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Documento:El Marqués de Villena, la Real Academia Española y sus diccionarios

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Discurso de Rafael Alvarado Ballester de la Real Academia Española con motivo del XXV aniversario del I.E.S. Marqués de Villena de Marcilla (Navarra) el 4 de abril de 1992.


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El Marqués de Villena, la Real Academia Española y sus diccionarios

Señoras y señores, queridos amigos, alumnado todo de este Centro:

Me complace poder cumplir el honroso encargo que me ha hecho mi director, Excmo. Sr. Don Fernando Lázaro Carreter, y poder dirigirles a ustedes la palabra en este Acto, conmemorativo del XXV Aniversario de la fundación de este Instituto, que lleva el nombre titular de don Juan Manuel Fernández Pacheco, Marqués de Villena, primer director de la Real Academia Española.

Creo que será de interés para todos los oyentes que mi exposición verse, pues, sobre la figura del Marqués de Villena y algunos de sus sucesores, sobre lo que es y representa nuestra Institución y sobre sus principales trabajos, esto es, los Diccionarios que publica. Por ello he dividido mi exposición en tres puntos: la figura del marqués de Villena, la creación de la Academia, con una breve sinopsis histórica de sus casi tres siglos de existencia, y los diccionarios académicos. Los datos precisos de todo ello los recoge la Academia en sus Anuarios, que se remiten a todos los Académicos, así numerarios como correspondientes españoles y extranjeros, amén de a las distintas Academias Hispanoamericanas de la Lengua y también, en lo posible, a todos los medios de comunicación.

Pero además del Anuario, son útiles fuentes de información, una breve historia de la academia, redactada por el que hasta hace poco ha sido su Secretario Perpetuo, D. Alonso Zamora Vicente, y que está publicada como introducción a la Tercera Edición del Diccionario Manual, editado por Espasa Calpe en colección de seis volúmenes (Madrid, 1983), una reseña histórica de la Academia, que publicó hace tiempo el señor Cotarelo (E. Cotarelo: La fundación de la Real Academia Española, y su primer director: don Juan Manuel Fernández Pacheco, marqués de Villena Boletín de la Real Academia española, I, 1914), el de su homónimo, Armando Cotarelo Bosquejo histórico de la Real Academia Española , ed. Magisterio Español, Madrid, 1946, y el discurso de ingreso en la Academia (leido el 11 de junio de 1972), titulado Crónica del Diccionario de Autoridades , en donde minuciosamente el actual Director, D. Fernando Lázaro ha recogido esa historia primigenia, para lo cual estudió las Actas de las sesiones académicas, desde la fecha de la fundación (1713) hasta 1740.

Algunas otras referencias bibliográficas serán citadas en su momento. Recientemente en la Revista Cuenta y Razón (febrero, 1992) se han publicado diversos artículos sobre las Academias. Entre los trabajos del citado número están el de José María Toquero, Impulso y cuidado del español y su genio (loc. Cit., págs. 13-17). Por último, el Instituto de España, en donde se integran todas las Reales Academias, da cuenta de los trabajos respectivos de las mismas en su Anuario y otras publicaciones patrocinadas por él.

La figura política y literaria de D. Juan Manuel Fernández Pacheco, Marqués de Villena

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Portada de la revista editada con motivo del XXV aniversario del I.E.S. Marqués de Villena de Marcilla (Navarra)

Fue don Juan Manuel Fernández Pacheco figura relevante en su época. Navarro de nacimiento (1650), pues este ocurrió cuando iban sus padres camino de Pamplona, hacia donde se encaminaba el Marqués, su padre, para tomar posesión del cargo de Virrey de Navarra. La familia pronto se vio deshecha y él quedó al cuidado de un tío suyo, Juan Francisco Pacheco, obispo de Cuenca. Despertó el tutor en el pupilo la afición a los libros y a las tareas literarias, y así en plena juventud tuvo fama de sabio ya que conocía lenguas clásicas, como el latín y el griego, y aprendió las modernas más en boga entonces, como el italiano y el francés. También se interesó por las ciencias de su época.

Como dice Alonso Zamora (Diccionario Manual, 3ª ed. Madrid, 1983, Introducción) La biografía del que había de ser primer director de la Real Academia Española fue movida y representativa. Intervino en expediciones militares de diverso signo (Hungría, Italia). Fue designado virrey de Navarra, de Aragón y de Cataluña. Con la venida de Felipe V, se declaró decidido partidario de la nueva dinastía. Esta adhesión le valió el nombramiento de virrey de Nápoles, donde, por un azar mitad guerrero mitad político, fue hecho prisionero por las tropas imperiales y sufrió encarcelamiento en Gaeta. Fue restituido a España tras la victoria de Brihuega, en 1711. El rey le nombró mayordomo mayor, eximiéndole a la vez de la continuada asistencia a su cargo, a fin de que pudiera entregarse a sus estudios con toda intensidad

Don Juan Manuel Fernández Pacheco representa plenamente la situación social del intelectual de su tiempo. Eso se refleja en lo que será la Academia con el paso de sus sucesivas transformaciones históricas. En efecto, su fundador es el marqués de Villena, duque de Escalona, marqués de Moya, y numerosos títulos nobiliarios más. Corresponde pues el personaje a una sociedad en donde las clases directivas son precisamente las de la nobleza de sangre. Esas pocas personas marcan las capas cultas de la época y son directoras de la cultura, de la Iglesia, del Ejército . De ello es reflejo la familia Villena, a la que pertenecerán, como veremos, los cuatro primeros directores de la Academia.

También pertenecerán a la nobleza ancestral otros más, hasta el duodécimo, don Francisco Martínez de la Rosa, que marca la entrada en la corporación de nuevos estamentos sociales. Aunque encontremos títulos de nobleza entre otros varios directores (el duque de Rivas, el marqués de Molíns, el Conde de Cheste) es evidente que están en la Academia más por sus dotes literarias e intelectuales que por su renombre social. Al llegar el siglo XX encontramos como directores a personalidades (Maura, Menéndez Pidal, Miguel Asín, Rodríguez Marín, Dámaso Alonso) que representan ante todo al investigador, al profesor, que con su trabajo personal y renombre, dentro y fuera de nuestras fronteras, ponen su marchamo al papel de la Academia que, como dice Laín Entralgo es lugar de tertulia discreta, grata convivencia y taller de trabajo.

La fundación de la Real Academia Española. Estatutos y primeros avatares. Sinopsis de su historia hasta la actualidad

La fundación de la Real Academia Española fue iniciativa del Excmo. Sr. Don Juan Manuel Fernández Pacheco, Marqués de Villena y duque de Escalona, director electo a partir de 6 de julio de 1713, y que fue promovido a director en propiedad (y además perpetuo) por Real Cédula de 3 de octubre de 1714. Falleció el Marqués el 29 de junio de 1723. Le sucedieron otros tres directores de su misma casa, es decir, también con el marquesado de Villena y el ducado de Escalona D. Mercurio Antonio López Pacheco (desde 10 de junio de 1738 hasta 27 de junio de 1746) y D. Juan López Pacheco (desde 19 de julio de 1746 hasta 27 de abril de 1751). Todos ellos fueron directores perpetuos, de acuerdo con los estatutos académicos de la época.

También fueron directores perpetuos los sucesivos directores, hasta el duodécimo, D. Francisco Martínez de la Rosa ( desde 21 de noviembre de 1839 hasta 7 de febrero de 1862). Luego, a raíz de la reforma de los Estatutos, los sucesivos cargos académicos lo son por elección, que hay que renovar periódicamente. Sólo el cargo de Secretario (y hoy día también el Bibliotecario) reciben la denominación de perpetuos, lo cual justificaron ya los primitivos estatutos, para darle continuidad a la marcha de la Academia y mantener la mayor uniformidad posible en la redacción de las Actas y documentos a académicos en general.

Prudentemente los reglamentos actuales establecen un límete de edad para la reelección de los cargos, que no pueden recaer en los numerarios que haya cumplido los ochenta años. Asímismo deben cesar, al cumplir esa edad, el Secretario y el Bibliotecario. Vemos, pues, que la Academia, de modo muy previsor, no cree en la perpetuidad de sus miembros directivos y éstos y los otros académicos, en su íntimo sentir, sin duda tampoco creen en la inmortalidad, que la fama nos atribuye

El Rey Felipe V expidió la Real Cédula de Fundación el 3 de octubre de 1714. En ella se autorizaba a la Academia para formar sus Estatutos y se concedían a la corporación y a sus miembros de número varios privilegios. El 29 de diciembre de 1723 se dio lectura a un decreto de Felipe V, por el cual se concedían a la Academia sesenta mil reales de vellón, para dar principio a la impresión del Diccionario ; gracias a ello los académicos dejaron los que llamaban asuntos (lecturas literarias y otras cuestiones de escaso mérito) y se aplicaron a lo que debía ser su tarea principal. Se ordena, además, que los referidos sesenta mil reales de vellón subsistan y queden por renta anual para dotación de la Academia. Como dice Lázaro (loc. Cit.,p. 68) los libramientos, con muy pocas dilaciones, fueron satisfaciéndose a la Academia con puntualidad, y le permitieron un absoluto desahogo económico.

Ciertamente aquellos primeros académicos, veinticuatro en total, pese a diversas dificultades y a algunas peleas entre ellos, cumplieron su tarea de recopilar los materiales y publicar los seis volúmenes del Diccionario de Autoridades, con ejemplar diligencia. El marqués de Villena, hombre dotado de una gran curiosidad por la lengua usual y la literaria, debió notar un gran cambio en los usos españoles a su regreso a España en 1711. De ese primer Diccionario se han hecho ediciones facsimilares, muy apreciadas, por Editorial Gredos.

Son anteriores a nuestra Academia, que siguió lo trazado por sus antecesoras, la italiana della Crusca (Florencia, 1582) y la francesa, que fundara el Cardenal Richelieu en París en 1635. También hubo en España Academias, que eran reuniones de tipo privado, a modo de tertulias, que se reunían en torno a un aristocrático o un escritor de fama e intercambiaban pareceres u opiniones diversas. Fuera de Madrid tuvo gran fama la Academia de los nocturnos, valenciana, de la cual se conocen las actas, los nombres de sus componentes y otros detalles publicados en un volumen, que recoge también los textos poéticos que en ella se leyeron.

Hubo otras en diversas ciudades. Fue particularmente importante la de Sevilla dirigida por el Duque de Tarifa, que se reunía en la Casa de Pilatos de la Capital andaluza. En Madrid dejaron huella varias, v. Gr. La llamada Selvaje, nacida en 1612 y la Academia Mantuana, ante la que Lope de Vega leyó su Arte nuevo de hacer comedias. Pero es evidente que de este tipo de Academias, imitadas de las italianas, que seguían los postulados literarios renacentistas, no hubiera podido derivar una Institución como la Real Academia Española.

La nuestra, muy al contrario que la francesa, en la que se había inspirado, fue propugnada por el marqués de Villena para salvaguardar la lengua literaria pero también la usual. De ahí la adopción de la conocida divisa, que figura en el reverso de las medallas de sus miembros, y que consiste en un crisol puesto al fuego, con el lema limpia, fija y da esplendor, cuya adopción no fue cosa sencilla. Fue propuesto a la academia por el académico don José de Solís y Gante, marqués de Castelnovo y duque de Montellano. El emblema inmediatamente empezó a ser usado en las comunicaciones y documentos y todavía hoy se sellan con él, en seco, a mano diversas publicaciones y los diplomas de los académicos numerarios.

No dejó de tener, sin embargo, la Academia dificultades de diversa índole, hasta conseguir ver reafirmado el prestigio de que goza en la actualidad. Una de ellas, con claros visos de turbia maniobra política, y que por lo poco conocida cuento aquí como novedosa y eso de novedoso, que es un americanismo que me parece expresivo y útil, lo empleo aquí en su primer sentido de lo que constituye novedad fue el informe elevado al Rey Fernando VI, que era bastante irresoluto y débil según se cuenta, por el ministro de Don José de Carvajal y Lancáster y que redactó don Ignacio de Luzán, según cuenta en su obra Palabras e Ideas: El léxico de la ilustración temprana en España (1680-1760) Pedro Alvarez de Miranda (Anejos del Boletín RAE, nº LI, Madrid, 1992,XVI+743 páginas).

En dicho informe se propugnaba la creación de una Academia Real de Ciencias, Bellas Letras y Artes, que hubiera absorbido a las dos fundadas por Felipe V, la Española y la de la Historia. Fallecían en abril de 1751 don Blas Antonio Nasarre (el día 13) y don Juan López Pacheco, cuarto Director (el día 27), a quienes se proponía como miembros de la nueva Academia. La Real Academia de San Fernando de Bellas Artes fue fundada en 1752. Pasó el peligro y la Real Academia Española siguió su marcha ascendente. Carvajal sería el V Director, con dispensa del Estatuto, pues no era académico (cf. Alvarez de Miranda, loc. Cit., págs. 117,131,y 204 y Anuario, 1991, pág 176) y había sido nombrado sin limitación de tiempo.

Consiguió la Academia casa propia en 1754, una habitación en la Real Casa del Tesoro, cedida por el Rey Fernando VI, pues hasta entonces la corporación había celebrado sus juntas en la casa de sus directores. Su Majestad el Rey Don Carlos IV, en 20 de agosto de 1793, concedió a la Academia una casa en la calle de Valverde en Madrid, la hoy señalada con el número 22, que es ahora sede de la Real Academia de Ciencias. Allí permaneció la corporación hasta que consiguió un edificio de nueva planta, construido sobre terrenos del antiguo Sitio Real, donados por la Corona y costeado a medias entre el Estado y la Corporación. Es el de la calle de Felipe IV, que ocupa desde 1894, lo inauguró la reina regente María Cristina de Habsburgo, en compañía del Rey Alfonso XIII niño, y pronto cumplirá el siglo de existencia.

La Real Academia Española se rige por unos Estatutos y Reglamento, que, de acuerdo con el mandato de la Corona, se otorgó a sí misma desde el primer momento, pero que luego fueron aprobados de modo formal en 1775. En ellos se fijaba en 24 el número de académicos. Sendos Reales Decretos modificaron los primeros Estatutos en 1848 y en 1859. A partir de esta última fecha se reglamentaron el ceremonial y las condiciones para la elección de miembros de número, se dictaron las normas para los discursos de recepción y se fijó el número de académicos en 36. Estos Estatutos han estado vigentes hasta 1978, en que se aumentó en diez plazas más el número de académicos y se ordenaron normas nuevas para el gobierno interior de la Corporación.

Ha atravesado la Academia a lo largo de su historia dos grandes crisis. Una la provocada por la invasión napoleónica y sus trágicas consecuencias. Durante más de dos años sus miembros anduvieron dispersos y sin reunirse. Unos académicos reconocen al rey francés, otros no. Las persecuciones abundan y algunos no volvieron. Al regreso de Fernando VII, la represión hace que la vida de la Academia languidezca y varios académicos mueren en el destierro, como es el caso de Juan Menéndez Valdés. Algo parecido pudo pasar cuando la guerra civil de 1936-39. Pero es muy importante señalar la actitud que la Real Academia Española adoptó frente a medidas represivas. Ni una sola de las plazas de académicos exiliados fue cubierta, ni ninguno de sus miembros eliminado de las listas de académicos del Anuario. El talante de la corporación fue ejemplar al respecto, y académicos como Blas Cabrera, Ignacio Bolívar, Alcalá Zamora y Tomás Navarro, entre otros, siguieron siendo considerados como tales por sus colegas.

Por otra parte hay que decir que hoy día la Real Academia Española, de un lado está integrada en el llamado Instituto de España, que agrupa varias Reales Academias. Hay también Academias regionales diversas. Pero además la Española es una más en la Asociación Internacional de Academias de la Lengua Española, cuya comisión Permanente reside en la Academia madrileña. Dicha Asociación celebra periódicamente Congresos, con sede que turna entre las ciudades capitales del mundo hispánico. El primero se celebró en México, el segundo en Madrid, en Bogotá el tercero. El último lo ha sido en Costa Rica.

Entre esas Academias Hispanoamericanas las hay con categoría de correspondientes de la Española y sus miembros, una vez que han tomado posesión de su plaza de número pasan a ser, automáticamente, Académicos Correspondientes de ella. La más antigua de esas correspondientes es la Colombiana, establecida en Bogotá el 10 de mayo de 1871, la más reciente es la Academia Norteamericana, establecida en Nueva York el 5 de noviembre de 1973. Hay además academias asociadas como la Academia Argentina de Letras (establecida en Buenos Aires el 13 de agosto de 1931) y la Academia Nacional de Letras de Uruguay (establecida en Montevideo el 10 de febrero de 1943).

Los diccionarios de la Academia Diccionario de autoridades. Diccionario usual (DRAE). Diccionario manual (DM). Una magna empresa: El diccionario histórico

Como hemos visto, los veinticuatro primeros académicos, con el Marqués de Villena al frente, se dedicaron con ahínco a lo que hoy llamaríamos normalizar la lengua española o castellana. Su primera tarea fue una compilación de las palabras usadas en ella, de acuerdo con el significado que los escritores le habían dado, a lo largo de siglos. Cada palabra llevaba , pues, una cita del autor autores que la habían empleado y de la obra u obras en donde aparecía. De ahí el título de este primer diccionario, llamado de autoridades.

De ese Diccionario derivó a través de los años, el Diccionario usual (abreviadamente DRAE), cuya primera edición, en un solo volumen es de 1780. De esa edición se ha publicado recientemente una edición facsimilar, con un prólogo importante del académico don Manuel Seco. Tuvo también gran importancia la edición de 1803 en la que aparecen por primera vez las letras ch y ll, con orden alfabético propio. Poco imaginaban entonces los académicos que esos nos causaría hoy problemas, ya que por una parte hay que acomodarse a ese orden que propugnan unas pocas academias de Hispanoamérica ( y la Española no está en libertad de cambiar) y, por otra, la Academia debería cumplir lo ordenado por organismos internacionales como las agencias de la UNESCO, que deben acomodarse a exigencias modernas como las de la ordenación alfabética de las computadoras.

Además del DRAE la Academia ha editado a partir de 1741 normas ortográficas oficiales y una Gramática (Madrid, 1771) reeditada copiosamente (hasta 35 ediciones, entre ediciones reformadas y reimpresiones, en 1936). En 1973 la Real Academia española publicó un Esbozo de una Nueva Gramática de la Lengua Española, que también ha sido reimpresa en varias ocasiones. En este volumen se rehace toda la teoría gramatical tradicional, dados los cambios y transformaciones de la teoría lingüística en los últimos años.

Pero no todo el caudal léxico de la lengua puede entrar en un diccionario que, como el académico, está hecho con criterios normativos, y por ello nuestra Institución decidió la publicación de un Diccionario Manual e Ilustrado de la Lengua Española, cuya primera edición (con numerosas reimpresiones posteriores) vio la luz en 1927. De él han salido hasta cuatro ediciones. La última en un grueso volumen publicado en 1989.

El manual pretende acercarse a un público más amplio, suprime gran parte de las voces anticuadas o existentes ya solamente en textos poco usuales del pasado, abrevia muchas definiciones o acepciones, pero en cambio incluye numerosos tecnicismos o voces nuevas, a veces de uso restringido, que van marcadas mediante corchetes.

Por último, entre otras muchas empresas editoriales que ha emprendido y lleva a cabo la Real Academia Española merece un lugar muy destacado el Diccionario Histórico de la Lengua Española, monumental trabajo de equipo de elaboración necesariamente lentísima. Comenzó a editarse en 1941 y se ha completado recientemente el segundo volumen, pero éste no abarca aún ni siquiera la totalidad en la letra a. Su primer director fue don Rafael Lapesa. Actualmente lo es don Manuel Seco.

En este diccionario se recoge la historia de las palabras castellanas (y otras no castellanas, pero incorporadas desde muy temprano al acervo común de la lengua), desde que aparecen escritas por primera vez hasta hoy. Jamás ha habido en parte alguna un intento lexicográfico de semejante empeño y dimensiones. Cada artículo de ese diccionario es una auténtica monografía. Son intentos parejos, pero que no alcanzan la precisión y profundidad del diccionario español, los históricos de la lengua alemana, de la lengua inglesa y el tesoro de la lengua francesa. Ahora bien, al ritmo actual, si no se obtienen los medios que hoy permiten por ejemplo las técnicas informáticas, ese diccionario tardaría en acabarse más de trescientos años.


Crédito: Rafael Alvarado Ballester de la Real Academia Española