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Arquitectura románica en España

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Iglesia románica de Nuestra Señora de la Anunciada en Urueña (Valladolid).
La Arquitectura románica supone una manera de construir dentro del estilo conocido como Arte románico, con sus características propias y su especial evolución a lo largo de más de dos siglos, que comprende desde finales del siglo X hasta bien entrado el siglo XIII. Esa misma arquitectura en España adquiere sus propias peculiaridades dejándose influenciar tanto por las modas que le llegan desde el exterior a través de Italia y Francia como por la tradición y recursos artísticos antiguos. Mientras en el siglo VIII se hace sentir en la Europa cristiana occidental la restauración carolingia, la España cristiana sigue funcionando apegada a la cultura tradicional hispano-romana y goda, sin que le afecten en los siglos siguientes los movimientos culturales europeos, hasta la llegada del románico.

La arquitectura románica se extendió en España por toda la mitad norte llegando hasta el río Tajo, en plena época de Reconquista y repoblación, que favoreció en gran medida su desarrollo. Entró tempranamente en primer lugar por tierras catalanas de los condados de la Marca Hispánica donde desarrolló su primer románico y se extendió por el resto con la ayuda del Camino de Santiago y monasterios benedictinos. Dejó su huella especialmente en edificios religiosos (catedrales, iglesias, monasterios, claustros, ermitas…) que son los que han llegado al siglo XXI mejor o peor conservados, pero se construyeron también en este estilo los monumentos civiles correspondientes a su época, aunque de estos últimos se conservan bastantes menos (puentes, palacios, castillos, murallas y torres).

Antecedentes y contexto histórico en España

En España el arte románico entró por Cataluña, por las tierras de la Marca Hispánica. Los reinos y condados cristianos de la mitad norte peninsular se habían mantenido fieles durante los siglos VIII al X a la herencia tradicional hispano-romana y visigoda que en arquitectura había evolucionado en un arte propio y efímero que duró hasta la llegada del románico en el siglo XI. La historiografía de arte ha dado tradicionalmente el nombre de prerrománico a estas construcciones pero historiadores más modernos supieron ver en estos edificios un estilo propio que no se podía considerar como precursor del románico. Se trata del arte asturiano[1] y del arte mozárabe o según la historiografía más moderna arte de repoblación.

El arte asturiano se desarrolló durante los siglos IX y X en tiempos de los reyes asturianos con soluciones hispano-romanas y godas y aportaciones carolingias y bizantinas.[2]

San Cebrián de Mazote (Valladolid). Iglesia mozárabe que no sufrió ningún cambio de estilo.
En el siglo IX y bajo el reinado de Alfonso II la situación bélica de los primeros empujes musulmanes se fue aplacando y con la ayuda de la progresiva implantación de monasterios comenzó la repoblación desde el norte hacia la Meseta (ampliándose esta repoblación en el siglo X), y desde el sur por parte de los mozárabes hacia la Meseta y hacia más al norte, incluidas las tierras catalanas. Esta repoblación llegará a su cenit durante los reinados de Alfonso VI y Alfonso VII. La mayoría de estos monasterios de repoblación fueron transformados con la llegada del románico. En muchos de ellos sólo quedó algún vestigio mozárabe y en otros quedó la fábrica entera, como en San Miguel de Escalada.

El temido cambio de milenio con las expectativas de grandes desastres y final apocalíptico del mundo se manifestó en España en forma de terribles enfrentamientos, primero con las incursiones normandas en tierras gallegas donde varias ciudades fueron arrasadas y saqueadas y luego con las acometidas y razias del temido Almanzor que a su paso saqueó e incendió un número considerable de localidades de los reinos y condados cristianos. Pasados estos años de gran inestabilidad los reyes y condes cristianos pudieron pensar de nuevo en el avance de la Reconquista y en la repoblación. Se reanudaron las peregrinaciones del Camino de Santiago protegido por los reinos de Navarra y sobre todo de Aragón que dieron lugar al asentamiento de la arquitectura cristiana románica que fue dejando su presencia a lo largo de todo el siglo XI. Más tarde, la gran relación y amistad de Alfonso VI con los monjes de Cluny, el matrimonio de sus hijas con príncipes borgoñones y la política de este rey abierta a las renovaciones europeas, dieron como resultado la consolidación del románico como arte a seguir no sólo en el Camino de Santiago sino en el resto de las tierras gobernadas por este rey.

En Cataluña el auténtico promotor del románico fue el abad Oliba, que en 1008 era abad de los monasterios de Ripoll y San Miguel de Cuixá. Viajó a Roma en varias ocasiones y debió ser por tierras italianas donde conoció la labor constructora de los canteros lombardos a quienes introdujo en su tierra catalana donde el grupo o los grupos de canteros comenzaron a levantar o reconstruir un sin fin de iglesias de estilo románico pero con características y ornamentación lombarda.[3] además de las técnicas lombardas, la arquitectura inicial catalana se vio mezclada con tradiciones indígenas, visigodas y mozárabes. Un buen ejemplo puede mostrarse en San Pedro de Roda, consagrada en 1022.

Este primer románico lombardo se extendió también por tierras aragonesas cuyas pequeñas iglesias rurales se vieron influenciadas al mismo tiempo por tradiciones hispánicas.

Artistas y profesionales

Catedral de Santiago de Compostela.

En la Edad Media el concepto de la palabra arquitecto tal y como se concebía entre los romanos se perdió totalmente dando paso a un cambio de nivel social. La tarea del antiguo arquitecto vino a recaer sobre el maestro constructor, un artista que en la mayoría de los casos tomaba parte en la propia construcción junto con la cuadrilla de obreros que tenía a sus órdenes. El maestro constructor era quien supervisaba el edificio (como lo hacía el antiguo arquitecto) pero al mismo tiempo podía ser un artesano, un escultor, carpintero o cantero.[4] Este personaje se educaba por lo general en monasterios o en grupos de logias masónicas gremiales. Muchos de estos maestros constructores fueron los autores de bellísimas portadas o pórticos, como el de la catedral de Santiago de Compostela hecho por el maestro Mateo o el pórtico de Nogal de Huertas en Palencia, del maestro Jimeno, o la portada norte de la iglesia de San Salvador de Ejea de los Caballeros del maestro de Agüero.

Toda obra arquitectónica románica se componía de su director (maestro constructor), un maestro de obras[5] al frente de un grupo numeroso formando cuadrillas de picapedreros, canteros, escultores, vidrieros, carpinteros, pintores y otros muchos oficios o especialidades, que se trasladaban de un lugar a otro. Estas cuadrillas formaban talleres de los que a veces salían maestros locales que eran capaces de levantar iglesias rurales. En este conjunto no hay que olvidar al personaje más importante, el mecenas o promotor, sin el cual la obra nunca se habría llevado a cabo.

Por los documentos que se han conservado sobre contratos de obras, litigios y otros temas, se sabe que en las catedrales se destinaba una casa o alojamiento para vivienda del maestro y su familia. Existen documentos de litigios en que se habla del problema de la viuda de algún maestro en que reclama para sí y los suyos dicha casa a perpetuidad. Este hecho llegó en algún caso a suponer un verdadero conflicto, pues era necesario que el maestro heredero de la obra ocupase la vivienda.

En algunos casos los maestro constructores tenían que comprometerse con la obra de por vida, si ésta era de larga duración, como fue el caso del maestro Mateo con la construcción de la catedral de Santiago, o el maestro Raimundo Lambardo (o Ramón Llambard) con la catedral de la Seo de Urgel. Existía una norma exigida en los contratos que los maestros debían cumplir siempre: su presencia diaria a pie de obra y el estricto control de los trabajadores y de la marcha del edificio. Para la preparación de materiales y labra de la piedra se edificaba siempre una casa de obra. Muchos documentos[6] del siglo XIV hablan de este tipo de casa:

La obra de iglesia de Burgos que há unas casas cerca de la dicha iglesia en que tienen todas las cosas que son menester para la dicha obra; e los libros de las cuentas é todas las otras herramientas con que labran los maestros en la dicha obra.

Los canteros

Formaban el grueso de trabajadores en la erección del edificio. El número de canteros podía variar según dictaba la economía del lugar. Algunas de estas cifras se conocen, como la de la catedral de Salamanca, donde trabajaban entre 25 y 30. Aymeric Picaud en su Codex Calixtinus aporta el dato:

[…] con aproximadamente otros 50 canteros que allí trabajaban asiduamente, bajo la solícita dirección de don Wicarto […]

Estos canteros y el resto de trabajadores estaban exentos de pagar tributos. Según su especialización se distinguían en dos grupos: los que se dedicaban a una labra especial de gran calidad (verdaderos artistas escultores) y que iban a su ritmo, dejando en el lugar su obra terminada y a la espera de ser colocada en el edificio y los que eran trabajadores fijos, que levantaban los edificios piedra sobre piedra y colocaban a su tiempo aquellas piezas de calidad o relieves labrados por el primer grupo. Esta forma de trabajar podía dar lugar a un desfase cronológico en las piezas colocadas al cabo del tiempo, desfase que en muchos casos ha llegado a ser un gran problema para los historiadores a la hora de datar un edificio.

Existía también un grupo de obreros no cualificados que trabajaban en lo que se les mandase. En muchos casos esta gente ofrecía su trabajo o prestación como un acto de piedad pues como cristianos se sabían conscientes de estar colaborando a una gran obra dedicada a su Dios. En cualquier caso recibían una retribución que podía ser por jornal o por destajo. En los documentos aparecen muchos nombres en listas de jornales que además no eran arbitrarios sino que estaban bien regulados.

Entre los cistercienses se les conocía como cuadrillas de ponteadores,[7] compuestas por legos o monjes que se trasladaban de una comarca a otra, siempre bajo la dirección de un monje profesional, cuyo trabajo consistía en allanar terrenos, abrir caminos, o levantar puentes.

Anonimato y firma de los artistas

La mayoría de las obras románicas son anónimas en el sentido de carecer de una firma o documento que acredite la autoría. Incluso si la obra está firmada los historiadores especialistas tienen a veces dificultades para distinguir si se hace referencia al verdadero autor o al promotor de la obra. Otras veces sin embargo, la firma viene seguida o precedida de una explicación que aclara si se trata de uno u otro personaje. Arnaldo Cadell lo dejó bien claro en un capitel de Sant Cugat

hec est arnalli sculptoris forma catelli qui claustrum tale construxit perpetuale
(Esta es la imagen del escultor Arnau Cadell que construyó este claustro para la posteridad)

Lo mismo que Rodrigo Gustioz quiso inmortalizarse por su financiación de un arco en Santa María de Lebanza:

isto arco fecitrodricus gustiut vir valdebonus militeorate pro illo
(Hizo este arco Rodrigo Gustioz, hombre de Valbuena, soldado, orad por él)

Y en un capitel aparece la noticia de otro promotor:

El prior Pedro Caro hizo esta iglesia, casa, claustro y todo lo que aquí está fundado en el año 1185.

En otros casos es el estudio sistemático de la escultura junto con la arquitectura lo que hace a los historiadores sacar las conclusiones. Así, se sabe que en la catedral de Lérida trabajó como maestro constructor Pere de Coma desde 1190 hasta 1220, pero durante ese periodo se detecta la presencia de varios talleres de escultura bien diferenciados. El mismo estudio realizado en la catedral de Santiago de Compostela hace suponer al maestro Mateo como director de la fábrica y director de sucesivos talleres que presentan una evolución estilística llevada a cabo por manos diferentes pero bajo una misma dirección coherente.[8]

El hecho de que la mayoría de las obras románicas se hayan mantenido en el anonimato ha hecho desarrollar la teoría de que el artista consideraba que no era persona apropiada para plasmar su nombre en las obras dedicadas a Dios. Pero, por un lado, las pocas obras civiles que se conservan tampoco aparecen firmadas y por otro, tal opinión es contrarrestada con una larga lista que se podría dar de artistas que sí firman sus obras, entre los que destacan:

  • Raimundo de Monforte, que aparece en documentación de 1129 contratado para edificar la catedral de Lugo.
  • Pedro de Deustamben, que aparece en un epígrafe funerario de San Isidoro de león como constructor de las bóvedas.
  • Raimundo Lambard o Lambardo, que trabajó desde 1175 en la catedral de Urgel.
  • Los maestros Bernardo el Viejo, Roberto y Esteban que intervinieron en la catedral de Santiago de Compostela.
  • El maestro Pere de Coma, que trabajó a finales del siglo XII en la catedral de Lérida.

Se podría continuar la lista con muchos más nombres aparecidos bien en la propia piedra a modo de firma, bien en documentos de contratación, como demostración de que el hecho de darse a conocer no estaba ni prohibido ni desaconsejado.[9] Lo que sí es difícil distinguir en muchos de los casos es el rango de su oficio pues a veces podían ser arquitectos, canteros especializados o escultores de determinadas piezas. A todos ellos se les solía llamar magister y todos llegaron a desarrollar su oficio gracias al deseo y al mandato de los promotores y mecenas.

Promotores y mecenas

En el mundo del románico tanto el promotor de las obras como el mecenas y el financiador son los verdaderos protagonistas de la obra arquitectónica o de la obra de arte a tratar. Son los que mandan y opinan cómo debe ser realizada dicha obra, cuáles deben ser los personajes o los santos en escultura y relieves, las dimensiones geométricas (que luego se encargará el auténtico profesional de llevarlas a cabo con rigor matemático) y son los que estimulan y engrandecen los proyectos. Los promotores se encargaban además de contratar y llamar a los mejores artistas y arquitectos que trabajaban gracias a su impulso y entusiasmo. Sobre todo en escultura y pintura, el artista estuvo totalmente sometido a la voluntad de los poderosos mecenas y promotores, sin cuya intervención jamás se habría realizado la obra. El artista del románico se adaptaba a la voluntad de estos personajes dando a la obra lo mejor de su oficio y conformándose con la satisfacción del trabajo bien hecho sin tener ni deseos ni sospecha de poder adquirir una fama mundial tal y como se empezó a desarrollar a partir del Renacimiento. El orgullo de la labor bien hecha y el reconocimiento de sus compañeros y mecenas era el mayor de los premios y por eso a veces este orgullo les llevaba a expresarlo de manera muy simple en alguno de sus trabajos terminados.

En España los reyes y una minoría de la nobleza implantaron tempranamente las nuevas tendencias del románico (que llevaban consigo una renovación benedictina y una aceptación de la liturgia romana), mientras otra parte de la nobleza y la mayoría de los obispos y monjes se mantuvieron aferrados a las viejas costumbres y a la liturgia hispana. Sin embargo el románico triunfó plenamente y esto se debió sobre todo a los mecenas y promotores que llevaron a cabo grandes obras a partir de las cuales se fue desarrollando el nuevo estilo por toda la mitad norte de la Península.

Abad Oliba. Este personaje fue mecenas, promotor y gran impulsor del arte románico en Cataluña desde fecha muy temprana. En el año 1008 fue nombrado abad del monasterio de Ripoll y del monasterio de Cuixá y diez años después fue nombrado obispo de Vich. Sus viajes a Roma (1011 y 1016) y sus contactos con el monacato franco supusieron el conocimiento de la liturgia romana y su introducción en la Iglesia catalana. La reforma benedictina de Cluny había influido bastante en Cuixá con quien Oliba mantenía estrechas relaciones. Oliba adoptó pues las normas de Cluny, tanto en arquitectura como en costumbres y bajo su patrocinio y dirección se llevaron a cabo las grandes reformas, los edificios nuevos o en otros casos las simples ampliaciones para adecuarse a las necesidades de los nuevos tiempos. En todas estas primicias procuró el abad Oliba estar presente: en consagraciones, reuniones en que se discutía lo concerniente a alguna construcción, etc. Oliba, en un periodo comprendido entre 1030 y 1040,[10] fue el impulsor de edificios tan importantes como:

Reyes y nobleza en Castilla y León. Los primeros promotores y entusiastas del arte románico en este espacio geográfico fueron Fernando I y su esposa Sancha. Ellos patrocinaron y facilitaron la llegada de artistas extranjeros, introductores de las nuevas técnicas y tendencias. Emplearon cuantiosas sumas en la construcción de grandes iglesias, pero sobre todo el rey Fernando favoreció con sus dádivas al monasterio de Cluny al que concedió la cantidad de 1.000 piezas de oro, razonando:

[…] para remedio de mis pecados […]

Su hijo Alfonso VI heredó de su padre la admiración por Cluny (a cuyo monasterio regaló en 1077 2.000 dinares de oro para financiar las obras del Cluny III) y fue el más grande propagador de la arquitectura románica y el introductor “oficial” de la liturgia romana en todos los monasterios e iglesias de su reino, comenzando por el monasterio de Sahagún que fue el pionero y el más famoso de su época.

Alfonso VII de León y de Castilla fue otro gran promotor-mecenas del románico de su tiempo que coincidió con la arquitectura cisterciense. Protegió e hizo numerosas donaciones a los grandes monasterios situados en su reino.

La nobleza también actuó en algunos casos como promotora y donante para la construcción de grandes fábricas. Así el Monasterio de San Salvador de Oña fue fundado por el conde de Castilla Sancho García, el promotor de San Pedro de Arlanza fue el conde Gonzalo Fernández de Burgos, la promotora de Santa María de Valbuena fue Estefanía de Armengol (nieta del conde Ansúrez), etc.

Diego Gelmírez. Obispo de Compostela, se encargó de seguir las obras de la catedral que se habían interrumpido en 1088. Fue el verdadero impulsor de la magnificencia del templo compostelano en estilo románico. Sus biógrafos le denominaron “obispo y sabio arquitecto”:

Ipse quoque episcopus, utpote sapiens architectus

Viajó por toda Europa, aprendiendo y asimilando las nuevas tendencias del románico que después dejarían imprompta en los más de 60 edificios construidos o remodelados bajo su tutela y mecenazgo, entre los que se encuentran:

  • Catedral de Santiago
  • Palacio episcopal
  • Dependencias para los canónigos
  • Hospital
  • Nueve iglesias en el mismo Santiago
  • Otras veinte iglesias en el término
  • Monasterios, castillos, etc.

También en Galicia fueron buenos promotores Raimundo de Borgoña (yerno de Alfonso VI) y su esposa Urraca.

Escuelas de arquitectura en España

En España no se distinguen fácilmente escuelas geográficas de arquitectura como ocurre en Francia, porque todos los tipos que puedan darse aparecen mezclados. Sin embargo pueden presentarse algunos ejemplos de edificios que siguen claramente, si no en su totalidad sí en gran parte, algunas de estas escuelas francesas:

  • Escuela de Auvernia, con la catedral de Santiago de Compostela y la iglesia de San Vicente en Ávila.
  • Escuela de Poitou, con Santo Domingo de Soria y la mayoría de las iglesias catalanas del siglo XII, como Sant Pere de Roda y San Pedro de Galligans.
  • Escuela de Perigord, cuyos ejemplares pertenecen ya a la transición hacia el gótico, como la colegiata de Toro (salvo la cúpula que es de influencia bizantina).

Variantes locales

Románico mudéjar en San Tirso de Sahagún (León)
Cada reino, comarca o región geográfica de la península, así como algunos acontecimientos humanos (como el Camino de Santiago), marcaron un estilo característico influenciado por el propio ambiente geográfico, por la tradición, o simplemente por las cuadrillas de canteros y constructores contratados que se desplazaban de un lado a otro. Como consecuencia de esto, en la arquitectura románica de España puede hablarse de un románico catalán, románico aragonés, románico palentino, románico de Castilla y León, etc.

Otra circunstancia a tener en cuenta es la pervivencia de los mudéjares en las poblaciones, que formaban cuadrillas de obreros y artistas que dieron un sello muy especial a los edificios. Es lo que se conoce como románico de ladrillo o románico mudéjar.

Etapas del románico

En España como en el resto de mundo cristiano de Occidente, el arte románico se desarrolló durante tres etapas con características propias. La historiografía ha definido esas etapas con los nombres de primer románico, románico pleno y tardorrománico o también llamado románico tardío.

Primer románico.[11] Su arquitectura comprende un área geográfica bien definida que discurre desde el norte de Italia, Francia mediterránea, Borgoña y tierras catalanas y aragonesas en España. Se desarrolló desde finales del siglo X hasta mediados del XI, salvo en lugares aislados. En esta época del románico no hubo pintura ni miniatura ni tampoco escultura monumental.

Artículo desarrollado → [[Primer románico]].

Románico pleno. Se desarrolló desde Lisboa hacia Oriente y del sur de Italia a Escandinavia. Se difundió gracias a los movimientos monásticos, a la unidad del culto católico con la liturgia romana y a las vías de comunicación a través de los caminos. Comenzó su despegue hacia la primera mitad del siglo XI y continuó hasta mediados del siglo XII. Los mejores ejemplos se dan en las llamadas iglesias de peregrinación que en España tienen su representación en la catedral de Santiago instalándose también en territorios de repoblación. Se caracteriza por la inclusión de la escultura monumental en portadas y tímpanos y por la decoración y labra de los capiteles, molduras, impostas, etc.

Artículo desarrollado → Arquitectura románica #Románico pleno.

Tardorrománico. Cronológicamente se distribuye desde el final del románico pleno hasta el primer cuarto del siglo XIII en que comienza a triunfar el arte gótico. Esta época es la de mayor actividad de construcción de monasterios de los monjes cistercienses.

La construcción de los edificios románicos en España

En lo concerniente a España, los edificios románicos religiosos no alcanzaron nunca la monumentalidad de las construcciones francesas, o de las construcciones que más tarde levantaría el arte gótico. Los primeros edificios tenían gruesos muros y pequeños vanos por los que entraba del exterior una tenue luz. Después hubo una evolución en la construcción de los muros que permitió aligerarlos y abrir ventanas más grandes.

Los edificios monásticos fueron los más numerosos compartiendo importancia con las catedrales. En las ciudades surgieron iglesias y parroquias y en las localidades pequeñas se fueron levantando un sinfín de pequeñas iglesias conocidas como románico rural.

Artículo desarrollado → Iglesias románicas del Valle de Bohí.

Los materiales

Materiales de construcción en el castillo de Ponferrada (León).
El material más preciado pero también el más caro fue la piedra. Los canteros se ocupaban de tallarla con el escoplo y siempre detectando la cara buena del bloque; así la convertían en sillares que se disponían generalmente en hiladas horizontales y otras veces, de canto. Casi siempre se utilizaban rocas duras. También se utilizaba la mampostería, con piedra labrada en las esquinas, ventanas y puertas. Si la piedra era difícil de conseguir, porque el lugar geográfico correspondiente carecía de canteras, o porque resultaba muy cara en determinados momentos, se utilizaba el ladrillo cocido, o la pizarra o cualquier tipo de sillarejo. El resultado final era de pintura y revoco, tanto para la piedra como para el mampuesto y los demás materiales, de tal forma que, una vez pintados los paramentos, no se podía distinguir si debajo había uno u otro material. El colorido en la arquitectura románica fue generalizado, lo mismo que lo había sido en los edificios romanos.

Los cimientos

Teniendo en cuenta el tipo de edificio que se iba a construir, los materiales que se iban a emplear y el terreno que lo soportaría, los constructores medievales hacían todo un estudio previo para la cimentación. Primeramente se excavaban las zanjas a gran profundidad y se rellenaban de piedras y escombro. Las zanjas se distribuían en virtud de los muros que irían sobre ellas y se hacían otras en sentido transversal para unir entre sí las crujías y para reforzar los pilares de los arcos transversales. Los cimientos constituían toda una red que prácticamente dibujaba la planta del templo, diferenciándose así de la cimentación aislada para soporte de pilares utilizada en el estilo gótico. En algunas iglesias destruidas no queda más que esta cimentación proporcionando a los arqueólogos un buen material de estudio. Con estos restos de cimientos a la luz se puede saber aproximadamente el espesor de los muros, aunque se sabe que en este sentido los constructores exageraban bastante y hacían las zanjas excesivamente profundas y los cimientos excesivamente gruesos por temor a los derrumbes.

Bóvedas cúpulas y techumbres

En el primer románico muchas de las iglesias rurales se cubrieron todavía con techumbre de madera, sobre todo en Cataluña y muy especialmente en el valle de Boí cuya renovación al románico de antiguas iglesias la hicieron unos constructores lombardos que cubrieron las naves a dos aguas con estructura de madera, respetando absolutamente las viejas tradiciones de esta región. Sin embargo el ábside se remató siempre en estas iglesias con bóveda de horno.

A lo largo del siglo XI se fueron cubriendo las naves con la bóveda de cañón, de medio cañón o de cuarto de cañón, recurso empleado en el románico de toda Europa, y más tarde se empleó la bóveda de arista. En Cataluña estas bóveda de cañón se emplearon sin refuerzos, mientras que en Castilla y León se utilizaron los arcos fajones como apoyo.

Tras la bóveda de cañón se empleó la bóveda de arista (originada por el corte perpendicular de 2 bóvedas de cañón) variedad que había sido olvidada y que fue retomada por los grandes maestros constructores. La bóveda de arista a su vez dio paso a la bóveda de crucería, recurso muy frecuente en la arquitectura gótica.

Se dio también el tipo de bóveda llamado elizoidal usado exclusivamente en las escaleras de las torres. Se dan ejemplos en San Martín de Frómista, San Pedro de Galligans y San Salvador de Leyre entre otras.

Cúpula gallonada de la catedral de Zamora, en piedra.

En los claustros de los monasterios y de las catedrales se edificaron las bóvedas en rincón, que son aquellas que resultaban del encuentro de dos pandas de un claustro. Las soluciones para este tipo de bóvedas no eran muy fáciles, por lo que los constructores echaban mano a trucos y disimulos que les proporcionaban un buen resultado y muy aparente a simple vista.

En el encuentro de la nave mayor con el crucero se elevaron las cúpulas con cimborrio cuyo centro estaba perforado para dar paso a la luz exterior. Las cúpulas de la arquitectura románica española alcanzaron una gran importancia. Se introdujo la construcción de cúpulas cuyo tambor apoyaba sobre un cuadrado. La introducción de este sistema se debió a tres influencias:

  • El camino desde Oriente, por las comunicaciones con Bizancio y otros lugares, de tipo religioso, político o comercial.
  • La influencia de las cuadrillas de constructores lombardos, maestros en desarrollar la cúpula sobre trompas. Se extendió un gran número de estas cúpulas por los condados de Cataluña, sobre todo en el siglo XII.
  • La influencia aquitana, donde la cúpula es un elemento representativo.

La variedad de construcción de estas cúpulas es notable; se pueden ver:

  • Cúpula octogonal apoyada en trompas (sobre todo en Cataluña).
  • Cúpula esférica sobre trompas, con o sin nervios (en Aragón)
  • Cúpula esférica sobre trompas, sin nervios (en las zonas de Palencia, Cantabria y Soria).
  • Cúpula esférica sobre trompas, con nervios (en las tierras de Segovia).
  • Cúpula esférica sobre pechinas, sin nervios o con nervios y con altura de linterna (tierras de Salamanca).

En la época del tardorrománico se dio una influencia bizantina aportada por los peregrinos, especialmente en las catedrales de Zamora, Salamanca y colegiata de Toro donde se construyeron las conocidas como cúpulas del Duero; son cúpulas gallonadas, con un tambor cilíndrico con ventanales sobre pechinas (sustituyendo a las tradicionales trompas), del cual arrancan ocho arcos que se cruzan en la clave con un despiece de 16 cascos llamados gallones.

Arcos

En España el arco más usado y característico fue el de medio punto aunque se usó también el arco de herradura y el arco apuntado. El arco de medio punto fue empleado exclusivamente a lo largo del siglo XI y primera mitad del XII. Si se quería alcanzar determinadas alturas se hacían muy peraltados, como en San Juan de las Abadesas.
Portada románica con arquivoltas. Iglesia de Santa Marina en Córdoba.

Muchos arcos se construyeron doblados con la intención de que adquirieran mayor resistencia. En las portadas, los arcos de medio punto están compuestos por arquivoltas, es decir, sucesión de arcos concéntricos decorados con simples molduras o con ornamentación vegetal o geométrica.

Los arcos apuntados son originarios de Oriente; se desconoce la fecha exacta de su empleo en el románico de España, aunque los historiadores barajan algunas fechas basándose en edificios que contienen en alguna de sus zonas uno o varios arcos apuntados que a veces engendran toda una bóveda. Son edificios que corresponden al primer cuarto del siglo XII, como la catedral de Lugo y Santa María de Tarrasa. El empleo primitivo de estos arcos se hizo como elemento de construcción que aportaba muchas ventajas. Fue un gran avance arquitectónico que los monjes cistercienses supieron ver desde el principio.

El arco de herradura, aunque propio de tiempos anteriores, se utilizó también en algunos edificios del románico español. Era un arco heredado de la arquitectura visigoda, sobre todo en Cataluña por la tradición de los visigodos de la Septimania (puertas de Santa María de Porqueras, arcos fajones de San Pedro de Roda), y también de influencia islámica, sobre todo en Andalucía y Extremadura. Otros ejemplos con arcos de herradura son:

  • Iglesia de Santa Marta de Tera (Zamora) en los vanos de acceso a los brazos del crucero.
  • Catedral de Ávila, en los arcos del antiguo triforio
  • Iglesia de Santa Eulalia (Mérida), puerta de acceso y en el interior de los ábsides.
  • Iglesia de San Miguel de Córdoba, en una puerta lateral y en la capilla del baptisterio.
  • Ermita de San Martín en San Vicente de la Sonsierra (La Rioja).

El arco lobulado es bastante común. Se trata de una forma artística de presentar el arco de medio punto y más tarde el apuntado. En España estos arcos son de clara influencia islámica, teniendo como ejemplo principal el antiguo Mihrab de la mezquita de Córdoba.

Contrafuertes

Claustro del monasterio de Valbuena donde pueden verse los grandes contrafuertes románicos.
Los contrafuertes son gruesos muros continuos, verticales, que se colocan a los lados de un arco o bóveda para contrarrestar su empuje. Se colocan también en los muros exteriores de las naves de las iglesias o de los claustros. En la arquitectura románica son siempre visibles siendo uno de los elementos que más la caracterizan, sobre todo en la arquitectura española, salvo en la zona de Cataluña donde la construcción se hizo adoptando un mayor grosor de los muros.

El contrafuerte tiene una forma prismática que suele mantener en toda su altura, aunque hay algunas variantes como aquellos que imitan una pilastra estriada con capitel, (San Juan de Rabanera en Soria). A veces ofrece un escalonado sencillo o complicado con varios cuerpos en disminución, como en el ábside de la catedral de Cuenca o en el monasterio de Fitero cuyos contrafuertes de los ábsides tienen forma rectangular en la base y va cambiando su perfil de manera caprichosa.

Muchos de los monumentos de Galicia ofrecen unos contrafuertes unidos entre sí por un arco, formando así un muro compuesto. Se puede ver un ejemplo en la fachada lateral de la catedral de Santiago.

Cubiertas

Los edificios se cubrían con un tejado que podía estar hecho de distintos materiales:

  • Piedra (muy frecuente). Se pueden ver aun estas cubiertas en la torre del Gallo de la catedral Vieja de Salamanca y catedral de Ávila.
  • Teja, material siempre renovado porque resiste mal el paso del tiempo.
  • Escamas vidriadas, material poco frecuente. Se encuentra en el chapitel de la torre de la Antigua de Valladolid.
  • Pizarra, sobre todo en lugares donde este material es abundante, principalmente en Galicia.

La pintura como acabado de los edificios

Pinturas románicas en el ábside de Santa María de Tahull
En la época del románico no se consideraba que un edificio estuviera acabado hasta que sus muros recibieran la pintura apropiada.[12] Los muros de las partes más importantes y significativas (ábsides, y algunas partes del interior) se revestían de pinturas iconográficas. Los muros tanto por dentro como por fuera se cubrían con una capa de pintura de un solo color y se quedaban resaltadas con el material original las impostas, vanos y columnas, aunque a veces incluso se pintaban también con colores chillones: verdes, amarillos, ocres, rojos y azules. Esta costumbre de pintar o revocar los edificios no fue nueva ni exclusiva del románico de la Edad Media sino una herencia o continuidad de la manera de construir en la Antigüedad. Tanto si el material empleado era la piedra, el sillarejo o el mampuesto como si era el ladrillo, el acabado final era una superficie pintada. Así en muchos casos no se diferenciaba al exterior si eran de piedra o ladrillo, hecho que sólo se ha podido constatar con el raspado de los revocos. El remate de pintura dio a los edificios una protección contra las agresiones ambientales que desapareció a partir del siglo XIX cuando se aplicaron las teorías de dejar al descubierto los materiales de construcción.

Algunas de estas pinturas han quedado en ciertos edificios, como testimonio del pasado, tanto en paredes como en esculturas o capiteles. En la fachada de San Martín de Segovia todavía en el siglo XX podía verse restos de pintura, testimoniada y descrita por el historiador español Juan de Contreras y López de Ayala, marqués de Lozoya. A veces el esculpir las cestas de los capiteles resultaba demasiado caro y se dejaban completamente lisos para que el pintor los rematase con motivos vegetales o historiados. En la iglesia de San Payo de Abeleda (Orense) se conservan vestigios de pintura en algunos capiteles, que incluso han sido repintados a lo largo de su historia y entre las ruinas del monasterio de San Pedro de Arlanza se han encontrado pedazos de capiteles con su pintura original que pueden dar una idea de cómo estaba decorado el resto.

Los monjes cistercienses y los premostratenses también pintaban las paredes de sus iglesias, de blanco o de un color terroso claro y a veces perfilaban las juntas de los sillares.

La iglesia

Los templos de la primera etapa son sencillos, con una sola nave rematada por un ábside semicircular (sin crucero). El prototipo de la iglesia románica, no rural y de tamaño medio presenta la planta de un edificio basilical de tres naves con sus tres ábsides semicirculares y un crucero. Durante todo el siglo XII se siguió realizando en algunas zonas (como la ciudad de Zamora) el tipo de templo de tradición hispana de tres ábsides rectos y escalonados. Los planos de las iglesias se iban adaptando a las necesidades litúrgicas según iba aumentando el número de canónigos o de frailes que requerían más altares para sus funciones religiosas; así fueron edificándose templos con absidiolos añadidos, al estilo benedictino de Cluny. La fórmula de los largos cruceros donde podían disponerse más ábsides fue adoptada en tiempos de la arquitectura cisterciense que es donde más ejemplos pueden darse de este tipo de construcción. Este recurso fue adoptado también por las catedrales (Tarragona, Lérida, Orense y Sigüenza). Existen también ejemplos de plantas cruciformes con cabecera cuadrada, que dibujan exactamente una cruz latina, como la iglesia de Santa Marta de Tera en Zamora, del siglo XI o la iglesia de San Lorenzo de Zorita del Páramo (Palencia), cuya cabecera en este caso no es cuadrada sino semicircular. Y plantas circulares, con una sola nave, como la iglesia de San Marcos en Salamanca, o la Veracruz en Segovia.

Las torres

Iglesia de San Lorenzo, Sahagún. Torre sobre el ábside.
En los edificios españoles se pueden ver ubicadas en diferentes puntos de la iglesia, en los laterales, sobre el crucero y en casos muy especiales sobre el tramo recto del ábside, como ocurre en las iglesias de la ciudad de Sahagún en León. Esta colocación se debió a que, al estar construidas en ladrillo (material menos consistente que la piedra) fueron buscando el lugar de mayor resistencia que era siempre el emplazamiento de los ábsides. La fachada con dos torres no es muy usual y se suele ver sólo en templos de gran importancia.

Las torres sirven como campanarios, sobre todo en el románico de Castilla y León; son las llamadas turres signorum. En bastantes casos se erigieron como torre de defensa, sobre todo en los territorios fronterizos conflictivos y su ubicación dependía de lo que se quisiera defender, así la torre de la iglesia del monasterio de Silos se colocó defendiendo al monasterio y la torre del monasterio de San Pedro de Arlanza tuvo gran importancia defensora para todo el recinto. El aspecto bélico de estas torres románicas fue evolucionando y cambiando con el tiempo de manera que en el presente apenas puede adivinarse su cometido de otras épocas. En muchos casos estas torres se elevaron pegadas a los flancos de la iglesia, e incluso exentas.

Espadañas

Una espadaña es un elemento arquitectónico que se construye generalmente sobre la fachada y que sirve para albergar las campanas, en sustitución de una torre. Se eleva como continuación vertical del muro y en ella se abren los vanos que van a recibir las campanas. La espadaña es más fácil de erigir y más barato. En el románico español fueron muy numerosas sobre todo en iglesias de menor tamaño del románico rural. Pueden darse de un solo vano o de varios pisos escalonados. Se rematan generalmente en punta o piñón.

En el románico de Campoo y Valderredible pueden verse espadañas de todo tipo. En otros lugares algunas son espectaculares como la de Agullana (Gerona)[13] en el Alto Ampurdán o la de Astudillo (Palencia) [14], con cinco vanos y otras son más modestas como la del Monasterio de Santa María de Valbuena que además sus vanos presentan una colocación muy especial.[15]

Sacristía

Las sacristías no existían en las pequeñas iglesias o en las iglesias parroquiales en la época del románico. En dichas iglesias se añadieron a partir del siglo XVI. Pero en las iglesias de los grandes monasterios o de las catedrales sí se adaptaba un espacio en el claustro, en la panda este, con una puerta de acceso a la cabecera.

Criptas

Es uno de los elementos característicos del románico. En el primer románico su uso se extendió por influjo de los francos. Fueron unos espacios construidos bajo la cabecera de la iglesia y destinados a guardar las reliquias de los mártires cuyo culto vino por influencia carolingia. Suelen tener tres naves con cubierta de bóveda de arista aunque hay ejemplares más especiales como la cripta circular con un pilar en el centro ( Cuixá y San Pedro de Roda). A lo largo del siglo XI fueron perdiendo importancia las criptas como receptoras de reliquias y se empezaron a construir como algo práctico y necesario desde el punto de vista de la arquitectura, adecuando así el terreno sobre el que se construiría la iglesia. Tal es la función de la cripta del monasterio de Leyre. A lo largo del siglo XII se construyeron pocas criptas y siempre por razones de desnivel del suelo. Más tarde se dio a algunas de ellas una finalidad funeraria.


Tribunas

Las tribunas[16] no tuvieron a penas importancia en el románico de España, siendo muy escasa su construcción. Se conocen dos ejemplos: San Vicente de Ávila y San Isidoro de León. La historiografía tradicional ha supuesto que en esta última iglesia se trataba de un espacio especial para la reina Sancha, esposa de Fernando I, pero estudios más recientes demuestran que las fechas no concuerdan. Se tiene pocas noticias sobre este añadido arquitectónico.

Triforios

Un triforio[17] es una galería con arquería que recorre la parte alta de las naves menores de una iglesia, por debajo de los grandes ventanales de la nave mayor. A veces rodea también el ábside a la misma altura. Su origen fue por pura estética, ya que si la nave mayor era demasiado alta quedaba un espacio pesado entre los ventanales y los arcos de sustentación de las naves laterales más bajas.

Al principio la arquería del triforio no se hizo calada, pero después se pensó que podría servir para proporcionar luz y ventilación, dejando al mismo tiempo un paso para servicios y vigilancia del edificio. Esta construcción se pudo hacer porque las naves laterales se adentran siempre en la central, quedando así un hueco aprovechable de la misma profundidad que la anchura de dicha nave lateral. Este elemento tuvo su verdadero desarrollo en la época del gótico. En la arquitectura románica española los triforios son escasos pues en su lugar se suele dejar el muro desnudo o bien se construye una arquería ciega.

Un buen ejemplar de triforio es el de la catedral de Santiago. Las naves laterales de este templo tienen dos pisos y el triforio ocupa todo el segundo, recorriendo el edificio entero y acusándose al exterior por una serie de ventanas que proporcionan luz y al interior por arcos de medio punto. Otro ejemplo se da en la catedral de Lugo, aunque en este caso no recorre todas las paredes. En San Vicente de Ávila el triforio es una galería oscura que no cumple la misión de proporcionar la luz del exterior.

Pórticos y galerías

El pórtico es un espacio diseñado en su origen para prevenir de las inclemencias del tiempo. Se construía tanto en las iglesias rurales como de ciudad, delante de la puerta principal para protegerla. En la mayoría de los casos fueron hechos con estructura de madera que no resistió el paso del tiempo, pero en muchas ocasiones la construcción fue en piedra dando lugar a galerías de gran desarrollo que en algunos casos fueron verdaderas obras de arte.

Los pórticos fueron un recuerdo del narthex de las basílicas latinas. Formaba un cuerpo avanzado sobre la parte central de la fachada principal y si esta fachada tenía torres, entonces ocupaba el espacio comprendido entre ellas, como en el Pórtico de la Gloria en la catedral de Santiago de Compostela, joya del arte románico. Otras veces ocupaba todo lo largo de la fachada, formando un espacio cubierto al que se llamó galilea.[18]

Las galerías exteriores son construcciones típicas del románico español que no aparecen en otros países. Pueden confundirse con los pórticos y de hecho así sucede en la terminología vulgar, pero difieren bastante en cuanto a construcción y destino y localización geográfica, ya que sólo se encuentran en la zona de Castilla y León, principalmente en la zona de Segovia, como los de las iglesias de San Martín y San Millán en la propia capital y en la Sierra de la Demanda, como el de Jaramillo de la Fuente (Burgos). Fue tradicional el hecho de construir siete vanos o arcos dando lugar a una cierta especulación sobre el sentido simbólico del número siete en las Sagradas Escrituras. Se desconoce el origen y el uso primitivo que se les pudo dar.

Están colocadas sobre un podium bastante alto con columnas simples o pareadas; tienen un tejaroz que suele estar bastante adornado y se cubren con madera; recorren una de las fachadas laterales de la iglesia o las dos, y a veces también la principal. Con el discurrir de los años se desarrollaron en ellas actos litúrgicos e incluso procesiones. Pasado algún tiempo, las gentes del lugar utilizaron el espacio de estas galerías (que estaban protegidas y resguardadas) para otros fines, como reunión y junta de vecinos y zona de enterramiento de los más poderosos o influyentes. La costumbre de enterrarse en este espacio los más privilegiados se empezó a perder a finales del siglo XII, cuando los enterramientos se empezaron a realizar dentro de las iglesias.

Otros ejemplos de iglesia con galería exterior:

Portadas

Arco abocinado.
Con el románico pleno se introdujo la gran portada escultórica, rematada por un tímpano también esculpido. La portada abarca todo el grosor del muro recurriendo a las arquivoltas para que no resulte la forma de un túnel; son los llamados arcos abocinados. Los arcos de las arquivoltas van adquiriendo un tamaño mayor de dentro a fuera. Cada arquivolta se apoya directamente en los capiteles de las columnas (que también están ricamente decorados) o en una imposta que recorre la superficie de cada capitel. La decoración iconográfica es muy abundante y suele formar una unidad historiada con el tímpano. A veces no hay tímpano sino un gran friso, como el de la iglesia de San Pedro de Moarves en Ojeda (Palencia). Una de las características (aunque con muchas excepciones) es la de estar colocada la portada en un cuerpo que sale ligeramente de la fachada, que se remata con un tejaroz sobre ménsulas o canecillos (fachada oeste de San Pedro de Tejada en la provincia de Burgos; San Martín de Artaiz en Navarra, fachada oeste).

Las portadas se construían independientemente del resto del edificio y muchas veces eran ejecutadas por equipos de profesionales canteros trashumantes que llegaban para elaborar su obra y partían a otros lugares donde eran requeridos. Por eso muchas veces las portadas difieren en tiempo y en estilo con el grueso de la fábrica, incluso pueden ser de diferente factura las dos o tres puertas de un mismo edificio.

Emplazamiento y número de portadas

No existe una regla general para el número de puertas y su emplazamiento. A veces existen tres situadas en las tres fachadas, en la de los pies y en la norte y sur, coincidiendo con los extremos del crucero (catedral de Zamora, catedral de Ciudad Rodrigo (Salamanca), etc.). La portada principal suele estar a los pies y suele ser el acceso al templo, pero en muchos casos se encuentra en la nave sur, (San Pedro de Moarves, en Palencia). A veces las circunstancias de la construcción hacen que el edificio carezca de portada a los pies, como es el caso de la iglesia de San Miguel (Estella) que sólo tiene puertas laterales porque la fachada oeste se asoma a un terreno escarpado.

Decoración

Existe toda una escala de decoración en las portadas románicas españolas, desde las más sencillas en que sólo se ven molduras sencillas en las arquivoltas y columnas lisas, o molduras con decoración geométrica y vegetal (muy abundante en el románico de Soria), hasta las más ricas con una iconografía exuberante, como la del Pórtico de la Gloria, o la de la Colegiata de Toro (Zamora) en que delante de las columnas se ven grandes y policromadas estatuas.

Tímpano de la Puerta del Cordero en San Isidoro de León.
Los tímpanos se presentan sin decoración o esculpidos. Los tímpanos sin decoración estuvieron en origen pintados, como en las puertas laterales de la catedral de Tarragona o el tímpano humilde de santa María de Valdediós en Asturias. Ejemplos de tímpanos con escultura son el de San Justo de Segovia, San Miguel de Estella (Navarra), San Isidoro de León, etc.

Los frisos están colocados por encima de los arcos de la portada. En Santa María de Sangüesa el friso tiene dos alturas. Dos frisos muy ricos son el ya citado de Moarves y el de la iglesia de Santiago en Carrión de los Condes (Palencia).

Rosetones

Rosetón románico en la iglesia de la Magdalena de Zamora.
Los rosetones son ventanas circulares realizadas en piedra, cuyo origen está en los oculos de las basílicas latinas. En España estos rosetones fueron empleados desde el siglo XI. A lo largo del románico los rosetones adquirieron importancia y fueron aumentando de tamaño hasta culminar en el gótico, época en que se dan los ejemplares más bellos y espectaculares.

Pavimento

Opus sectile.
En la mayoría de los edificios se utilizaba una especie de cemento al estilo del opus signinum, o una composición de piedra y ladrillo. Los estudios arqueológicos han encontrado pocos restos de pavimentos muy elaborados. Uno de los restos más interesantes es el mosaico que todavía se conserva del crucero de la iglesia del monasterio de Ripoll, firmado por el artista Arnaldvs.[19]En muchas ocasiones los constructores siguieron la tradición romana del mosaico. Otro resto fue hallado en la iglesia de San Miguel en la Barcelonesa. También fueron usadas losetas de colores como las que se encontraron en el ábside de la catedral de Tarragona, formando unos dibujos geométricos, en opus sectile en el que dominan los entrelazados, sobresaliendo los colores, naranja, amarillo, blanco y negro.

El pavimento de tradición mudéjar combinaba azulejos con ladrillos y fue muy frecuente en las pocas iglesias románicas de Andalucía.

El claustro

Artículo desarrollado → Claustro.
Claustro románico del monasterio de Santa María de Valbuena.
El claustro es una dependencia arquitectónica construida siempre junto a las iglesias catedrales y las iglesias monacales, pegado a su lado sur o a su lado norte. El claustro por excelencia es el que difundieron los monjes benedictinos. Las distintas dependencias del claustro, articuladas en los cuatro lados de un patio cuadrangular estaban dedicadas al servicio de la vida de la comunidad. En el románico español se conserva gran número de claustros, sobre todo en la región catalana.
Artículo desarrollado → Claustro románico en Cataluña.


Arquitectura civil y militar

La arquitectura civil románica es casi desconocida y la mayoría de los edificios que se consideran de esta época, no lo son; aunque algunos conserven parte de los cimientos o alguna puerta o ventana de medio punto de época románica, su desarrollo y diseño arquitectónico pertenecen a tiempos más modernos. Los edificios domésticos, incluidos los palacios, no tenían grandes pretensiones; las casas se construían con materiales deleznables (en contraposición con la grandeza de las iglesias), que no fueron capaces de resistir el paso del tiempo. Cuando ya se quiso dar importancia a esta arquitectura civil, lo poco que había se transformó y lo nuevo se edificó con las tendencias del gótico. Así ocurrió con el llamado palacio románico de Diego Gelmírez, que en realidad es una fábrica totalmente gótica, o con las célebres canonjías de Segovia cuya estructura pertenece ya a la Baja Edad Media. Como ejemplo de lo que pudo ser un palacio románico construido en piedra se conserva el testimonio de la fachada del palacio de los Reyes de Navarra en Estella (Navarra).

Artículo desarrollado → Palacio de los Reyes de Navarra (Estella).

En la arquitectura militar ocurrió casi lo mismo: castillos, fuertes, torres y murallas fueron reestructurados totalmente, adaptándose a las nuevas armas y a las distintas formas de luchar. Los castillos medievales de época románica se fueron construyendo unos sobre edificaciones anteriores y otros de nueva planta, pero todos fueron cambiando en época del gótico y siguientes. Sin embargo en España queda un ejemplo íntegro de castillo románico: el castillo de Loarre en Huesca, edificado en el siglo XI, una auténtica representación de lo que fueron los castillos de época románica.

Artículo desarrollado → Castillo de Loarre.

Se conservan vestigios románicos del Castillo de Calatrava la Nueva, una fortaleza de grandes dimensiones (46.000 metros cuadrados), construida por los caballeros calatravos entre los años 1213 y 1217, después de la batalla de las Navas de Tolosa. Los documentos que se guardan en los archivos detallan todo el edificio y la distribución de las habitaciones. En realidad se trata de un complejo recinto compuesto por iglesia, convento, hospedería, puebla y recinto externo, todo fuertemente fortificado. Fue modificado a través de los años, aunque todavía se puede ver la puerta cisterciense de la iglesia, tres amplias naves cubiertas con bóvedas de ladrillo y tres ábsides con arcos apuntados, y algunas bóvedas románicas en otras zonas. En realidad están destruidas todas las dependencias y sólo quedan los cimientos románicos de la construcción, algunos subterráneos y los espacios donde estuvo la fortificación descrita en los documentos anteriormente citados.

Artículo desarrollado → Castillo de Calatrava la Nueva.

También en el alcázar de Segovia hay restos de construcción románica, en la sala rectangular de los Ajimeces cuya planta es original del siglo XII y que conserva restos de la portada románica y vanos románicos con ajimez.

Artículo desarrollado → Alcázar de Segovia.

En cuanto a las murallas, tuvieron un importante impulso en los últimos años del siglo XII para cercar las nuevas ciudades, aun cuando murallas y cercas existían ya en otros puntos, construidas en tiempos remotos. Las nuevas murallas románicas además de defender tenían la misión de delimitar un territorio y distinguirlo del entorno, algo muy importante en la época, dado que pertenecer a una comunidad urbana traía consigo unos derechos y unas obligaciones especiales. Las murallas defensivas fueron evolucionando a murallas o cercas de carácter fiscal. La muralla románica por excelencia es la de Ávila, que se conserva casi intacta y muy poco adulterada.

Artículo desarrollado → Muralla de Ávila.

También se construyeron puentes en esta época. Igual que sucedió con los castillos, los puentes sufrieron cambios y restauraciones posteriores por lo que su aspecto actual no corresponde en la mayoría de los casos a aquella época. A lo largo de todo el Camino de Santiago hubo necesidad de reparar puentes antiguos o construirlos nuevos para facilitar el paso de los peregrinos. El mejor ejemplo de puente románico que ha llegado casi intacto al siglo XXI está precisamente en ese camino: es el de Puente la Reina en Navarra (entre Pamplona y Estella, tendido sobre el río Arga. Es obra románica del siglo XI. También en el Camino de Santiago hay otros dos puentes románicos sin cambios, uno en la localidad Navarra de Trinidad de Arre sobre el río Ulzama[4]y otro en Iroz, sobre el río Urrobi también en Navarra.[5]En Sangüesa los ojos y apoyos extremos del puente son de factura románica.

Otro puente románico y peregrino fue el construido en Ponferrada, llamado el Puente de Hierro por la barandilla que se puso de este material. Fue pensado y edificado en función de las necesidades de los viajeros a Santiago de Compostela que en este lugar tenían dificultades para atravesar el río Sil.

En Toledo existen dos puentes sobre el río Tajo, el de San Martín es de 1203, remodelado a finales del siglo XIV, y el de Alcántara fue un puente musulmán, reconstruido en el siglo XIII. Valladolid tuvo su primer puente sobre el río Pisuerga en tiempos del señor de la villa, conde Ansúrez, hacia el año 1080, el llamado Puente Mayor. En origen tenía arcos de medio punto que después fueron sustituidos por los arcos apuntados. Lo que se contempla en el siglo XXI de este puente dista mucho de la primitiva obra románica.

Románico rupestre

Los eremitorios rupestres excavados en la roca datan desde los comienzos de la Alta Edad Media en España; algunas de esas construcciones cristianas fueron evolucionando, ampliándose y cambiando su aspecto con aportaciones de las nuevas modas del arte. El románico se hizo sentir en construcciones que habían pasado de ser un escondido y recóndito lugar de oración a una iglesita con culto religioso y liturgia para el pueblo.

En el entorno geográfico del norte de Palencia lindando con el sur de Cantabria y el noroeste de Burgos, se localiza un conjunto excepcional de estas iglesias rupestres en las que se pueden ver elementos románicos (arcos, columnas, capiteles). Como ejemplos se pueden dar:

La Arqueología en el románico

La ciencia de la arqueología ayuda a comprender la época del románico y sus grandes construcciones erigidas en un entorno particular y bajo unas circunstancias políticas, económicas e ideológicas especiales. En lo que respecta a la arquitectura, los arqueólogos pueden aportar datos no sólo a partir de las excavaciones[22] sino también a la vista de monumentos que están en pie, gracias al estudio de lo que se llama lectura de muros.[23] En este campo los arqueólogos distinguen entre etapa constructiva (fases de ejecución o de destrucción de la obra) y elemento constructivo, que son las piezas estudiadas individualmente y en las distintas etapas, aunque no corresponda al tiempo del resto de la obra; puede encontrarse un segmento de imposta, una inscripción en el sillar de un muro, un canecillo, todo de ejecución románica pero en una obra gótica.

Marca de cantero.

El estudio de los muros es muy importante para la arqueología que estudia esta época. Su observación minuciosa permite ver entre otras cosas las conocidas marcas de cantero que tantas discusiones y teorías han suscitado.[24] Las marcas son incisiones geométricas hechas en los sillares de los muros, cuyo significado está todavía por descubrir pero que pueden aportar datos interesantes sobre geografía, momento de la ejecución, canteros, etc.

Existen también las marcas de talla de la piedra. Su estudio meticuloso ha dado a conocer los recursos técnicos usados y las herramientas concretas utilizadas en determinados bloques de piedra. En la época románica, los canteros utilizaban una especie de hacha para desbastar y asentar los sillares, muy típica de la época y cuyo uso llegó al mismo tiempo que este estilo. Era una herramienta doble, muy parecida a la alcotana; por un lado tenía un pico y por el otro una especie de hacha. El filo del hacha dejaba unas huellas características en la piedra que al cabo del tiempo denuncian cual fue la herramienta empleada. Estas huellas ayudan a identificar una obra románica sobre todo si se trata de una pared carente de otros elementos identificadores. Esta herramienta puede verse bastante a menudo en capiteles historiados o canecillos.

Con el gótico llegó un cambio técnico y la herramienta preferida fue el trinchante, muy parecida a la anterior pero con la parte del hacha dentada, que deja también unas huellas especiales y reconocibles.



Referencias

Artículos relacionados


Otras fuentes de información

  • Herrera Marcos, Jesús, Arquitectura y simbolismo del románico en Valladolid. Edita Ars Magna, 1997. Diputación de Valladolid. ISBN 84-923230-0-0
  • Pijoan, José. Summa Artis. Historia general del arte. Vol. IX. El arte románico siglos XI y XII. Espasa Calpe, Madrid 1949.
  • Bango Torviso, Isidro G. Tesoros de España. Vol. III. Románico. Espasa Calpe, 2000. ISBN 84-239-6674-7
  • García Guinea, Miguel Ángel y Blanco Martín, Francisco Javier. Iniciación al Arte Románico. La arquitectura románica: técnicas y principios. Fundación de Santa María la Real. Aguilar de Campoo, 2000. ISBN 84-8948313-2
  • Bango Torviso, Isidro G. Historia del Arte de Castilla y León. Tomo II. Arte Románico. Ámbito Ediciones, Valladolid 1994. ISBN 84-8183-002-X
  • García Guinea, Miguel Ángel. Románico en Cantabria. Guías Estudio, Santander 1996. ISBN 84-87934-49-8
  • Chamorro Lamas, Manuel. Rutas románica en Galicia. Ediciones Encuentro, Madrid 1996. ISBN 84-7490-411-0
  • Lampérez y Romea, Vicente. Historia de la arquitectura cristiana. Manuales Gallach. Editorial Espasa Calpe, Madrid 1935
  • Lampérez y Romea, Vicente. Historia de la arquitectura cristiana española en la Edad Media . Tomo I. Editorial Ámbito, 1999. ISBN 84-7846-906-0
  • Alcalde Crespo, Gonzalo. Iglesias rupestres. Olleros de Pisuerga y otras de su entorno. Edilesa, 2007. ISBN 84-8012-618-2

Notas

  1. Jovellanos en el siglo XVIII ya lo denominaba Arte Asturiano.
  2. Los reyes asturianos mantuvieron en cierta medida una relación con el Imperio Carolingio, sobre todo Alfonso II con Carlomagno. Se sabe que en el 798 este rey asturiano mandó a Carlomagno regalos del botín conseguido en el saqueo de Lisboa. (García Guinea, Miguel Ángel, Iniciación al Arte Románico. Fundación de Santa María la Real. Aguilar de Campoo, 2000.
  3. En la región catalana se concentra el mayor número de arquitectura románica y el mayor número de claustros románicos conservados.
  4. Hay que llegar al siglo XIII para que las ilustraciones muestren al arquitecto dirigiendo las obras sin usar las manos.
  5. Un técnico, hombre de gran experiencia que resolvía sobre la marcha los problemas que podían surgir.
  6. Bango Torviso, Tesoros de España ISBN 84-239-6674-7
  7. Lampérez y Romea, Vicente. Historia de la arquitectura cristiana. Manuales Gallach. Editorial Espasa Calpe, Madrid 1935, página 37.
  8. Bango Torviso, obra citada
  9. Bango Torviso. Obra citada.
  10. Puig i Cadafalch definió este periodo como Edad de Oro de la arquitectura en Cataluña.
  11. La definición fue acuñada por el arquitecto e historiador español Puig i Cadafalch en su obra La geografía i els origens del primer Art Romanic, Barcelona 1930.
  12. A lo largo del siglo XIX (y más tarde durante el XX y XXI) triunfó la moda restauradora que consistía en dejar a la vista los materiales constructivos de los paramentos, rascando todo resto de pintura tanto en el interior como en el exterior, basándose en criterios historicistas equivocados de teóricos del siglo XVI. Bango Torviso, Isidro G. Tesoros de España. Vol. III. Románico; Blanco Martín, Francisco Javier. Iniciación al Arte Románico. Fundación de Santa María la Real. Aguilar de Campoo.
  13. Ver [1]
  14. Ver [2]
  15. Ver [3]
  16. Tribuna: galería sobre la nave lateral que servía para el seguimiento de la liturgia por parte de personas importantes.
  17. La palabra triforium viene de transforatum, que significa abierto, calado.
  18. En España se llamó atrio o galilea a este espacio cuando estaba dedicado a enterramiento.
  19. Lo que hay en la iglesia es una reproducción.
  20. (Valderredible, fotos).
  21. Olleros de Pisuerga, fotos
  22. Los enterramientos medievales son una aportación importantísima para el estudio de la época románica.
  23. Jaime Nuño González. Iniciación al Arte Románico: Aportación de la Historia, de la Arqueología y de las ciencias auxiliares al conocimiento del estilo románico, página 79.
  24. Se ha dicho que estas marcas identificaban a un grupo concreto de canteros; se les ha aplicado también interpretaciones mágicas y esotéricas; otra teoría es que en algunos casos pueden ser señales para colocar adecuadamente el sillar.