas sus dimensiones, cómo ocurrió lo que ocurrió y por qué, para lo que utilizarán todas las ciencias auxiliares que les sirvan en su tarea. De esta manera, rompen el estrecho margen de la especialización.

La Sociología será, siguiendo a Durkheim, una realidad histórica autónoma que trascendía a los individuos, poseía sus propias leyes y que había que estudiar a través de los hechos positivos. Fue Hendir Berr quien propuso la incorporación de la sociología en el estudio de la historia.

La Geografía, sobre todo la geografía humana de Vidal de La Blache, es otra de las grandes influencias. El marco natural se vuelve relevante, ya que en él están impresos los cambios que las sociedades han hecho en el medio. El paisaje es una creación histórica del hombre.

También utilizaron los métodos estadísticos, económicos y de cualquier otra ciencia, que les sirviese. La economía y la sociedad pasaron a ser el objeto de estudio de la Historia, por encima del Estado, las instituciones, los personajes y las guerras. Estas cosas pasan a tener un lugar secundario, ya que sólo explican la coyuntura. La escuela tiene un marcado espíritu crítico del capitalismo dominante, y lucha contra la historia política como la única válida.

Se cambia el objeto de estudio, que pasa a ser el ser humano que vive en sociedad. Todas las manifestaciones históricas deben ser tratadas como una unidad, que sólo existe en la realidad social, en el tiempo y en el espacio. Las barreras cronológicas y espaciales se vuelven artificiosas. El estudio histórico debe centrarse en sociedades concretas, delimitadas en el espacio y en el tiempo.

La escuela de los Annales tratará de convertir la Historia en una ciencia, para lo cual Bloch formulará un nuevo concepto de hecho histórico. Frente al hecho histórico se muestra partidario de la opción de hecho, de la historia como problema, de formular hipótesis y plantear problemas. Los hechos fundamentales de la Historia pueden cambiar debido a la complejidad de la misma.

La escuela negará el documento escrito como fuente indiscutible y máxima de conocimiento histórico. Toda realización que parta de la actividad humana será una fuente.

La escuela de los Annales supone un nuevo rumbo en la historiografía moderna que no se puede evitar. En ella trabajaron historiadores tan importantes como Frenand Braudel, que dirigiría la revista y fijaría su atención sobre los ritmos de evolución temporal: el corto plazo para los acontecimientos, el medio plazo para las coyunturas, y el largo plazo para las estructuras. Otros historiadores relevantes fueron: Emanuel Le Roy Ladurie, Pierre Chaunu o Marc Ferro.

La historia económica

La historia económica nace con la economía política burguesa, junto con el capitalismo y la revolución industrial. Sus impulsores serán los grandes economistas. Adam Smith, David Ricardo, Thomas Malthus y Karl Marx. Pero fueron historiadores económicos destacados, también, Friedrich List, Bruno Hildebrand, Wilhelm Roscher y Karl Knies, que adoptarán una postura evolucionista y organicista, poniendo de relieve la unidad de las ciencias sociales, y creando la teoría de los niveles de desarrollo económico.

En Alemania surgió, tras la unificación, una escuela de economía histórica cuyo máximo representante fue Gustav Schmoller (1838-1917). Sus estudios económicos fueron muchos, pero siempre acudió a la erudición como método de trabajo. Sin embargo, pondrá en el centro del hecho histórico la evolución económica.

No cabe duda de que fue el marxismo la ideología que más influyó en estos historiadores, sin embargo, también hubo corrientes no marxistas. La historiografía económica dio lugar a una Historia cuantificada: con series de precios, salarios, producción, etc., y a la utilización masiva de la estadística en Historia.

Esta metodología dará tres corrientes, la historia serial, representada por la escuela de los Annales, la historia cuantitativa en el mundo anglosajón, y la nueva historia económica, en los Estados Unidos.

En la historia serial destacan historiadores como Cardoso, Pérez Brignoli, Pierre Chaunu, J. Meuvert, François Furet, etc., que contribuyen a la crítica las fuentes seriales. También ponen en tela de juicio la posibilidad de una Historia global, ya que las series económicas revelan numerosas divergencias. El método estadístico utilizado por ellos se ha empleado en otros campos, como la Demografía.

La historia cuantitativa y la nueva historia económica se suceden en el tiempo en el mundo anglosajón, sobre todo en Estados Unidos, gracias al marginalismo en economía, que proporciona una teoría unificada sobre tres factores a analizar: la tierra, el trabajo y el capital. Estos serán los factores que más incidan en el crecimiento económico, y por lo tanto en los ciclos económicos históricos. En esta escuela destacaron Simon Kurzets, Alfred H. Conrad, John R. Meyer, Robert W. Fogel, Stanley L. Engerman, etc., aglutinados tras la Revista de Economía Histórica. Esta escuela trató de justificar la situación hegemónica de los Estados Unidos tras la segunda guerra mundial. Su método tiene el innegable mérito de poner de relieve la importancia de ciertos hechos históricos en el desarrollo económico de un país.

La nueva historia social

La historia social es la auténtica historiografía marxista, aunque sufra profundas modificaciones dependiendo de la experiencia del «socialismo real» y de la evolución ideológica derivada del contacto con la realidad social. Habrá diferentes corrientes, dependiendo de si el marxismo está bajo regímenes comunistas, en los países desarrollados o en los países del Tercer Mundo.

Yuri Plejánov (1856-1918) fue el introductor del marxismo en Rusia. Es un pensador que abarca temas de todos los campos. En el terreno de la Historia ayuda a fijar los principios del materialismo histórico.

También Lenin (1870-1924) hizo un análisis histórico en sus escritos sobre la revolución. Centra su atención en la situación económica de la Rusia de su tiempo, para lo que utiliza gran cantidad de datos estadísticos y cuantitativos. Se fija en la introducción de los mecanismos capitalistas en el campo, en el desarrollo industrial, en la formación del mercado, etc.; y en sus interrelaciones, lo que le convierte en un historiador económico y social. Este será el modelo de la historia social.

Karl Kautsky (1854-1938) y Rose Luxemburg tendrán una obra en el mismo sentido, como muchos otros marxistas en Europa, por ejemplo Jean Jaures (1858-1914).

Con el triunfo de la Revolución rusa cambia, radicalmente, la situación del marxismo, sobre todo a raíz del estalinismo. La Historia se impulsa de manera decidida desde un Estado socialista y con una concepción materialista. Con el estalinismo la Historia se hizo dogmática, y se puso al servicio del régimen soviético, como la nueva historia económica se puso al servicio del capitalismo. Mijáil N. Pokorvski (1868-1932) fue el único historiador de talla que se puso al servicio del régimen.

Sin embargo, hubo historiadores que se desmarcaron de esta servidumbre. Georg Lukács (1886-1961), Karl Korsch (1891-1937) y Antonio Gramsci (1891-1937) desarrollarán sus teorías en contacto con la praxis revolucionaria, por lo que superan el economicismo reduccionista del estalinismo. De los tres, Gramsci es el más original. Combate el economicismo y se centra en el hombre y la sociedad como motor de la historia. Se sitúa en el límite del idealismo. Distingue entre movimientos orgánicos, de largo plazo y dependientes del modo de producción, y movimientos de coyuntura de corto plazo y dependientes de la voluntad de los hombres; en los que hay que tener en cuenta los movimientos orgánicos. Ambos tienen importancia. La estructura y la superestructura forman un bloque histórico interrelacionado que hay que estudiar en conjunto.

Las obras de Ernest Labrousse, Vere Gordon Childe (1892-1957) y Maurice Dobb (1900-1976) impulsarán la renovación del marxismo tras la caída del estalinismo. Cada vez más, los estudios se centran en las condiciones materiales en las que viven los hombres y en las estructuras que crean.

En la siguiente generación surgen figuras tan importantes como las de Pierre Vilar, con su idea de la Historia total, basado en las realizaciones prácticas de los hombres, George Lefebvre, Albert Soboul, Michelle Vovelle, Guy Bois, Pierre Goubert, Jacques Dorz, Jean Chesneaux, etc. Sin embargo, la mayor contribución a la renovación vino del marxismo inglés, dentro del grupo de Historiadores del Partido Comunista, con figuras como, Christopher Hill, John Saville, Eric J. Hobsbawm, Rafael Samuel, Edward P. Thomson, Rodney Hilton, Raymond Williams, etc., que optan por el compromiso político. Se pretende estudiar la historia en su totalidad, superestructura e infraestructura. Esta es la única manera de comprender el pasado, la historia total de la sociedad. Harán una apuesta por la historia de las clases populares, y en particular los pobres. Con ellos la historiografía marxista ha dejado de ser dogmática, y han contribuido a hacer de la Historia una ciencia.

El fin de la historia y la Historiografía actual

Tras la caída del muro de Berlín en 1989 y el fin del régimen soviético en 1991, el capitalismo, y EE UU, se sienten triunfadores de la guerra fría y declaran que se ha alcanzado la sociedad perfecta, ¡la historia ha terminado!.

En 1989 Francis Fukuyama publicó un artículo titulado «El fin de la historia» en el que sostenía que las instituciones que comprende el Estado de los países ricos modernos son las más perfectas que pueden existir, y que por lo tanto la historia (los cambios históricos) ha terminado. Es, pues, una tesis idealista de corte hegeliano, pero ¿se piensa lo mismo en los países del Tercer Mundo?. Ese artículo se convirtió en libro en 1992, con el título de «El fin de la historia y el último hombre», en el que la teoría se queda vacía. Sin embargo, el artículo ha tenido un éxito enorme, por lo escandaloso de su título y la publicidad que los conservadores estadounidenses le han dado. Después de esto las escuelas historiográficas se han multiplicado, para desligarse tanto del marxismo como del triunfalismo capitalista.

Una de las primeras escuelas es la historia narrativa que pretende recuperar la narración como método de investigación historiográfica, tratando de parecer neutral y sin carga ideológica. Historiadores como Hayden White, Sande Cohen, Gertrude Himmelfarb o Simon Schama. Tiene semejanza con la microhistoria de Carlo Ginzburg, y N. Z. Davis, que cuenta pequeñas anécdotas que ocurrieron en el pasado. A la postre utilizan la erudición como método de investigación y eluden la explicación histórica. La popularidad de esta tendencia se debe al éxito editorial que supone la venta de los libros. Este es el tipo de Historia que apoyaba el fascismo.

Otra modalidad es la historia cientificista, que busca en las ciencias auxiliares la justificación de las explicaciones. Es el retorno al positivismo. En el fondo desprestigia a la Historia como ciencia. Esta posición se remonta a los años 50 con historiadores como C. P. Snow y el filósofo Karl Popper, y en la actualidad a Carlo M. Cipolla o K. N. Chaudhuri. Pretenden utilizar las Matemáticas, pero en el fondo desconocen cómo.

La clinometría es otra tendencia cientificista. Sus métodos son los de la economía y acuden a la historia para completarlos, y recoger los datos. Destacan historiadores como Peter Temin, Kenneth Arrow, Robert Solow, o Charles P. Kindleberger. Pero, también, utilizan otras ciencias como la Sociología, la Antropología, o la Estadística. La clinometría se debate entre la historia económica y la economía histórica, debate resuelto en los primeros años del siglo XX. Además, trata de hacer predicciones, lo que en Historia es absurdo. No parece que la historia pueda reducirse al estudio, por muy científico que sea, de un sólo problema.

La ecohistoria, y el estudio de los recursos naturales y el espacio desde el punto de vista de la geografía humana también se ha puesto de moda. Esta corriente ha puesto de relieve problemas razonables, y temas nuevos en la investigación histórica. Pero fijar la atención en estos problemas es también una postura reduccionista. La preocupación por la influencia de la humanidad en el entorno es un clásico de la Historia y de la Geografía. Lo que es nuevo es la reducción ecologista. Están en esta postura historiadores como N. J. G. Pounds, Carl O. Sauer, Alfred W. Crosby, Le Roy Ladurie o J. R. Kloppenburg. Desde esta escuela, Jan de Vries nos ha llamado la atención sobre la influencia del clima, y sus cambios, en las sociedades, sobre todo a largo plazo. También son interesante las obras de John Murra, Angel Palerm y Martínez Alier, lo que revela que este es un asunto de utilidad en la Historia, pero no exclusivo.

El cientificismo de estas tendencias hace una reducción de la historia, pero, además, pretenden una objetividad que no tienen, ya que toda Historia posee una concepción global definida. Se ha pasado de utilizar ciencias auxiliares en la investigación histórica, a convertir esas ciencias en el centro de la Historiografía. Han aparecido así historias fragmentarias, como la de la demografía, la sexualidad, la infancia, las mujeres, el vestido, el proceso de urbanización, la pobreza, etc., que tienden a asilarse entre sí y a constituirse en una ciencia, sin darse cuenta de su concepto global de la Historia, por lo que asumen el dominante o la moda.

Ante este panorama historiadores como Gertrude Himmelfarb, Foucault, Deleuze, Dosse o Derrida, reclaman la vuelta a un «nuevo historicismo», a una Historia global. Para ello pretenden volver a la explicación histórica a través de los textos, pero asumiendo la ideología capitalista dominante, tácitamente.

También existe el riesgo de que el abandono de las explicaciones económicas derive en una historia de las mentalidades como proponen Aries, Jacques Revel, Chaunu, Chartier o Lévy-Bruhl.

Pero siempre ha habido historiadores que han tratado de integrar los estudios parciales en una visión global de la historia: en la historia de la cultura y la historia social de los marxistas dogmáticos. Sin embargo, los actuales estudios de historia social están muy alejados de ese dogmatismo. Son las tendencias que estudian la historia y sus cambios como un fenómeno conjunto, con sus elementos económicos y culturales. Este es el caso de historiadores como Gramsci, Walter Benjamin, Raymond Williams, Christopher Hill, E. P. Thomson, Gurévich o Bajtin.

La Historia no debe perder sus objetivos, debe hacernos entender cómo era el mundo cuando este era presente. La Historia debe ser una ciencia que intente abarcar lo humano en su conjunto, de acuerdo con un objetivo que trascienda a la ciencia, como es el de explicar el mundo real y enseñar a otros a verlo con ojos críticos, para ayudar a trasformarlo.

Referencias

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Fuentes empleadas y notas


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