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Fascismo

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(Del italiano "fascismo").

1. m. Movimiento político fundado por Benito Mussolini en Italia en 1919.

2. m. Doctrina del Partido Fascista italiano y de sus seguidores en otros países.

Preámbulo

El fascismo y la guerra en el siglo XX son dos fenómenos diferentes que tiene la misma causa: la propiedad privada de los medios de producción, y la división del mundo en Estados nacionales. En última instancia, el fascismo es un instrumento del gran capital para dominar al pueblo. Como la guerra moderna, involucra en su desarrollo a toda la sociedad. Se tratará de dominar al proletariado por el terror, para evitar las tendencias revolucionarias. Ningún régimen político puede gobernar contra la clase que ostenta el poder económico.

A pesar de ser un instrumento del gran capital, el fascismo se nutre, fundamentalmente, de la pequeña burguesía empobrecida y descontenta, y del proletariado marginal. Lo que no evita que el fascismo continúe siendo el arma del capitalismo decadente que pretende controlar la economía desde el poder político, sin que parezca que está involucrado el poder económico.

El fascismo nace tras la primera guerra mundial, desde la ideología de los nacionalismos radicales, en Italia, donde se forman los fascios, que serán la primera gran organización fascista, la cual está integrada, principalmente, por excombatientes. Italia está entre los países vencedores de la guerra, pero se siente perjudicada en los tratados de paz. Los fascios se desarrollan, extraordinariamente, bajo el mando de Benito Musolini, y en 1922 marchan sobre Roma y toman el poder, que les es entregado por el rey Víctor Manuel III.

En los años treinta, la oposición al fascismo limará las diferencias, entre los liberales y los comunistas, ante el enemigo común.

Existen numerosas interpretaciones sobre lo que es el fascismo, pero popularmente es tiende a confundirlo con los conservadores tradicionales, monárquicos, y la búsqueda de ley y orden dentro de la derecha. Esta interpretación no es correcta. El fascismo es, ante todo, un instrumento del gran capital y no una rebelión mística de la pequeña burguesía. También está la tesis liberal, individualista, que afirma que hay una identidad próxima entre el fascismo y el comunismo, por ser ambos regímenes totalitarios que se mantienen por el terror. Para ellos, el fascismo, como tal, no existe.

Naturaleza del fascismo

La mayor parte de los fascismos se definen, en lo político, progresivamente; al calor del oportunismo demagógico sobre los acontecimientos políticos del país. El nazismo es una excepción, puesto que nace ya constituido como una ideología, con una literatura, antes de implantarse en la sociedad; aunque también aprovecha oportunistamente los descontentos y los fantasmas que hay en la sociedad alemana. En 1923 Adolf Hitler escribe Mein kampf, donde resumirá su ideología. Pero la mayoría de los fascismos nacen como una protesta instintiva, irracional y violenta que tiene como valor fundamental la acción directa, antiburocrática y antiintelectual. En Italia no asume un programa político hasta que no está en el poder.

Para su consolidación, y para construir su ideología política, utiliza varios elementos anteriores a él, que están en la sociedad. Su originalidad está en que los asocia y los utiliza demagógicamente. De esta forma consigue la adhesión de sectores de la sociedad que de otra forma nunca le hubieran apoyado. Estos elementos son: la reacción nacionalista, la reacción contra la democracia parlamentaria, la reacción tradicional y la crisis económica.

La reacción nacionalista

Uno de los argumentos que el fascismo utiliza más demagógicamente es el del nacionalismo humillado y traicionado. El nacionalismo fascista es, al igual que el del siglo XIX, integrador y expansionista, pero, a diferencia de aquel, es represor y excluyente. La nación es un mercado libre y grande, según la teoría de los grandes mercados que se desarrolla en el siglo XIX, pero en la ideología fascista degenera en la teoría del espacio vital, según la cual una nación debe dominar los espacios que le suministran materias primas y mercados. Además, debe tener bajo su dominio una zona de seguridad nacional. Esto les lleva a tener una política exterior expansiva, por medio de la guerra.

El sentimiento nacionalista es muy fuerte en Italia, que aunque forma parte de los aliados, vencedores de la primera guerra mundial, se siente como una nación agraviada; porque cree que no recibe lo que le corresponde como vencedora de la guerra, y se ve menospreciada en favor de Yugoslavia.

Las instituciones son las garantes del sentimiento nacional, sobre todo el Ejército. Son los excombatientes los que se sienten más frustrados. Para ellos el sacrificio de sus camaradas ha sido en vano, y eso es algo que no están dispuestos a permitir. Sus acciones reivindicativas son violentas, y van dirigidas contra el gobierno y las instituciones democráticas, que son corruptas. Este sentimiento no sólo afecta a Italia sino, también, a Francia, Alemania, España y Portugal. En Italia se organizan en fascios, y dan nombre a la ideología y el movimiento. En Francia se organiza la Liga Francesa, en Alemania el Partido Nazi, y en España, que tiene en la guerra de Marruecos su desagravio particular, Falange Española. Aunque todos son fascistas, cada uno de ellos tiene su originalidad y se diferencian entre sí. Como buenos nacionalistas buscan sus señas de identidad.

La reacción contra la democracia parlamentaria

Otro de los elementos ideológicos que utilizan es la reacción contra la democracia parlamentaria, que en los años de la posguerra, aún habiendo salido fortalecida de la contienda, sufre un descrédito general debido a la crisis económica de los años 30. El fascismo reacciona contra el liberalismo y el libre mercado triunfador en 1918, ya que el gran capital pretende intervenir la economía en su favor.

En ciertos sectores, la demagogia intenta mostrar a la democracia como ineficaz para resolver los problemas, sobre todo de orden público (muchas veces causados por ellos) que se ve alterado por las reacciones revolucionarias socialistas. En Alemania se instaura la República de Weimar, que se considera como el símbolo de la derrota en la guerra, con un régimen democrático.

Las dificultades económicas y las agitaciones sociales hacen aparecer a la democracia como un sistema ineficaz para resolver sus propios problemas y defender «los intereses de su país». La democracia sufre una crisis, en sus instituciones, en todo el mundo. Se cree que la división en partidos implica la división interna del país, en contra de un «proyecto nacional» común. El objetivo nacional es la negación del individualismo, la subordinación al grupo, la defensa del interés y los derechos nacionales, todo el pueblo coherentemente unido en una mística comunitaria en la que es necesario suprimir la diversidad y someterse a la dirección única, al jefe, que es el que conoce el fin último de todas las acciones.

El fascismo es antiliberal, ya que está en contra de todas las libertades que puedan debilitar a la autoridad y el poder de cohesión del grupo.

Para mantener la demagogia, el fascismo es antirracional, no apela a la razón para convencer e imponer sus tesis, sino que apela al sentimiento irracional. Esto les hace despreciar el intelectualismo, y tener una mística por la fuerza física, la violencia, la juventud, el ejército y la acción directa que se salta todos los trámites burocráticos.

El fascismo es una ideología económicamente intervencionista, ya que su objetivo último es favorecer los intereses del gran capital nacional.

La reacción tradicional

El fascismo no es la reacción tradicional, no son los monárquicos que añoran el absolutismo y la restauración del Antiguo Régimen, por más que en España se aliasen con los carlistas, que sí eran la reacción tradicional. Son un producto de la sociedad capitalista surgida en la Revolución francesa. Apelan a la soberanía nacional, y utilizan para legitimarse los plebiscitos y las elecciones, incluso suelen tener ascensos plenamente democráticos. Tienen un compromiso con la Revolución francesa que se observa en sus ideas publicitarias de igualdad y justicia social. Organizan la sociedad capitalista a través de los sindicatos verticales, tienen una política social paternalista y hacen una apuesta decidida por la industrialización y por lo moderno, como los futuristas italianos.

El origen social de sus militantes no es la antigua aristocracia, sino la pequeña burguesía y el proletariado descontento o parado, que serán quienes formen los cuadros dirigentes de los partidos. Sus militantes son parados y marginados y las clases medias empobrecidas por la crisis económica. La clase media aboga por un régimen que controle el mercado en favor suyo.

El fascismo no es una ideología igualitaria, sino que acepta el dirigismo de la elite que forma el partido y que se personifica en la figura del jefe.

La burguesía les tolera, y les utiliza para contener los procesos revolucionarios de la izquierda, durante los años 30. La burguesía les subvenciona y les vota, e incluso les ayuda a conseguir el poder. Pero una vez que están en el poder les tienen en contra, debido a sus excesos.

La lógica del fascismo les lleva a la obediencia al jefe y al poder del partido que manda en el Ejército. El Estado depende del partido hasta llegar a confundir Estado y partido.

Pretende la supresión de la lucha de clases en pos de un «proyecto nacional» cuyo plan sólo conoce el jefe.

El fascismo es una ideología racista, que mitifica la raza dominante, dominadora del mundo, y mitifica su pasado. En Italia se mitifica la grandeza de Roma, y se recupera su saludo tradicional con el brazo en alto y estirado; en Alemania se mitifica el pasado celta y se recupera la cruz gamada; y en España se mitifica la Reconquista y el Imperio español y se recuperan el yugo y las flechas, símbolo de los Reyes Católicos.

El racismo se fundamenta en la desigualdad de las razas, y se mitifica a la propia raza, que es la depositaria de todas las virtudes. Es el caso de la apología de la raza aria en Alemania, a la que se considera la única que ha sido capaz de crear una «cultura» y la única que puede crearla. Este racismo no es gratuito ya que lo que pretende es comprometer a la «raza» mayoritaria de la sociedad en su proyecto, asegurándoles que ellos son los beneficiarios de las ventajas que se derivan de su sistema político, marginando a parte de la población.

La crisis económica hace del fascismo, que era un fenómeno residual, un movimiento masivo, durante los años 30. La demagogia y la mística servil hacen de los fascistas un grupo violento fácilmente manejable que se utiliza como fuerza de choque contra las organizaciones obreras.

Su ideología les lleva a mitificar, también, la guerra como medio de conseguir sus objetivos y como manera de regenerar la sociedad. Esto supone una política exterior agresiva, un revanchismo nacionalista por los resultados de la primera guerra mundial. Un proyecto unificador de lo que se supone «el país».

No se pueden avivar las pasiones sin ponerles un objetivo a medio plazo, y no se puede alentar la guerra sin declararla en algún momento. El ascenso al poder en varios países de regímenes fascistas abocó a Europa, y al mundo, a una segunda guerra mundial.

La crisis económica

La crisis económica que se inicia en 1929 afecta gravemente a la burguesía media, que sufre sus consecuencias y no tiene el seguro de una buena renta, ni la protección del Estado. El empobrecimiento de la clase media y el proletariado, y el triunfo de la revolución socialista en Rusia, provoca miedo a una revolución social tanto en la pequeña como en la gran burguesía. Ambas defenderán sus pequeñas o grandes propiedades a cualquier precio.

La crisis afecta a todo el mundo, a causa del concepto liberal de la libertad de mercado. La única manera de que no afecte la crisis a un país es teniendo un mercado protegido. El mercado incontrolado extiende la crisis por todo el mundo, lo que lleva el descontento a las clases medias, y a los parados desencantados y desesperados, cuyo número alcanza unas cifras espectaculares. El paro se convierte en un fenómeno de masas.

La gran burguesía mantiene sus ingresos gracias al proteccionismo del mercado exterior y a la sumisión, a menudo conseguida violentamente, de la clase obrera. Además, la gran burguesía se mantiene también con las subvenciones del Estado y las obras públicas. La burguesía sólo es una clase unitaria cuando se siente amenazada por un enemigo externo; de lo contrario tiene frecuentes enfrentamientos internos.

El gran capital utilizará al fascismo como milicia antiobrera, ante el peligro de revolución socialista, lo que unirá a la pequeña y a la gran burguesía frente a un enemigo común, una revolución socialista, que en la época se ve como algo muy posible, ya que ha triunfado en la URSS. Pero los métodos de los agentes fascistas pasarán por encima de la legalidad, formando bandas violentas de matones. Cuando un Estado no le asegura sus beneficios, la gran burguesía lanza al poder a los fascistas, que les garantizan la intervención de la economía en su favor, sin el peligro de desórdenes públicos.

Italia

En Italia, tras la primera guerra mundial, se palpa en todas partes el espíritu revolucionario. Los sindicatos consiguen algunas de sus reivindicaciones más importantes, y tiene en la huelga una de sus armas más eficaces. Se hace necesaria una reforma agraria de tipo político, que es exigida con insistencia.

En esta situación el gran capital recurre a los fascios de Benito Musolini para atemorizar a los obreros y reventar las huelgas y las manifestaciones de forma violenta. Los fascios se convierten en partido en 1921, un partido cuyo programa aún no está del todo definido, pero que su labor fundamental es organizar algaradas antiobreras. Este partido está financiado por la gran burguesía, y su programa económico pretenderá beneficiarla con una política de grandes obras públicas. En 1922 se produce la marcha sobre Roma y el rey Víctor Manuel III les entrega el poder instaurándose así una dictadura fascista de partido único.

Alemania

En Alemania se produce una auténtica revolución obrera tras la derrota en la primera guerra mundial; una revolución en la que se hayan implicados los obreros y los campesinos, pero que no logra triunfar y es aplastada violentamente, tras el asesinato de Rosa Luxemburg.

Para conjurar el peligro de otra revolución, el gran capital acude a los cuerpos francos y las ligas de combate, que actúan violentamente contra los obreros. En 1920 Adolf Hitler organiza estos grupos en un sólo partido, el Partido Nacionalsocialista o Nazi. En 1923 son una organización única, el Partido Nazi. Su programa político está definido desde el principio: habla de los agravios de la guerra, de no pagar, del proteccionismo económico, de la docilidad del Estado frente a las potencias extranjeras, y de que el partido debe controlar el Estado.

Las clases medias son víctimas de la competencia del libre mercado, y ven con buenos ojos este programa. Para ellos la lucha de clases les es un concepto extraño, ya que son considerados como burguesía por el proletariado, pero no son, ni mucho menos, ricos. Les es más próximo la idea de colaboración de las clases en un proyecto común, la idea de patria y de nación, y de poner el interés general y el Estado por encima de las clases.

Los campesinos son parte de la pequeña burguesía, puesto que son pequeños propietarios de las explotaciones que cultivan. Además, los precios agrícolas crecen menos que los industriales, lo que genera una tensión entre agricultura e industria. El principal capital del campesinado es el precio de la tierra.

El Partido Nazi se nutre de estas clases descontentas. Hitler intentará un golpe de Estado en 1922, por el que será condenado a prisión, pero ganará las elecciones de 1933.

Mística y demagogia

El fascismo no apela a la razón para lanzar sus consignas, sino al sentimiento. Utilizan la mística y la parafernalia publicitaria, la demagogia, para lanzar a las masas contra los obreros revolucionarios; obreros que son de su misma clase. Tienen una organización paramilitar, y anteponen las virtudes de la acción directa frente a la negociación y la burocracia. La violencia y la corrupción son sus formas fundamentales de actuación.

Recurren a la fe irracional. La razón desmontaría todas sus tesis demagógicas. La lógica de lo que sucede se basa en el embaucamiento. Para ellos la solución está en la defensa de un interés general, nunca bien determinado, que sólo conoce el jefe, y al que hay que obedecer ciegamente porque es el único que tiene todas las claves y el que sabe para qué sirve lo que se está haciendo. Este proyecto nacional implica la disolución del individualismo en el grupo que le acoge. Dentro de este grupo tiene una misión que le supera. Es el recurso a la fe, al misticismo y la obediencia ciega al hombre guía, al dictador providencial, la jefe salvador. Se recurre, también, al mito de los muertos caídos por la patria, en combate.

La propaganda es el medio fundamental para despertar y favorecer la mística demagógica. Se emplean todos los medios que la tecnología más moderna pone a su alcance, iluminación y altavoces, la radio, etc. Se usa todo tipo de símbolos, y se repiten las consignas sin pensar, a modo de oraciones. Se apela a la sugestión de la palabra y el discurso demagógico en los mítines y reuniones que despiertan la pasión emotiva. Para ello, utilizan las grandes reuniones y escenografías, desfiles y uniformes que se convierten en fetiches.

Su discurso se fundamenta en un anticapitalismo demagógico y pequeño burgués. No hace falta demostrar sus afirmaciones: lo dicen y basta. Este discurso cala en las personas menos ilustradas, y en las que más afecta la crisis. Se acusa de todos los males a las potencias extranjeras, a los judíos, banqueros, prestamistas y usureros, al socialismo marxista, etc.; en el fondo, a los competidores del gran capital nacional.

El corporativismo burgués hace creer que la lucha de clases se superará con la colaboración de la burguesía y el proletariado, en un proyecto nacional común. Nace, así, la idea del sindicalismo vertical, gremial, en el que se pone el acento en la ayuda mutua (curiosamente este es un concepto nacido en el anarquismo), pero que está controlado por la gran burguesía. Se trata de erradicar, con este método, la lucha de clases: para ello hay que perseguir a los socialistas.

Ninguna de sus afirmaciones se sostiene racionalmente, ni resiste un análisis medianamente riguroso, por eso es necesario recurrir a la fe y a la demagogia. Esto no quiere decir que no haya gente culta entre los fascistas, pero estos son los que lanzan las proclamas y pertenecen al partido como dirigentes, se aprovechan del partido y de sus militantes.

El ascenso del fascismo

Durante los años de entreguerras las bandas fascistas actúan como milicias antiobreras en toda Europa.

El ascenso en Italia

En Italia las bandas de fascistas nacen entre 1914 y 1918, durante la primera guerra mundial. Muchas de ellas eran controladas por Benito Musolini, como la Liga antibolchevique, las Umas, etc. Su estrategia era la de hacer ataques callejeros por sorpresa y reventar manifestaciones.

Los grupos de fascistas se instalan poco a poco en el poder. En 1920 obtienen el Ministerio de la Guerra, y elaboran un plan para contactar con todos los grupos antisocialistas. En 1922 están perfectamente organizados bajo las órdenes de Musolini y marchan sobre Roma para conquistar el poder, que les es entregado por Víctor Manuel III, en un golpe de Estado incruento. Tiene una alianza con el Ejército para que no intervenga, en el que le conceden amplios poderes. Una vez en el poder, hacen un plebiscito para legitimar su golpe de Estado.

El ascenso en Alemania

Tras el armisticio florecen en Alemania los grupos antisocialistas, sobre todo después de la fallida revolución de 1920. Se organizan en torno al Partido Nazi. Están más organizados que en otros países, y tienen una ideología predefinida. Cuentan con una sección se asalto, la SA, específicamente violenta. Adolf Hitler es quien controla estos grupos. En 1922 intenta dar un golpe de Estado, pero fracasa y es condenado a la cárcel. Será entonces cuando defina su ideología y escriba Mein kampf. En 1933 gana las elecciones y se asienta en el poder.

El proletariado no reacciona ante este ascenso del fascismo. Su no intervención está condicionada por ser, en muchos casos, compañeros de clase. Sin embargo, el fascismo está al servicio de la clase dirigente, que tiene la posibilidad de crear un gobierno fuerte que sirva a sus intereses, por eso los fascismos son lanzados al poder.

El fascismo en el poder

Una vez en el poder el proceso es el mismo en todas partes. Se suspenden las libertades y los partidos, pero intentan mantener una apariencia legal cambiando la constitución, aunque luego utilizarán la violencia para imponerla. La pequeña burguesía conquista el poder y el partido se confunde con el Estado. La burguesía capitalista comienza a retirar la confianza a los fascistas cuando empiezan a gobernar, porque ven que sus excesos generan violencia social y existe la posibilidad de una guerra. Además, los fascistas en el poder se ven obligados a llevar a cabo su programa, demagógico, anticapitalista.

El Estado fascista purga al partido y se transforma en una dictadura militar y policiaca. Pero tampoco olvidan de dónde vienen, y quién les ha apoyado para conquistar el poder. No se puede gobernar en contra de la clase que tiene el poder económico. Además, es de la burguesía de donde vienen los fondos económicos.

Nunca dejan de tener una base social, gracias a la propaganda y a la demagogia, pero para conseguir sus objetivos es necesario inducir al país a una política exterior expansionista, y al final a una guerra. Sus mayores enemigos no son los partidos de izquierdas, sino la derecha liberal, pues son los competidores directos del electorado y tienen una política económica no intervencionista, a diferencia de ellos. Sin embargo, ponen mucho empeño en destruir el sindicalismo obrero, suprimiendo los sindicatos de clase e imponiendo los sindicatos verticales, la izquierda les quita su fuerza de choque.

La política económica

A pesar de proclamarse anticapitalistas, los fascistas restituyen el capitalismo privado de las grandes compañías, eliminando la competencia y creando monopolios estatales. Se hacen exoneraciones fiscales en favor de la burguesía capitalista. Se prohíben abrir nuevas industrias, para eliminar la competencia. Se crean instituciones corporativas y monopolios que mantiene el mercado intervenido. Todos los productores están obligados a tomar acuerdos y cumplirlos. El Estado saca a flote las empresas deficitarias, pero manteniéndolas privadas.

El Estado es el gran cliente de las grandes empresas: haciendo numerosas obras e impulsando la industria de guerra. Los recursos se obtienen de los impuestos y de la deuda pública. Crean, así, un circuito cerrado de la economía nacional, protegida y autárquica.

La industria ligera, y la pequeña burguesía, son los grandes perjudicados de este sistema, puesto que no tiene la protección del Estado.

Al final, este sistema acabará provocando la segunda guerra mundial y morirá con ella.

El fascismo tras la segunda guerra mundial: el neofascismo

A pesar de haber perdido la guerra, y de ser una ideología completamente desacreditada, el fascismo pervive, aunque en círculos más o menos marginales, tras la guerra.

El fascismo se extiende por toda Europa y salta a América. En Francia se observarán tentaciones fascistas en el gobierno del general De Gaulle. En España gobierna, hasta 1975, Franco, con un régimen fascista un tanto desnaturalizado. En Portugal será el gobierno de Salazar el régimen fascista que durará hasta la Revolución de los claveles, en 1974. También en Grecia la dictadura de los coroneles, de corte fascista, dura hasta 1974.

El fascismo sobrevivió, en estado casi puro y con un marcado acento racista, en la Sudáfrica del apartheid.

Muchos de los fascistas que pierden la guerra se refugian en América Latina y obtienen amplia relevancia social. Serán los inspiradores de las dictaduras militares y criminales que azotan América Latina durante los años 60, 70 y 80. Aquí su estrategia de conquista del poder ha cambiado un poco. Ya no tienen una base popular amplia. Asaltan el poder sin necesidad de toda la parafernalia fascista tópica, que les hubiese delatado, pero mantiene un populismo demagógico y continúa utilizando los plebiscitos para mantenerse en el poder. En la América anglosajona se ha establecido un fascismo integrista, también demagógico, pero con una base popular amplia. Sin embargo, aunque alcanza puestos en el parlamento, está muy lejos de controlar el poder.

En los últimos años, sobre todo desde la crisis económica de 1973 y sucesivas, se observa un incremento entre grupos marginales del fascismo más violento y declarado. Se manifiestan en los campos de fútbol, que es el medio que utilizan como sistema de propaganda. No pueden recurrir a la propaganda tradicional por el profundo rechazo que despiertan en toda Europa. Sin embargo, sí usan Internet, ya que la red favorece el anonimato.

Son grupos que reivindican el fascismo histórico como modelo político, pero que prácticamente han desaparecido en los últimos años del siglo XX, salvo como grupos muy marginales. No obstante, estos grupos provocan mucha alarma social y son profundamente rechazados por la clase media, por lo que no es probable que proliferen peligrosamente, aunque hay que tenerles vigilados.

La nueva ultraderecha europea

En los últimos años del siglo XX y los primeros del XXI algunos grupos de ultraderecha han conseguido éxitos electorales. ¿Son estos partidos fascistas? En Francia se encuentra el grupo de Le Pen, el más activo, y consigue alcaldías y diputados. También en Austria y en Suiza han conseguido entrar en el Parlamento, ¡y como segunda fuerza política! Parece que hay un cierto resurgimiento cíclico: en unas elecciones consiguen un triunfo y en las siguientes desaparecen del mapa político. Esto puede deberse al rechazo que tienen en el extranjero, alentada por los medios de comunicación, pero también a un claro rechazo interno en cuanto llegan al poder.

También en el año 2002 han aparecido grupos de ultraderecha con representación política en Holanda y en Dinamarca. Estos grupos tienen claras diferencias con el neofascismo que conocíamos. En primer lugar no se identifica con él, y por lo tanto tampoco con el fascismo histórico. Es por esto que no se les llama claramente fascistas, si no partidos de ultraderecha. Sin embargo tiene algunas características que aparecen igualmente en el fascismo histórico, aunque no todas.

En la nueva ultraderecha podemos observar características típicamente fascistas:

  • Son grupos que no se reconocen entre sí. Esta era también una característica del fascismo histórico, ya que para los fascistas el fascismo italiano no era lo mismo que el nazismo alemán o que el franquismo español, y viceversa.
  • Sus partidos declaran que no tienen ideología. Esto es claramente un fraude, ya que todo partido necesita una ideología. Esta también es una característica del fascismo histórico, que se declaraban tanto anticomunistas como anticapitalistas.
  • Llegan a la sociedad con mensajes populistas. Pero no cualquier mensaje que pueda ser aceptado por la población sino aquellos que surgen de un estado visceral; como por ejemplo la pena de muerte para terroristas, narcotraficantes y violadores o el tema de la inmigración. Este populismo también es una característica del fascismo histórico.
  • Son nacionalistas proteccionistas. Es decir, pretenden salir de la Unión Europa y el euro (o al menos que estén supeditados a sus intereses) y ven como un problema que se construya una mezquita en cada pueblo (por ejemplo), lanzan mensajes como: primero «los que aquí», para recibir prestaciones, viviendas, etc., aunque se pasen por encima de los Derechos Humanos.
  • Y aunque defienden los intereses del empresariado nacionalista proteccionista y cuyo cliente principal es el Estado, es votado, al igual que le fascismo histórico, por los trabajadores y los pequeños empresarios descontentos.

Esta última característica, el del nacionalismo proteccionista (sobre todo en lo económico y lo social) es lo que les revela como fascistas, y lo que les vincula al fascismo histórico aunque en sus manifestaciones externas sobre la dictadura, la falta de libertad, el culto a la personalidad, y el control social por la fuerza, no se les vea claramente.

Su éxito político cíclico parece deberse a una cierta atonía de los partidos democráticos. En todos los países los dos partidos mayoritarios, los que pueden gobernar, suelen tener políticas muy similares, por lo que el ciudadano no ve alternativa y tiende a abstenerse o a votar a partidos que le ofrecen alternativas, aunque sean demagógicas. Las políticas de los partidos democráticos tienden a asumir las posturas liberales de poca intervención del Estado. Sin embargo, en Europa el éxito de la sociedad del bienestar exige un Estado medianamente fuerte e intervencionista.

Es muy común, en las democracias modernas, que cuando está claro quién va a ganar una parte importante de la población vote a partidos más o menos marginales, mientras que cuando no está tan claro el electorado vote a uno de los partidos mayoritarios olvidándose por completo de las opciones minoritarias.

Los caballos de batalla políticos de esta nueva ultraderecha, que les dan votos, son la inseguridad ciudadana y la inmigración. Son «problemas» muy inmediatos que el ciudadano ve en la calle. Ya que cuando se habla de inseguridad ciudadano no se están refiriendo a los grandes delitos sino a la pequeñas delincuencia. Su solución es meramente policial, y ahí es donde está la demagogia, ya que tratan las consecuencias en lugar de las causas. Además, para ello ponen en peligro el régimen de libertades que conforman un sistema democrático.

Referencias

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Otras fuentes de información

Notas