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Historia de Aguascalientes (México)

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La creación del estado de Aguascalientes se gestó a lo largo de 70 años. El primer antecedente se encuentra en 1786, cuando el territorio de la Nueva España fue reorganizado, creándose en el antiguo reino de la Nueva Galicia las intendencias de Guadalajara y Zacatecas. Aguascalientes se convirtió entonces en una de las subdelegaciones pertenecientes a Guadalajara, pese a los reclamos del intendente de Zacatecas, quien alegaba que por razones fiscales y de cercanía era preferible dejar ese territorio bajo su control.

Se inició entonces una pugna abierta entre los intendentes de Guadalajara y Zacatecas que no concluiría sino hasta 1803, cuando en Madrid el Consejo de Indias determinó que la subdelegación de Aguascalientes fuese segregada de la intendencia de Guadalajara e incorporada, en lo político, lo militar y lo fiscal, a la de Zacatecas. Aunque acatada, la orden real no fue del todo bien recibida en Aguascalientes, cuyos políticos hubieran preferido seguir dependiendo de una metrópoli con la que estaban unidos mediante sólidos lazos históricos y que -lo más importante- ejercía su autoridad de una manera discreta, suave y hasta distante.

Aunque en cierta forma viciadas desde su origen, las relaciones entre Zacatecas y Aguascalientes fueron cordiales y provechosas. Aguascalientes aceptó su estatus de sujeción y en Zacatecas se ejerció la autoridad con un espíritu benevolente y constructivo, lo que se tradujo en indudables progresos. Luego de consumada la Independencia nacional de México, la provincia de Zacatecas conservó en forma natural a su ya para entonces antiguo partido de Aguascalientes, el cual era el principal proveedor de granos, carne, cueros, sebo y otros insumos indispensables en las actividades mineras.

En 1825 el país adoptó las instituciones republicanas y Zacatecas se convirtió en uno de sus estados, por cierto uno de los más extensos, ricos e influyentes. En Aguascalientes se registrarían entonces progresos muy importantes, como la consolidación de su feria anual de comercio, la construcción del Parián y el embanquetado de las principales calles de su capital, a la que fue concedido por el Congreso Zacatecano el título de ciudad.

En el contexto de una crisis nacional que año tras año se agravaba, la primera experiencia federal de México pareció llegar pronto a un punto de quiebra. Ante la complacencia de una cómoda mayoría en la Cámara de Diputados, el presidente de la República con licencia, el tristemente célebre Antonio López de Santa Anna, decidió a principios de 1835 dar la puntilla al federalismo y aniquilar militarmente a la milicia cívica de Zacatecas: un ejército profesional que debía obediencia al gobernador del estado y que para entonces estaba convertida en el último bastión de los liberales exaltados.

En su marcha a Zacatecas Santa Anna se detuvo durante dos días en Aguascalientes. Ahí fue recibido como héroe y tratado a cuerpo de rey, sin que nadie ni nada le recordara que estaba pisando territorio teóricamente enemigo, puesto que Aguascalientes formaba parte de un estado levantado en armas contra el gobierno de la República. Al contrario, se le halagó, se le formularon toda clase de ofrecimientos y con obvio oportunismo se aprovechó el momento para lanzarse a fondo contra el gobierno estatal, al que se acusó de despotismo, negligencia, parcialidad y otras cosas más. El Ayuntamiento de la ciudad de Aguascalientes, a la cabeza de los inconformes, determinó celebrar una sesión abierta del Cabildo, en la que se decidió solicitar en toda forma la separación de Aguascalientes de Zacatecas y su erección en territorio.

Santa Anna los dejó hacer y escuchó el rosario de quejas, sin comprometerse por lo pronto pero dando a entender con su actitud que en cuanto regresara a México atendería a los quejosos. La suerte de la nación, y la de Aguascalientes, se definió el 11 de mayo de 1835, cuando en escasas dos horas Santa Anna liquidó a la milicia cívica de Zacatecas.

El Congreso de lo que todavía era entonces una República federal se declaró facultado para reformar la Constitución de 1824, convocó a sesiones extraordinarias, disolvió las legislaturas estatales y sometió a los gobernadores al control directo del presidente. Al mismo tiempo, con una celeridad asombrosa, se decretó el 23 de mayo de 1835 la erección del territorio de Aguascalientes. A fines del año siguiente, cuando se proclamó la nueva Constitución, el de Aguascalientes se convirtió en uno de los departamentos integrantes de la nueva República central.

El restablecimiento del sistema federal, consumado en el peor de los momentos, cuando el territorio nacional estaba invadido por los norteamericanos, quienes perseguían con descaro el propósito de apropiarse de la Alta California y de Nuevo México, se tradujo para Aguascalientes en su conversión en estado libre y soberano, según apuntaba la constitución. Eso sucedió a fines de 1846. El 2 de mayo de 1847, sin embargo, el gozo se fue al pozo: la carta máxima fue reformada y sin que nadie supiera explicar a ciencia cierta cómo, el nombre de Aguascalientes desapareció del catálogo que formaban los estados integrantes de la Federación.

Para los aguascalentenses se trataba de un agravio insoportable, pero para los mexicanos todos de un nuevo problema. El país libraba una desventajosa guerra con Estados Unidos, era inminente la pérdida de la mitad del territorio nacional, los indios de la Sierra Gorda estaban levantados en armas, los yucatecos se habían separado de la Federación y libraban su propia guerra (la de castas). Por si ello no fuera suficiente, se atizaba el fuego de viejas rencillas locales y se obligaba a los aguascalentenses a pelear de nuevo por su soberanía.

México perdió la guerra, entre otras cosas porque resultaba imposible que un país desmembrado y exhausto por interminables luchas civiles pudiera enfrentarse con éxito a una nación poderosa, bien armada y poseída por la paranoia del expansionismo. Aguascalientes se convirtió de nuevo en un partido del estado de Zacatecas, unión forzada que tuvo como único resultado el surgimiento de odios gratuitos y estériles.

En diciembre de 1853, reerigida la República central y puesto de nuevo el general Santa Anna al mando de los destinos nacionales, el Congreso determinó separar por segunda vez a los irreconciliables hermanos. Sin que nadie se opusiera, Aguascalientes se convirtió de nuevo en departamento; se hallaba tan extendido el acuerdo que en 1856, cuando se reunió en Querétaro un nuevo Congreso constituyente que determinó la readopción del sistema federal, el "caso Aguascalientes" no fue ni siquiera discutido, lo cual implicó que se le diera en forma automática el rango de estado.


Fuente: http://www.aguascalientes.gob.mx