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Cuarenta mártires de Sebaste

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Icono de los cuarenta mártires.

Los Santos Cuarenta Soldados de Capadocia, también conocidos como los 40 Mártires de Sebaste, son un conjunto de cuarenta soldados legionarios romanos que defensores de la fe cristiana sufrieron el martirio en el día 9 de marzo del año 320.

Índice

[escribe] Persecución de los cristianos

Mientras Constantino hacía triunfar el cristianismo en el Imperio Romano de Occidente, su cuñado Licinio lo persiguió con crueldad en el de Oriente. Tras derrotarle Constantino en el 314, perdiendo Iliria y Grecia, Licinio dirigió su venganza contra los cristianos que en Occidente eran protegidos por su adversario.

En un principio maquillado so pretexto político o de razón de Estado, pero luego de forma abierta, los perseguiría, y como manera de ofensa a Constantino, decidió exterminarlos en su imperio; para ello recurriría a una sañuda persecución, inventando incluso nuevos tormentos, encarcelándolos, desterrándolos, o martirizándolos, que supuso un baño de sangre en todo el imperio oriental.

Los mártires más relevantes de dicha época son los cuarenta soldados de la Legión XII Fulminata (ésta y la Legión XV Apollinaris protegían Asia Menor) martirizados en Sebaste (actualmente la ciudad de Savis en Turquía), en la región histórica de Capadocia (Anatolia), a quienes san Gregorio Niseno los denominará «defensores de la fe» y «torreones de la ciudad de Dios».

En el 319 Licinio decretó que los gobernadores obligaran a todos sus vasallos a realizar sacrificios a los ídolos; Agrícola, gobernador de Capadocia y Armenia, que tenía su sede en Sebaste, queriendo ganarse el favor del emperador mostraría gran celo en el cumplimiento del mismo.

[escribe] Soldados cristianos

Tras la publicación del decreto, cuarenta miembros de la guarnición, jóvenes de valor contrastado y distinguidos entre la tropa por los servicios prestados, se presentaron ante el gobernador y se declararon cristianos, negándose a renunciar a su religión bajo la amenaza de ningún suplicio.

Lysias, general de la frontera, que había llegado a la ciudad intentó que por su autoridad entraran en razón, argumentándoles que igual que habían merecido sus acciones los elogios y el favor del soberano, si persistían en su desobediencia no sólo perderían sus fortunas, además les acarrearía desdichas y su final sería una muerte ignominiosa.

La respuesta unísona de la soldadesca fue inequívoca, no dejando duda ni al general ni al gobernador de su determinación, al contestarle que primero perderían la vida que la fe, ninguna promesa de gloria ni ninguna amenaza intimidatoria les haría abjurar del único y verdadero Dios para abrazar la idolatría y adorar unos pedazos de metal o piedra.

El gobernador, encolerizado, ordenó que se les desarmase y encadenara, y que tras ser azotados fuesen sometidos a tortura. Siendo asombro de todos los paganos el gozo con el que sufrieron el castigo; permanecieron siete días en los calabozos, en los que aumentaba su fervor, y desesperados de poder reducirlos fueron condenados finalmente por Agrícola a muerte.

[escribe] Martirio

Siendo el final del invierno, muy riguroso en esta región, y dándose además un frío viento del norte, la sentencia imponía su ejecución mediante el frío, exponiéndoles desnudos a la acción del hielo hasta la congelación. Al conocer la noticia se dice que de rodillas oraron la siguiente plegaria:

¡Cuántas veces hemos despreciado la muerte en medio de los combates! ¡En cuántos casos hemos expuesto atolondradamente nuestra vida en servicio del Emperador! ¡Qué gloria, qué dicha, amados compañeros, padecer ahora en defensa de la justicia y de la verdad, y poder morir por aquel Señor que, por redimirnos á nosotros, ofreció su vida y derramó su sangre hasta la última gota!

Cuarenta entramos en el combate: número misterioso; haced, Señor, que todos cuarenta seamos coronados.

Cuando hubieron terminado su oración, cargados de cadenas fueron conducidos al lugar del martirio; el sitio era una laguna extramuros de la ciudad, la cual se encontraba tan helada que caballos y carros la cruzaban con total seguridad, allí deberían pasar la noche a la intemperie.

Dictó el gobernador que frente a la laguna se dispusiese una hoguera y que estuviese preparado un baño de agua caliente en el que introducir de inmediato a los que, no soportando el frío, accediesen a renunciar a su fe y salvar la vida.

Al llegar a la orilla, los propios condenados se desvistieron y corrieron con alborozo a la laguna ante la sorpresa de los presentes. A la media noche los reos se encontraban con dolorosas grietas producidas por el intenso frío, que causaban horror su mirada; para entonces los guardias que los vigilaban se habían dormido al calor del fuego, quedando solamente despierto el carcelero, Eutiques, que velaba la hoguera y el agua, el cual en ese momento pudo ver con espanto iluminada toda la laguna como si fuese de día, al levantar la mirada descubrió que el resplandor procedía de un coro celestial de ángeles, eran treinta y nueve y portaba cada uno una corona.

El carcelero entonces advirtió que uno de los condenados, Melicio, se arrastraba hacia la orilla y hacía señas con la mano, vencido por el frío sucumbió a la tentación, había renegado y pedía su auxilio, ayudando al apóstata lo introdujo en el baño de agua, pero el infeliz expiró. Tras admirar las maravillas que había presenciado el carcelero, éste no tuvo dudas sobre que el Dios de aquellos hombres era el verdadero Dios y se convirtió; despertó a los guardias y les declaró su conversión al cristianismo, renunciando a los ídolos, acto seguido se despojó de sus ropas y se dirigió a la laguna para reunirse con los demás mártires, rogándoles que le aceptasen entre ellos, los cuales se regocijaron con su incorporación mitigando esto la pena que sentían por la pérdida de su otro compañero.

Al amanecer del siguiente día aún mostraban signos de vitalidad, por lo que el gobernador una vez informado de ello mandó que fuesen quemados para terminar con sus vidas, así que fueron sacados de la laguna y cargados en carros para conducirlos a la hoguera.

Apartaron al más joven de ellos, Melitón, que al ser también el más robusto había soportado mejor la violencia del frío, creyendo los guardias que separado de sus compañeros sería posible convencerle con mayor facilidad; sin embargo, su madre que siendo igualmente cristiana observaba los hechos, lo cogió entre sus brazos y le ayudó llevándole hasta los carros donde estaban los demás mártires.

Echados al fuego de una gran hoguera, consumaron el martirio con el quebrantamiento de sus piernas antes de quemarles[1]. El gobernador ordenó que sus cenizas se arrojasen al río, si bien los cristianos mediante el dinero u otros medios consiguieron recoger estas reliquias de los santos, las cuales se extendieron tanto por la cristiandad que según san Gregorio Niseno apenas hay país donde no se veneren.

[escribe] Testamento

El único documento contemporáneo que ha llegado hasta nuestros días es el testamento que los propios mártires escribieron en la cárcel antes de su ejecución, aun cuando no se duda de su veracidad, éste no aporta datos sobre los sucesos. Fue redactado por Melecio (el soldado que después flaqueara) y en el mismo se dictan sus últimas voluntades, termina con palabras para exhortar a los hermanos en Cristo y de despedida para amigos y familiares, figurando al final sus nombres.

En el escrito lo que disponen es que se mantengan sus cuerpos sepultados todos juntos, entregándolos al sacerdote Proido para que los enterrara en Sareim (que ha sido identificado como la villa turca de Kyrklar cerca de Zela en Tokat), cuyo nombre significa «Cuarenta», rogando que no fueran dispersados sus restos. Establecían a su vez que Eunoico, un siervo, caso de morir fuese enterrado también con ellos, pero que por ser muy joven y pensar que no sería martirizado entonces fuese liberado para que pudiera dedicarse al cuidado de su sepulcro.

[escribe] Santos mártires

Se citan según las actas más antiguas los nombres de los santos mártires, añadiendo las variantes que en estos indican alguno autores.

Iglesia católica Iglesia ortodoxa[2] A. Borrelli[3]
1 Acacio Acacius Acacio
2 Aecio Aetius Aezio
3 Alejandro Alexander Alessandro
4 Angeas Angius Aggia
5 Atanasio Athanasius Atanasio
6 Cándido Candidus Candido
7 Cayo Gaius Gaio
8 Cirilo Cyril Cirillo
9 Claudio Claudius Claudio
10 Cudión Chudion Cudione
11 Domiciano Dometian Domiziano
12 Domno Domnus Domno
13 Ecdicio Ecditius Ecdicio
14 Elio Elias Ile
15 Eunoico Eunoicus Eunoico
16 Eutiques Aglaius Eutico o Aglaio
17 Eutiquio Euthychius Eutichio
18 Filoctemon Philoctimon Filottemone
19 Flavio Flavius Flavio
20 Gorgonio Gorgonius Gorgonio
21 Heliano Helianus Eliano
22 Heraclio Heraclius Eraclio
23 Hesiquio Hesychius Esichio
24 Juan John Giovanni
25 Leoncio Leontius Leonzio o Teoctisto
26 Lisímaco Lysimachus Lisimaco
27 Melitón Meliton Melitone
28 Nicolás Nicholas Nicallo
29 Prisco Priscus Prisco
30 Quirión Cyrion Cirione
31 Sacerdón Sacerdon Sacerdote
32 Severiano Severian Severiano
33 Sisino Sisinius Sisinnio
34 Smoragdo Smaragdus Smaragdo
35 Teódulo Theodulus Teodulo
36 Teófilo Theophilus Teofilo
37 Valente Valens Valente
38 Valerio Valaerius Valerio
39 Vibiano Vivianus Vicrazio o Vibiano
40 Xanteas Xantheas Xantio

Su festividad se celebra el 10 de marzo en el santoral católico de occidente, en tanto que en oriente es festejado el 9 de marzo.

[escribe] Referencias

Artículos relacionados

Bibliografía

Notas

  1. Martirologio romano: de enero a junio, Diócesis de Canarias, enlace revisado por última vez el 10 de marzo de 2011.
  2. Menaion of the Orthodox Church, VII: March, Liberty TN: St. John of Kronstadt Press, 1996, p. 57, ISBN 0-912927-70-4 (Wikipedia en inglés), enlace revisado por última vez el 12 de marzo de 2011.
  3. Borrelli, Antonio. Santi Quaranta Martiri di Sebaste, Santiebeati (en italiano), enlace revisado por última vez el 12 de marzo de 2011.
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