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Esparta

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Esparta (en griego Σπάρτη [Esparta]), o Lacedemonia (en griego Λακεδαιμων [Lakedaimon]) era una ciudad-estado de la Antigua Grecia situada en la península del Peloponeso a orillas del río Eurotas. Fue la capital de Laconia y una de las polis griegas más importantes junto con Atenas y Tebas.

Historia

Orígenes

La ciudad fue fundada tras la conquista de la llanura de Mesenia por los habitantes de la vecina Laconia (730 adC-710 adC). Después del periodo aqueo, Esparta se convierte en una ciudad doria. Según la leyenda, sólo hubo una gran invasión doria, dirigida por un tal Aristodemo, ochenta años después de la caída de Troya. En realidad, parece claro que se dieron una serie de incursiones sucesivas. La Esparta doria no se convirtió enseguida en la gran ciudad que luego llegaría a ser. Al principio estuvo minada por disensiones internas. Las reformas de Licurgo en el siglo VII adC son un verdadero punto de inflexión en la historia de la ciudad: a partir de entonces todo se encaminará a reforzar su poderío militar y Esparta se convertirá en la ciudad hoplita por excelencia.

Esparta sometió a la totalidad de Laconia: comenzó por conquistar toda la vega del Eurotas para, a continuación, rechazar a los de Argos y asegurarse toda la región. La segunda etapa consistió en la anexión de Mesenia. En ese momento, Esparta era ya la ciudad más poderosa del área, con la Arcadia y Argos como únicos rivales. A mediados del siglo VI adC Esparta sometió también las ciudades de Arcadia y posteriormente Argos. Todas ellas se vieron forzadas a firmar pactos leoninos.

En el año 506 adC Cleómenes I utilizó sus alianzas para organizar una expedición que reunió, según Heródoto (V, 74), a "todo el Peloponeso". En esta ocasión tuvo lugar la primera crisis: Cleómenes alistó el ejército sin explicar sus objetivos, ni geográficos ni políticos. Esto nada tenía de excepcional, pero cuando en Eleusis los corintios cayeron en la cuenta de que se trataba de marchar contra Atenas y derrocar a los pisistrátidas (descendientes del tirano Pisístrato), dieron media vuelta, seguidos por el otro rey espartano, Demarato. Es lo que se conoce como "divorcio de Eleusis". A fin de no reincidir en el mismo fracaso, Esparta convocó entonces una cumbre con sus aliados, probablemente en el 505 adC, para discutir una nueva intervención en Atenas, esta vez con el propósito de reponer a Hipias. Sin embargo, tuvo que renunciar ante la firme oposición aliada. Podemos situar en este encuentro el nacimiento formal de la Liga del Peloponeso.

Fortalecida con dicha Liga y apoyada en su poderoso ejército, a comienzos del siglo V adC, Esparta no tenía rival en todo el Peloponeso.

Guerras médicas

En el siglo VI adC, Esparta se había interesado por el Asia Menor, entre otras cosas suscribiendo una alianza con Creso, rey de Lidia. Al comienzo del reinado de Cleómenes I, sin embargo, se mostrará más aislacionista, rechazando apoyar, en el 499 adC, la revuelta de las ciudades de Jonia contra los medos (persas), para centrarse en consolidar su propio imperio del Peloponeso. En 491 adC, cuando Cleómenes logra desembarazarse de Demarato, las cosas cambiarán. Los espartanos arrojaron a un pozo a los emisarios de Darío I, llegados para reclamar la tierra y el agua, acto simbólico de aceptación de la hegemonía universal de los aqueménidas, y despacharon refuerzos a los atenienses (refuerzos que llegaron a Maratón demasiado tarde para participar en la gran victoria griega).

En el año 481 adC, cuando Jerjes I reclama de nuevo la tierra y el agua a todas las ciudades griegas, exceptuando a Atenas y Esparta, es naturalmente a ésta última a la que se le confía encabezar la liga panhelénica, incluyendo la flota pese a la hegemonía marítima de Atenas. Tras haber renunciado a defender Tesalia, los espartanos, mandados por su rey Leónidas, defendieron valerosamente el desfiladero de las Termópilas, retrasando notablemente el avance de los persas y permitiendo a la flota replegarse hacia Salamina. En contrapartida, la total victoria de Salamina fue obra de los atenienses, quienes casi hubieron de recurrir al chantaje para forzar la batalla en el estrecho, siendo así que el navarca –almirante– espartano de la flota, Euribíades, deseaba replegarse al istmo de Corinto.

En el 479 adC, las victorias de Platea y Micala se lograron bajo el mando espartano. El rey Leotíquidas II recibió la misión de destruir el puente de barcas construido por los persas sobre el Bósforo, con el fin de dificultar su retirada, pero una tempestad se encargó por él del trabajo. Con el restablecimiento de la paz, Esparta propone abandonar a su suerte las ciudades jonias, demasiado lejanas, pero tropieza con la oposición de Atenas, lo mismo que en su sugerencia de expulsar de la anfictionía de Delfos a las ciudades culpables de "medismo" o alianza con los persas: es decir, las de Tesalia.

Guerra del Peloponeso

Apenas terminadas las guerras médicas, Esparta se inquietó por el creciente poderío de Atenas, enardecida ésta por sus victorias contra los persas. Presionada por Egina y Corinto, Esparta prohibió a Atenas reconstruir sus murallas, destruidas por los persas. Esto no impidió a Atenas abandonar la Liga Panhelénica para fundar la Liga de Delos. Esparta no llegó a desencadenar una guerra y las relaciones se mantuvieron estables hasta el 462 adC, año en el que desdeñó y envió de vuelta un contingente ateniense dirigido por Cimón, que había acudido a socorrerla en plena revuelta de los ilotas. Esto supuso la ruptura, sellada con la condena al ostracismo del espartófilo Cimón por sus compatriotas de Atenas.

Las hostilidades propiamente dichas comenzaron en el 457 adC, a requerimientos de Corinto. Tras una serie de victorias y derrotas para ambos bandos, se alcanza una paz inestable que durará cinco años. En el 446 adC la revuelta de Megara y Eubea reaviva el conflicto. Esparta, a la cabeza de las ciudades coaligadas, arrasa el Ática. El propio rey espartano Pleistoanax fue acusado de corrupción por no haber proseguido la ofensiva y condenado al exilio. En el 433 adC, por último, el asunto de Corcira (la actual isla de Corfú) da lugar al inicio de la Guerra del Peloponeso.

La guerra se prolonga demasiado. Pericles decide abandonar el Ática al pillaje sistemático de los espartanos, acogiendo a la población dentro de los Largos Muros, que unen Atenas con su puerto, El Pireo. En el 425 adC se produce la humillante derrota de Esfacteria, donde 120 Iguales (ver más abajo), pertenecientes en su mayor parte a las grandes familias de Esparta, son capturados en un islote. La ciudad tendrá que rendir la flota para recuperar a sus hoplitas. El golpe es traumático: es la primera vez que se ve a los Iguales rendirse en vez de combatir hasta la muerte. En el 421 se firma en Nicias una paz largo tiempo anhelada.

Pese a todo, las tensiones permanecen. Esparta y Atenas chocan nuevamente en el 418 adC por una disputa territorial en Mantinea. Atenas decide que Esparta ha roto los tratados y la guerra recomienza en el 415 adC. Los atenienses organizan una expedición contra Sicilia que termina en desastre. La revuelta de las ciudades jonias de la Liga de Delos permite a Esparta imponerse en el campo de batalla. En el 404 adC una Atenas sitiada termina por capitular.

Esparta obliga a Atenas a acortar los Largos Muros en diez estadios (algo menos de dos kilómetros) por cada extremo, y a unirse a la Liga del Peloponeso. Los espartanos, sin embargo, titubean respecto al sistema de gobierno que impondrán a la ciudad. Todo el mundo está de acuerdo en la necesidad de poner fin a la democracia, pero se duda entre una oligarquía radical bajo tutela espartana y otra más moderada, sin guarnición espartana para sostenerla. El rey Lisandro, gran artífice de la victoria sobre Atenas, impone el gobierno de los Treinta Tiranos, pero el otro rey, Pausanias, permite enseguida el derrocamiento y huida de los Treinta y de sus partidarios, y apoya en cambio a los oligarcas moderados que se han quedado en Atenas. Con todo, a su regreso a Esparta Pausanias será juzgado, y ocho años después de su absolución, se verá condenado cuando Atenas vuelva a tomar las armas contra Esparta.

El imperialismo espartano del siglo IV adC

Esparta se había lanzado a la Guerra del Peloponeso bajo la bandera de la libertad y de la autonomía de las ciudades, amenazadas por el imperialismo ateniense. Pero, tras haber vencido, hará ella otro tanto: impone tributos, gobernantes títeres e incluso guarniciones. A partir del 413 adC, Tucídides la describe como la potencia que “ejerce sola desde ahora la hegemonía sobre toda Grecia” (VIII, 2, 4).

Esparta cambia en consecuencia de política ante Persia, haciéndose la portavoz del panhelenismo. En primer lugar, se produce la expedición de los Diez Mil narrada por Jenofonte en la Anábasis, derrotada en el 401 adC. En el 396 adC, el rey Agesilao II es enviado a derrocar a Tisafernes, sátrapa de Caria, y proteger a las ciudades griegas. Los sueños imperiales de Agesilao terminan rápidamente, porque se le convoca de vuelta a causa de los acontecimientos en Grecia: Atenas, Tebas, Argos y otras ciudades se han rebelado contra Esparta. Es el inicio de la Guerra de Corinto. La coalición es derrotada en Coronea y Nemea (394 adC), pero Esparta pierde su presente hegemonía marítima. Entre tanto, los persas se lanzan a una contraofensiva y Atenas reconstruye sus Largos Muros. Bajo la amenaza, Esparta termina por firmar la paz de Antalcidas, tanto con los griegos como con los persas (386 adC).

Esta paz, protegida por el Gran Rey persa, permite en realidad a Esparta continuar su política imperialista con la excusa de proteger la autonomía de las ciudades más pequeñas. Esparta obliga a Argos a conceder a Corinto su independencia, e incluso a Olinto a respetar la autonomía de sus ciudades de la Calcídica.

En el 378 adC, sin embargo, el conflicto vuelve a aparecer tras una razia espartana contra El Pireo. Concluye con la paz entre Atenas y Esparta (371 adC), preocupadas ambas por los avances de Tebas. Esparta lanza de inmediato un ataque contra la ciudad beocia que termina en el desastre de Leuctra. El general tebano Epaminondas destroza el ejército espartano comandado por Cleombroto y organiza una poderosa ofensiva contra Esparta. Ésta se verá obligada a reclutar a numerosos ilotas a fin de proteger la ciudad. Es el final de la hegemonía espartana.

Declive del poder espartano

La hegemonía espartana fue clara entre el 403adC y el 371 adC. Tras la batalla de Leuctra no solamente perdió Esparta dicha hegemonía, sino también la mayor parte de Mesenia y la Liga del Peloponeso, que quedó disuelta. La irrupción de Macedonia en la arena política griega tampoco mejorará las cosas. En el 330 adC el rey Agis III ataca a Antípater, lugarteniente de Alejandro Magno, a la cabeza de una coalición peloponesa, pero es vencido y muerto en la batalla de Megalópolis. Durante la Guerra Lamiana (a la muerte de Alejandro, en el 323 adC), Esparta se halla demasiado débil para participar.

La debilidad de Esparta permitirá medrar a la Liga Aquea, mientras que las revoluciones de Agis IV y Cleómenes III minan las instituciones de la ciudad. Éste último se enfrenta con algún éxito a los aqueos, pero la intervención macedonia de Antígono III supondrá la terrible derrota de Selasia, que conduce a la toma de Esparta. En el 207 adC llega al trono Nabis, que poco después se convertirá en tirano de Esparta y reiniciará la guerra contra los aqueos. En el 205 adC Esparta se alía con Roma, modificando de raíz el equilibrio de fuerzas en la región. Los aqueos se apresuran a firmar también tratados con Roma, enemistada por entonces con Macedonia. En el 197 adC Roma, en alianza con las demás ciudades griegas, se vuelve contra Esparta, que se ve obligada a firmar la paz en el 195 adC. Pierde con ello una parte importante de su territorio, el derecho a reclutar periecos, su puerto (en Giteo) y casi toda su flota.

En el 192 adC la Liga Aquea obliga a Esparta a ingresar en sus filas. Los espartanos se ven forzados a derruir sus muros (los primeros de su historia, que Nabis había mandado edificar), libertar a los ilotas, abolir la “agogé” o educación específicamente espartana, etc. Se crea una situación de gran inestabilidad social que no se calmará hasta el 180 adC, cuando quedan sin efecto las prohibiciones y regresan los exiliados.

Las tensiones con la Liga Aquea, sin embargo, no han terminado. En el 148 adC los aqueos atacan y derrotan a Esparta. Roma interviene, exigiendo que Esparta y Corinto queden separadas de la Acaya. Los aqueos, furiosos, retomaron las armas, pero fueron aplastados por Roma en el 146 adC. Esparta se hallaba en teoría en el bando vencedor, pero en la práctica perdió sus ciudades periecas, que formaron por su cuenta la koinonía (alianza) de los Lacedemonios. Esparta no era ya más que una ciudad de segundo orden, autónoma pero aislada, muy lejos de su esplendor de antaño.

La dominación romana

Durante la dominación romana, ya sin ambiciones militares ni políticas, Esparta se concentró en lo que tenía de más específico: la educación espartana. Ésta se endurece, atrayendo a los “turistas”, ávidos de ritos violentos y extraños. De este modo, los combates rituales que tradicionalmente se habían disputado en el santuario de Artemisa Ortia, bajo la dominación romana pasan a convertirse en la “dimastígosis”: los niños son flagelados, en ocasiones hasta la muerte. Cicerón lo relata en las Tusculanas (II, 34): la multitud que acude al espectáculo es tan numerosa que se hace necesario construir un anfiteatro delante del templo para acogerla. Este espectáculo atraerá turistas hasta el siglo IV de nuestra era, como lo testimonia Libanio (Discursos, I, 23).

Esparta fue saqueada por los hérulos en el 267, y definitivamente arrasada por Alarico I, rey de los visigodos, en el 395. Los bizantinos edificarían luego la ciudad de Lacedemonia sobre las ruinas de la antigua Esparta.

Organización social

Población

En el siglo V adC, los espartanos propiamente dichos, los “Iguales”, representan una pequeña parte de la población global de la ciudad. En el 480 adC, el rey Demarato estima el número de hoplitas movilizables en algo menos de 8.000 (Heródoto, VII, 234). Este número caerá a lo largo del siglo V adC, principalmente a causa del terremoto del 464 adC que, según Plutarco (Cimón, 16, 4-5), destruyó el gimnasio, matando a toda la efebía de Esparta, así como a la revuelta de los ilotas, que supuso diez años de guerrilla. Así, cuando la batalla de Leuctra (371 adC), no había más que 1.200 hoplitas movilizables, de los cuales 400 murieron durante el combate.

El número de los periecos era superior al de los Iguales. Se puede estimar que había unas cien aglomeraciones de periecos, pues dice Estrabón que Esparta era conocida como “la ciudad de las cien villas”. Los ilotas (o siervos) pueden calcularse entre 150.000 y 200.000. De acuerdo con Tucídides, se trataba del grupo servil más numeroso de Grecia.

Los ciudadanos

Los únicos que poseían derechos políticos eran los espartanos propiamente dichos, llamados “astoi” o “ciudadanos” (término más aristocrático que el de “polités”, habitual en otras ciudades griegas). También se les conocía como “Homoioi” (“Pares” o “Iguales”). Al parecer, no todos los espartanos fueron “Iguales”. Existía un cierto número de ciudadanos considerados cobardes en el combate, a los que los historiadores denominan con el término latino de “tresantes” (“los temblorosos”). Según Heródoto, Jenofonte, Plutarco y Tucídides, a los “temblorosos” se les sometía a toda clase de desprecios y vejaciones: obligación de pagar el impuesto de soltería, expulsión de los equipos de pelota, de los coros, de las comidas en común, etc. Su estado de marginación era casi tan absoluto como el de los ilotas, con la excepción de que ellos sí podían acceder a los lugares públicos (siempre en los últimos puestos) y que les estaba permitido redimir su deshonra mediante actos de valor en la guerra.

Un auténtico espartano debía ser hijo de padres espartanos, haber recibido la educación espartana, hacer sus comidas junto a los demás ciudadanos en los comedores públicos y poseer una propiedad suficiente como para permitirle sufragar los gastos de su ciudadanía.

El nombre de “Homoioi” (“Iguales”) es testimonio, según Tucídides, del hecho de que en Esparta “se ha instaurado la máxima igualdad entre el estilo de vida de los acomodados y el de la masa” (I, 6, 4): todos llevan una vida en común y austera.

Los no ciudadanos: ilotas y periecos

Los ilotas son los campesinos de Esparta. Su estatus se crea con la reforma de Licurgo. No son estrictamente esclavos, sino siervos: están adscritos a la propiedad que cultivan, pueden casarse y tener hijos y se quedan con los frutos de su trabajo una vez deducida la renta que corresponde al titular de la hacienda.

De modo excepcional, los ilotas podían ser reclutados para el ejército y liberados luego. Mucho más numerosos que los ciudadanos, la reforma de Licurgo les dejó por completo al margen de la vida social. Los “Iguales”, que temían su rebelión, les declaraban solemnemente la guerra cada año, les humillaban y aterrorizaban (ver "Krypteia").

También los periecos (habitantes de la periferia), el tercer grupo social de Esparta, son mantenidos al margen del cuerpo cívico por la reforma de Licurgo, que les niega cualquier derecho político. Aunque libres, jamás participan en las decisiones. Poseen el monopolio del comercio y comparten el de la industria y la artesanía con los ilotas. Entre los periecos hay también campesinos, reducidos a cultivar los terrenos menos productivos.

La educación espartana

La educación espartana (“agogé”), sistema educativo introducido a partir de Licurgo, se caracteriza por ser obligatoria, colectiva, pública y destinada en principio a los hijos de los ciudadanos, aunque parece que en ocasiones se debió admitir a ilotas o periecos, y los hijos de un ateniense como Jenofonte se educaron en Esparta.

Esparta practicaba una rígida eugenesia. Nada más nacer, el niño espartano era examinado por una comisión de ancianos en el "Lesjé" (“Pórtico”), para determinar si era hermoso y bien formado. En caso contrario se le consideraba una boca inútil y una carga para la ciudad. En consecuencia, se le conducía al "Apótetas" (lugar de abandono), al pie del monte Taigeto, donde se le arrojaba a un barranco. De ser aprobado, le asignaban uno de los 9.000 lotes de tierra disponibles para los ciudadanos y lo confiaban a su familia para que lo criara, siempre con miras a endurecerlo y prepararlo para su futura vida de soldado.

A los siete años (o a los cinco, según Plutarco) se arrancaba a los niños de su entorno familiar y pasaban a vivir en grupo, bajo el control de un magistrado especial, en condiciones paramilitares. A partir de entonces, y hasta los veinte años, la educación se caracterizaba por su extrema dureza, encaminada a crear soldados obedientes, eficaces y apegados al bien de la ciudad, más que a su propio bienestar o a su gloria personal (ésta última, el ideal de los tiempos homéricos). Los muchachos deben ir descalzos, sólo se les proporciona una túnica al año y ningún manto y, sometidos a una subalimentación crónica, se les fuerza a buscarse su propio sustento mediante el robo. Las disciplinas académicas se centran en los ejercicios físicos y el atletismo (los espartanos sobresalieron regularmente en los Juegos Olímpicos), la música, la danza y los rudimentos de la lectura y escritura.

Por lo que a la educación de las niñas se refiere, se encaminaba a crear madres fuertes y sanas, aptas para engendrar hijos vigorosos. Por ello, insistía igualmente en la educación física, así como en la represión sistemática de los sentimientos personales en aras del bien de la ciudad.

Contra lo que pueda parecer, la dureza de la educación espartana no estuvo, en realidad, en función de las necesidades bélicas de la población. Se fue incrementando con el paso de los siglos y, como puede verse más arriba, el máximo grado de violencia e irracionalidad se alcanzó precisamente bajo la "Pax Romana", cuando Esparta no era ya sino un burgo sin importancia alguna.

Sistema Político

El sistema político espartano, así como el educativo, se atribuyen al mítico Licurgo en el siglo VII adC (aunque Plutarco lo sitúa entre el IX y el VIII adC). Era éste tío y regente del rey Leobotas de Esparta. Habiendo consultado en Delfos a la Pitia, fue llamado por ésta "dios más que hombre" y recibió un oráculo aprobatorio para la futura constitución de la ciudad, la "Gran Retra", al parecer muy inspirada en la legislación cretense. La Gran Retra fue probablemente no escrita y debió elaborarse a lo largo de las Guerras Mesenias, que hicieron entrar en crisis a la aristocracia y a la ciudad entera. A fin de garantizar su subsistencia se instituyó la “eunomía” o igualdad de todos ante la ley, con el propósito de eliminar privilegios y descontentos. Pero, a diferencia de Atenas, la eunomía espartana era sinónimo de una enorme disciplina. Todos los miembros de la ciudad hubieron de hacer sacrificios: la corona, la aristocracia y el pueblo. El sistema de Licurgo busca una simbiosis en la que coexisten los diversos sistemas políticos conocidos en el ámbito griego: la monarquía (hay dos reyes), la oligarquía (se establece una “gerusía” o consejo de ancianos), la tiranía (con el consejo de gobierno de los “éforos”) y la democracia (hay una asamblea popular).

La eunomía

Resulta evidente que la crisis del siglo VII adC no podía ser resuelta más que mediante la creación de un ejército de hoplitas que sucediera a los guerreros a caballo o en carros. Y es la aparición de la clase de ciudadanos que lo forman, a través de la absorción de la aristocracia terrateniente por la masa popular, lo que da lugar a la “eunomía” (“buena ley”). Dicha absorción se llevará hasta el extremo, a fin de crear la igualdad total. Los aristócratas renuncian totalmente a sus privilegios: en el siglo VI adC, la ciudadanía de Esparta cuenta con entre 7.000 y 8.000 Homoioi (“Iguales”). La aristocracia terrateniente renuncia a sus propiedades para ponerlas en común. Cada cual recibe un lote (“klerós”, “lote-heredad”) equivalente e inalienable: no se puede vender ni hipotecar. Su cultivo se encomienda a los siervos del Estado (los ilotas), que entregan las rentas en especie al propietario para que sostenga a su familia, pero sin que se pueda enriquecer. Los ciudadanos tienen prohibido el comercio; de este modo, todo el mundo está plenamente disponible para la guerra, única actividad verdaderamente cívica y en la que se centra el proceso educativo, igual para todos. La igualdad, por último, se extiende al ámbito político, puesto que todos participan en la asamblea.

La asamblea

Es ésta la reunión de todos los iguales, convocados en fechas fijas. Corresponde a la asamblea aprobar o no las propuestas de los éforos (aunque sin debatirlas, pues parece que ningún ciudadano toma la palabra), ya sea por aclamación o, más raramente, por desplazamiento de los votantes. También la gerusía le somete sus proyectos, aunque el voto de la asamblea no es vinculante y los ancianos pueden considerar que el pueblo se ha equivocado. Por último, correspondía a la asamblea elegir a los éforos y a los gerontes por un sistema que Aristóteles consideraba pueril: unos cuantos magistrados, desde un lugar cerrado, medían la intensidad de las aclamaciones que recibía cada candidato.

En realidad, el funcionamiento de la asamblea en Esparta nos es poco conocido: se ignora, por ejemplo, si estaba permitido que cualquier ciudadano tomara la palabra para proponer una ley o enmienda, o si en definitiva la única misión de la asamblea era elegir a éforos y gerontes. En opinión de Aristóteles, la asamblea tenía un poder tan limitado que ni siquiera la menciona como elemento democrático dentro del régimen político espartano.

Los reyes

Al menos desde la reforma de Licurgo, en el siglo VIII adC, Esparta cuenta con dos reyes, uno perteneciente a la dinastía de los Agíadas y el otro a la de los Europóntidas, enraizadas ambas –según la leyenda- en dos gemelos descendientes de Heracles. Los miembros de ambas familias no podían contraer matrimonio entre sí y sus tumbas se hallaban en lugares distintos. Ambos reyes tenían igual rango.

El poder real se transmitía al “más próximo descendiente del más próximo ostentador del poder más cercano a la realeza” (Pierre Carlier, La royauté en Grèce avant Alexandre (La realeza en Grecia antes de Alejandro), AECR, 1984), es decir, que el hijo pasa por delante del hermano, y que aun existiendo el derecho de primogenitura, el hijo nacido cuando el padre es ya rey tiene prioridad sobre aquellos nacidos antes de su advenimiento al trono. En cualquier caso, parece que los espartanos interpretaban con flexibilidad estas normas sucesorias.

Los poderes de los reyes eran esencialmente militares y religiosos. Al principio, los monarcas podían hacer la guerra al país que desearan, siendo sus decisiones colegiadas. A partir del 506 adC, fecha del famoso “divorcio de Eleusis”, los reyes harán sus campañas por separado. En el siglo V adC parece que es ya la asamblea la que vota la guerra y los éforos quienes deciden sobre la movilización. El rey, quienquiera que sea, es siempre el “hegemón” o comandante en jefe durante las campañas militares; tiene autoridad sobre los demás generales, puede acordar treguas y combate en primera línea en el ala derecha, protegido por su guardia de honor de cien hombres, los “Hippeis”.

La gerusía

La gerusía o consejo de ancianos estaba constituida por los dos reyes y por otros veintiocho hombres mayores de sesenta años, elegidos por aclamación de la asamblea tras presentar su candidatura. Elegidos por su sensatez y capacidad militar, la mayoría de los gerontes pertenecían a las grandes familias de Esparta, pese a que, en teoría, cualquier ciudadano, aun sin fortuna o rango elevado, podía presentarse al cargo.

El papel político de la gerusía era de gran importancia y no rendía cuentas a nadie. Parece que a ella le correspondía el monopolio de la propuesta y elaboración de nuevas leyes, estaba encargada de gestionar todos los asuntos de política interna y tenía competencia para juzgar a los reyes. También poseía, en la práctica, el derecho de veto sobre las decisiones de la asamblea, aunque hasta el siglo III adC no se conoce ningún caso en el que lo hiciera efectivo.

Los gerontes constituían también una especie de tribunal supremo que juzgaba los delitos y podía imponer la pena de muerte o la pérdida de los derechos cívicos.

Los éforos

Los éforos (“supervisores”), preexistentes a la reforma de Licurgo, formaban un colegio de cinco magistrados elegidos por la asamblea para un mandato anual. Su rango era similar al de los reyes, de los que constituían un auténtico contrapoder. No eran reelegibles y, al término de su mandato, debían someterse a una rendición de cuentas si así lo exigían sus sucesores. En este caso podían ser condenados incluso a la pena de muerte.

El colegio de los éforos fue lo más parecido a un poder ejecutivo moderno que llegó a conocer la antigua Grecia. Como su nombre indica, estaban encargados de supervisar a los reyes y al resto de los habitantes de la ciudad, llegando su autoridad al mismo aspecto físico de las personas. Ellos eran quienes vigilaban el respeto a las tradiciones, imponían sanciones y penas de prisión (incluso a los mismos reyes) y podían ordenar ejecuciones (a veces extrajudiciales, como las de los ilotas durante la krypteia). También se hacían cargo de los asuntos exteriores, ejecutando las decisiones de la asamblea (presidida por ellos), ordenando movilizaciones y tomando cualquier decisión urgente que fuera necesaria. Uno de los éforos era el “epónimo”, es decir, daba su nombre al año, aunque se desconoce la forma en que se le escogía. Los nombres de los otros aparecían detrás en los documentos oficiales, por orden alfabético.

El poder de los éforos fue tan amplio que Aristóteles lo equipara al de los tiranos. En realidad, su función teórica era la de representar al pueblo y, de hecho, Cicerón les compara en La República a los tribunos de la plebe. Todos los meses los reyes juraban respetar las leyes, mientras que los éforos juraban defender el poder real.

La religión en Esparta

La religión ocupa en Esparta un lugar más importante que en otros lugares de Grecia. Así lo atestigua el gran número de templos y santuarios: 43 templos de divinidades, 22 templos de héroes, no menos de quince estatuas de dioses y cuatro altares, a lo que hay que añadir numerosos monumentos funerarios urbanos.

Llama la atención la importancia que adquieren entre los espartanos las divinidades femeninas, particularmente Atenea bajo gran número de epíclesis o advocaciones. Entre los dioses masculinos es Apolo al que se le rinde un culto particular y está presente en todas las grandes fiestas de la ciudad. Es notable también el culto tributado a los héroes de la Guerra de Troya: Aquiles, por encima de todos, pero también Agamenón, Casandra (bajo el nombre de Alejandra), Clitemnestra, Menelao e incluso Helena. Los Dioscuros Cástor y Pólux, gemelos de Zeus, de los que la tradición afirma que nacieron en Esparta, tienen también un vínculo particular con los reyes. Heracles, por su parte, es una especie de héroe nacional espartano, venerado de modo especial por los jóvenes.

Referencias:

Fuentes textuales

Referencias

Fuentes empleadas y notas

Bibliografía

  • El contenido de este artículo incorpora material de una entrada de la Wikipedia, publicada con licencia CC-BY-SA 3.0.
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Otras fuentes de información