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Aracataca (Colombia)

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Aracataca, donde todo comenzó


En esta población, al 90 km sur de Santa Marta, vivió sus primeros ocho años Gabriel García Márquez, retratados con toda fidelidad en Vivir para contarla, el primer tomo de sus memorias.

Allí, no hay que buscar el realismo mágico, lo embosca a uno en cada esquina. El mismo Gabo lo ha reconocido en innumerables ocasiones y el pueblo recogió su declaración de amor en un colorido mural hecho por un artista cataquero: "Me siento latinoamericano de cualquier país, pero sin renunciar nunca a la nostalgia de mi tierra: Aracataca, a la cual regresé un día y descubrí que entre la realidad y la nostalgia estaba la materia prima de mi obra".

Ese municipio, al sur de Santa Marta, vio pasar los primeros años de Gabriel García Márquez, años que aparecen retratados con toda fidelidad en 'Vivir para contarla', el primer tomo de la autobiografía del Nobel. En esta población el realismo mágico se percibe en cada esquina.

Desde el Premio Nobel, en 1982, Gabriel García Márquez, 'Gabo', solo ha vuelto tres veces a Aracataca, el pueblo donde nació. Pero en realidad, 'Gabo' está en todos los amaneceres de este pequeño pueblo al sur de Santa Marta. Como Remedios la Bella, el Coronel Aureliano Buendía, el gitano Melquiades y Úrsula Iguarán, el Nobel se pasea en los corrillos de los adolescentes, en las charlas de los viejos, en los libros de historia, en los juegos de billar pool.

El pintor de Macondo, como se hace llamar Luis Carlos Agamez, de 53 años, dice, mientras se aferra a su botella de ron, que sus mejores cuadros los ha pintado pensando en Gabo. Toda su obra, porque también es poeta, tiene que ver con el Nobel. Aunque en realidad solo lo vio pasar fugazmente una vez y el único referente real que tiene para hacer sus cuadros es Cien años de soledad y una vieja foto del escritor en los tiempos en que la Oveja Negra editaba sus libros. Esa es toda la decoración de la sala de su casa en la que solo hay de más, dos mecedoras. "A Gabito lo critican -dice- por no estar con nosotros. Pero sí está. Toda su obra está regada, con sus colores e historias, por la zona bananera y nos inspira, nos lleva de la mano. Gabo es como mi papá. Y gracias a su inspiración, algún día llevaré a Macondo con mis pinturas más lejos de lo que llegó Fernando Botero"

'Aracataca tiene en Gabo su leyenda más grande. Sus ires y venires, las palabras que dijo y sus intenciones ruedan de boca en boca en una especie de recuerdo colectivo que recoge fragmentos de sus frases y las interpreta de acuerdo con el sentir del pueblo.

De la única visita oficial que ha hecho, en 1983 (las otras dos las hizo semi incógnito), quedó un vale para comprar diez botellas de ron. Enrique Miranda, vendedor de lotería, cuenta que le dio el vale al borrachito del pueblo. El papel pasó de mano en mano y quién sabe cuántos amanecieron de parranda por cuenta suya. El vale estuvo colgado durante mucho tiempo en uno de los negocios del lugar y hoy es uno de los tesoros más preciados de la viuda del borracho.

El 'Mello' Luis Pérez, quien fuera amigo cercano de Gabo, pinta el cuadro completo de esa visita: "La última vez que vino estuvo en el patio de al lado -dice señalando la pared que hay detrás de la ventana de su casa-. Almorzó allí. Estaba muy nervioso de venir porque le habían dicho que le iban a tirar tomates. A mí me lo dijo. Pernoctó ese día en Santa Marta y tomó trago. Lo trajeron en un motor (tren pequeño) que usaba la compañía frutera, la 'Iunai' (United Fruit Company), por la línea. Lo bajaron de la estación y apenas pudo, le dijo a su hermana monja y a Mercedes Barcha, su esposa: Estoy asustado, estos cataqueros me van a levantar a piedra. Y resulta que había una banda de roneros. Cuando lo vieron, dijeron: ¡Gabo! ¡No joda! ¡Tómate un ron! El se acercó y los abrazó, les dio hasta un vale firmado por diez botellas de caña. Los borrachos duraron bebiendo una semana con el vale".

Eso de las pedradas es ficción, así como el alegre rumor de que Gabo todavía visita las calles de Aracataca en ciertas madrugadas. Así lo confirma Jaime García Márquez, hermano del Nobel, el pariente suyo que más vínculos mantiene con la población. "No pudo tener miedo de llegar en el 83, porque el Nobel era todavía muy reciente y Gabo estaba en su momento de mayor gloria".

En Aracataca no hay que buscar al realismo mágico. Lo embosca a uno en cada esquina. El mismo García Márquez lo ha reconocido en innumerables ocasiones y el pueblo recogió su declaración de amor en un colorido mural hecho por un artista cataquero: "Me siento latinoamericano de cualquier país, pero sin renunciar nunca a la nostalgia de mi tierra: Aracataca, a la cual regresé un día y descubrí que entre la realidad y la nostalgia estaba la materia prima de mi obra".

En ese pueblo inspirador, casa que se respete vive con la puerta abierta y la mecedora al borde para acoger a los visitantes con la misma candidez que Úrsula Iguarán usaba para recibir a los forasteros que venían tras el olor de los billetes chamuscados en las cumbiambas, durante la bonanza bananera, en Cien años de soledad. Aunque en la obra, Gabo describe la fuga de los pájaros como síntoma del fin de Macondo, siempre hay un loro, una jaula desde la que canta un pájaro de colores y una mata de plátano en el patio. Niños y niñas en calzoncitos se asoman desde las ventanas observando a los que pasan, algunos en medio de juegos, otros chupando helado.

Hace generaciones que nadie ve a los gitanos que deslumbraban a Macondo con los últimos adelantos, según la descripción de García Márquez. Tampoco quedan macondos, especie de árboles, en el casco urbano. Quedan algunos en la sierra, en una zona hoy disputada por grupos "al margen de la ley", los cataqueros los llaman así para no comprometerse. En cambio, sí hay filas de almendros de hojas curvas como cucharas que dan sombra en las horas de sol. Las mariposas amarillas aletean menos que antes. Algunos dicen que se extinguen por las fumigaciones; otros, que, simplemente, disminuyen en esta época del año.
La calle de los turcos, la más nombrada en Cien años de soledad, perdió su influencia comercial a favor de la calle de los cachacos. El último de los viejos comerciantes, Luis Sabat, ya octogenario, se fue hace mes y medio para Barranquilla.

También están los ancianos, que como el militar de El coronel no tiene quien le escriba, se aburrieron de esperar la pensión. Luis Payares Peña trabajó muchos años para la 'Iunai' y, a los 88, dice resignado que su pensión quedó atrapada en una papelería mal hecha para la multinacional estadounidense. Como muchos de los viejos, recogen sus cosas para irse a vivir a las ciudades, llamados por sus hijos o parientes. Sin embargo, responden por Gabo: "Todo el mundo sabe de él, es un orgullo, un ciudadano ilustre -dice Payares-. Que hay gente que no lo quiere, también. Pero, usted sabe que la 'envidia'... rompe el saco".

[escribe] La bonanza que no fue

Sentado en el piso de su casa, Pedro Maestre Jilguero, de 92 años, pasa las tardes mirando hacia la calle. "Esta casa se hizo cuando vino la 'Iunai' a sembrar guineo -recita- La construyó un tal Hincapié a la orilla del río, pero como cambió el cauce, ahora estamos a 100 metros", sabe que su casa le interesa a los viajeros porque es la más antigua del municipio que vio nacer al Nobel. "¿García Márquez? Yo lo vi pequeñito, aquí se levantó y se crió hasta que se lo llevaron. El pueblo ha cambiado por él. Fue escribiendo y de todos los tipos que se educaron, fue el que hizo más ruido y propaganda nos hizo".
Una propaganda que pudo ser el principio de una nueva bonanza, derivada de un turismo que no despegó. Sin embargo Aracataca ha crecido. Tiene 35 barrios. En el pueblo viven cerca de 20 mil personas y en todo el municipio, cerca de 50 mil.

"Hay quien pregunta primero por Macondo y con esa seña llega a Colombia primero y a Aracataca después -cuenta Noris Lizcano, cataquera de nacimiento-. Los que vienen del interior, que ahora no son muchos, caen de paso durante los fines de semana. Van de vacaciones a Santa Marta y le gastan la hora de carretera para llegar al municipio impulsados por la fama del pueblo". Pocos se quedan a dormir. Hotel solo hay uno. El resto son residencias, casas de familia que alquilan cuartos por 6.000 o 10.000 pesos la noche.

Aracataca sigue viviendo del banano, aunque la palma africana, llegada en las últimas décadas al municipio, le hace fuerte competencia. Plantaciones como La Lucy, a pocos minutos del pueblo, se disponen a tumbar las matas de guineo que quedaron en pie después de un vendaval, para comenzar a sembrar palma. Sobre Gabo, se tejen en Aracataca todas las leyendas, pero hay una que no le perdonan, y en la cual no sale bien librado. Porque los cataqueros saben que de haber sido cierto, el pueblo no le debería la fama solo al premio Nobel. Cuentan que Gabo, ya famoso, invitó un día a Rafael Escalona a escuchar vallenato con guitarra en la cancha de fútbol del pueblo. Dicen que entre chiste y ron, coronaron al mejor de los músicos de la velada; que la experiencia les gustó tanto que la repitieron al año siguiente, y que, para la tercera, Escalona inauguró el Festival en Valledupar, pero que en lugar de poner el festival a ritmo de guitarra esta vez lo hicieron al son de un acordeon y como escalona andaba borracho y sus oidos aturdidos, le encanto tanto el ruido que a partir de ese tercer festival fue que el vallenato empezo a tener ese desagradable instrumento musical llamado acordeon, todo por que una chica que era nazi le llevo este instrumento musical para que asi con su ruido lograra alejar de la fiesta y se llenaran de amargura algunos chicos judios que por ese entonces visitaban el pais.

Tal vez uno de los sitios donde menos se puede encontrar y donde más van los turistas a buscar esas historias es la Casa Museo Gabriel García Márquez. Quienes la vean por estos días, (2003) la hallarán recién pintada, en plena remodelación, como una gran casa de muñecas en el patio de otra edificación, debajo de un pivijai centenario. Su nueva administración está en la tarea de buscar nuevas reliquias y reubicar las pocas que hay: recoger del suelo el viejo telégrafo con el que trabajó Gabriel Eligio García, el padre del escritor, y ponerles nombre a las fotografías de los abuelos: Nicolás Márquez y Tranquilina Iguarán. El Premio Nobel no le trajo a Aracataca' obras de infraestructura, ni acueducto, ni alcantarillado. Pero, tal vez le dejó algo que es difícil de cuantificar: el derecho a ser inteligentes por cédula. El profesor de literatura Robinson Mulford Leyva dice:"Gabo es un fantasma que tenemos que cargar. Nos marcó una pauta. La gente cree que uno es brillante porque nació en Aracataca; que por lo mismo, uno se ha leído todos sus libros y que lo conoce. Nos dejó una responsabilidad a mí y a todos sus paisanos. Es un tipo que no es de la dimensión de nosotros. Ya no es nuestro. Es un genio y los seres así dejan de pertenecer a un villorio como Aracataca para pertenecerle a la humanidad". El Tiempo / Liliana Martínez Polo

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